lunes, 4 de mayo de 2015

DESPISTES.

Conforme se acerca el verano me es más fácil levantarme temprano, como decían mis hijas en una canción de guardería, para saludar al sol. Así fue el viernes. Desayuno tempranero, esperar el relevo de Inma y salir corriendo hacia el Alamillo.
Me siento alegre, he quedado con Juan para hacer un recorrido más corto, pero he llegado a la hora a la glorieta, y salgo con el pelotón. Es verdad que solo veo gafas y cascos y que en la maraña de bicis y pedaleos no distingo apenas a nadie. Tan solo a la cabeza, con Samer y José Luis, y al compañero ocasional que marcha paralelo a mí. Perdonadme pues, es algo natural y consuetudinario en mí, soy despistado.
Me siento alegre, ¿lo he dicho?, alegre y fuerte. Detrás de Samer, por primera vez en mi vida me voy fijando en el plato y en el piñón del que me precede, y veo que el jefe lleva plato y piñón grande, y no entiendo que yo que llevo el plato grande y dos piñones menos tenga que pedalear el triple que él e ir sudando para mantener la rueda.
Por si fuera poco me doy cuenta de que al montar esta mañana la rueda trasera se me ha olvidado bajar la palanquita del freno, y como aun no me siento con confianza para ir en pelotón masivo, me descuelgo a cola para evitarles accidentes a los demás. ¡Bastante he tenido con el susto en el cruce  de San Jerónimo! Pero esta maniobra resulta un problema en cada glorieta, y hay unas cuantas, pues este grupo después de cada cruce acelera, y me va costando trabajo coger rueda.
En La Algaba se incorpora alguien, e imagino que es Juan, los diez metros de distancia que hay entre mí y el último se me hacen un mundo, y cuando la mayoría  gira hacia Gerena, veo los maillots de Rafa y Julio continuar hacia Las Pajanosas. Se me hace extraño, pues deberían ser tres, ellos dos y Juan, pero no pienso, aprieto y voy de caza.
Las películas de persecución ciclista que voy montándome no son pequeñas, pues voy apretando, con el piñón pequeño y con la mira puesta en lo pequeño que me siento. Así hasta que cojo a los dos ciclistas que había visto y resultan ser otros aficionados que nada tienen que ver con nosotros. ¡El susto que les he dado! Pues ya puesto me digo de tirar hacia adelante, aunque sea solo, y me animo, me encuentro bien y voy dando alcance a unas cuantas parejas de ciclistas, incluidas las que se pican y con las que me pico, y, todo hay que decirlo, que no me ganan.
Tras una paradita que incluye una barrita de chocolate, me cruzo con Juan en la bajada, me doy la vuelta y subo otra vez a Las Pajanosas. Como siempre, y fiel a las citados esquemas mentales de este corredor que se habla a sí mismo, no pienso en el mañana, ni tan siquiera en el cinco minutos de dentro de cinco minutos, a tirar, con lo que puedo, que es poco, pero a tirar.
Y así es, me falta algo en la subida; me falta mucho en la bajada, como una velocidad más; en el llano quiero dar más de mí, y por más que voy en el primer piñón, me falta, me falta, me falta. Pero Juan y yo nos hemos encontrado bien, tirando, tirando; otra vez adelantando a gente, picándonos con un pelotón que nos coge cerca de Santiponce, y al que le aguantamos el tipo, por más que ellos van a acabar allí y están como en el final de etapa.
Ha sido una bonita mañana. Buen tiempo, buenas sensaciones y dando todo lo que había. Estoy en el tramo que más me cuesta, entre La Algaba y San Jerónimo. Casi siempre lo hago solo y se me hace duro, pero esta vez me digo, bueno, aprieta, queda poco, aprieta, esta mañana has hecho caso y has llevado el plato grande todo el rato. Es el momento en el que miro para abajo y me fijo. ¡Su puta madre!, he engranado el pequeño. Con el chico, todo el día con el chico…
Este despiste último, o primero, me hace entender muchas cosas. Y aunque me alivie, me queda por ver si lo que pienso, que ese punto extra que me faltaba, o esa velocidad que no cogía, ha sido de verdad por este fallo o por otras razones. Ha sido un buen ejercicio la mañana pero no un buen test.

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