Al fondo hay unas piedras, unas rocas enormes que cortan el paso por la playa. El sol aprieta, no es natural pues ha amanecido hace menos de una hora, pero voy sudando como nunca. El corredor que llevo delante aprieta y esquiva las rocas. Lo sigo, pretendo cogerlo, parece oirme, aprieta, endurece el ritmo. Él esquiva las rocas, unos segundos más tarde yo no quiero esquivarlas, quiero adelantar y las piso, mis pies no pisan sobre firme sino sobre una amalgama de algas que alfombra la playa. Y como la superficie de estas algas se hunde el corredor de delante, se desfonda, lo adelanto y lo dejo.Veo como él se queda en la primera escalera. A mí me quedan unos seis kilómetros.Voy bien.
Este episodio me traslada a la última carrera que hice, la popular de Nervión. Aquel día se me ocurrió escribir una entrada que se llamaría Estadísticas. Quería contar cómo cada vez es más difícil seguir el ritmo de competición del club, se diversifica, la gente se va a Soria y vence, o va a un duatlon a Tomares o a La Algaba, o corre en Marbella, o en Cádiz o en un lago de Portugal. Sí, quería contar que somos muchos, y que cada fin de semana hay algo. Además algo importante. Y que ni tan siquiera las Estadísticas, los primeros lugares, los subcampeonatos, los podiums, pueden reflejar lo que hay detrás. Que quedan las marcas, los puestos, la rabia por haber pinchado dos segundos en una transición, por entrar en los grupos de edad y no en la éllite, por no bajar de los cuarenta minutos, por no ir a 3:15 el kilómetro… pero que una estadística por sí sola no refleja lo que hay, el trabajo de detrás, la falta de aliento en la carrera, el dolor de las caídas, la insatisfacción cuando las cosas no salen bien. Esa entrada queda atrás.
Lo que me ha hecho recordar ese día es la forma en la que se desfonda ese corredor. Y recuerdo que Estadísticas se llamaba la otra entrada, la que no escribí, porque pensaba en una frase: Las estadísticas dirán que terminé la carrera en 46 o 48 minutos, mi reloj dirá que en 42:34 y también mi corazón. Y todo es porque al igual que hoy, un corredor iba por encima de sus posibilidades, yo lo veía, una edad parecida a la mía, mayor volumen que yo, camiseta holgada, gafas graduadas aseguradas con una cinta. Y una cara de esfuerzo que lo dice todo. Se ha tambaleado varias veces, pero al marchar por la trasera del polideportivo de San Pablo, hace algo extraño y cae delante de mí. No es un tropiezo sino un desfallecimiento, o algo peor. Las asistencias tardan un mundo en llegar, primero viene alguien en bici, luego otro andando, al final la ambulancia. Todos me preguntan a mí cómo se llama el corredor y yo no sé contestar, no lo conozco, tan solo ha caído delante de mí y yo me he parado. No lleva dorsal y se me ocurre que vive por aquí y se ha querido marcar un tanto en su barrio, presumir ante sus amigos o su familia; es una elucubración, puede ser que esté en la crisis de los cuarenta y que sea una forma de demostrarse algo. No lo sé, no lo reflejarán las estadísticas, ni las noticias. No volveré a saber de él. Cuando se marcha la ambulancia salgo en pos de la meta. Quizás haya hecho mejor tiempo gracias a la parada, o al revés, no lo sé. No lo dicen las estadísticas.
El sol ya no aprieta, de repente unas nubes lo han tapado. Me duelen las piernas, me las encuentro pesadas, ya que a su alto peso les sumo el del agua y la arena que han recogido mis zapatillas. Corro hacia al Oeste, con el viento en contra, like a lonesome poor cowboy who is far away from home.
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