lunes, 14 de octubre de 2024

CON UN COMPÁS DE MÁS...

Desembarco. 

Me pregunto qué habría hecho yo en el desembarco de Normandía, ¿habría sido de los primeros en lanzarme al agua?, ¿de los primeros en morir desmembrado o herido de gravedad?, ¿habría alcanzado la cima de la playa y las posiciones de la defensa alemana? ¿habría desertado o me habría quedado en las lanchas?..

Hay un pequeño lecho de fango resbaladizo en la orilla, la organización ha decidido que pasar corriendo sobre él es un riesgo innecesario que no debemos asumir los participantes y nos hace adentrarnos unos metros en el mar. Desde la arena parte, entonces, un pequeño regimiento; la mayoría viste un uniforme de neopreno que la asemeja a una manada de leones de mar y que embute formas diversas; a modo de casco este grupo lleva un gorro de fina silicona blanca y mil modelos de gafas se disponen sobre la frente o, ya preparadas, cubriendo los ojos de los nadadores. Unos pocos, entre los que me encuentro, partimos sin esa protección térmica y sin el apoyo para mejorar la flotación de nuestros cuerpos. La estampa monótona y monocroma en negro y neopreno la rompemos unos cuentos trajes de lycra rojos, otros azules y alguno verde; no creo que aportemos color, solo restamos aire marcial a la estampa.

La legión negra se adentra en el agua para formar tras una línea imaginaria entre dos embarcaciones ligeras; mientras se pelean los triatletas con el agua, la línea, las olas y los jueces apelan una y otra vez a los ansiosos que se adelantan, se empujan y se aprietan en el vértice que creen más corto, yo permanezco de pie, como si fuera a desertar, observando la escena, distraído con esa idea de la batalla y buscando de forma consciente la barca más alejada del pelotón. Quizás la trayectoria sea más larga, pero creo que estará más límpia, alrededor de ella solo nos encontramos veteranos de verdad, de los que tenemos libertad para usar neopreno siempre. 

Suena la bocina y se desencadena una carrera hacia la playa; quizás la mañana nublada, el oleaje altivo, sereno y constante de ese día, que oculta por momentos fracciones enteras del grupo, y esa forma de pelear por ser de los primeros en pisar la arena para seguir sufriendo, son las causas de que ahora esté pensando en Normandía, en junio del 44. Por eso nado hasta la primera boya sin referencias del grupo, pensando en lo mío, buscando despejar mi mente con la fría agua, sin saber cuánto se ha estirado ese pelotón al que me he de incorporar. Los triatletas que hemos salido juntos desde el vértice tonto nos hemos separado, mi sensación es que he nadado más rápido que ellos, es posible; también lo es que me haya desviado de la trayectoria recta y que ande solo, haciendo zigzag. 

El cruce de la primera boya me confirma que he hecho bien partiendo desde el extremo izquierdo, hay un atasco brutal en ese punto que he evitado con un ángulo más abierto. A partir de ahí se nada un gran tramo paralelo a la orilla y transversal a la línea de las olas. Cada vez que estoy en la cresta de una de esas olas tengo una perspectiva hacia abajo de los que me preceden, gorros blancos, trajes negros y esfuerzos enormes por encaramarse a otras crestas. La imagen me traslada una y otra vez, ola tras ola, a Omaha Beach. Cansancio, esfuerzo y una luz gris, como en aquella mañana de junio en el Canal de la Mancha. En cada ola percibo más cerca, o directamente detrás de mí, a los que salieron con antelación y pienso en que nadar sin neopreno es como haber perdido el fusil en un desembarco, pero que ahí estoy, tirando hacia la playa, buscando un arma con la que defenderme. Ahí me encuentro recogiendo los cadáveres de los que saltaron antes de las barcazas. 

Entonces lo percibo, en el desembarco de Normandía, en una ataque suicida de mi escuadrón, en una carga de mi Tercio, no habría sido un desertor. Por coraje, por vergüenza o por un valor que no sé que tengo, habría atacado junto a la bandera, junto a los demás. En esta batalla, por delante de muchos de los uniformados, sé que también he sobrevivido. Ha habido otras escaramuzas en las que he sido fulminado, agobiado y cansado tras la natación, caído y dañado en la bici; pero hoy no, así lo siento y así lo sé. En el futuro habrá más batallas, y salga o no ileso de ellas, lo único en lo que pienso es en no acobardarme. Es lo que tiene esta teoría de cuerdas particular que me he montado, revivo y recreo mil batallas sangrientas en las que nunca me daño para siempre. En cada prueba empleo un gran esfuerzo, gasto litros de sudor y, a veces, un poco de sangre. Eso es todo, ser valiente no es tan difícil cuando se puede renacer. 

Septiembre. 

Las calles de la piscina están llenas, saturadas más bien, porque la normalidad ha vuelto. Quizás normalidad no sea la palabra precisa, no es normal que sea lunes, que sea el primer día del mes, el final de vacaciones, las nueve de la noche y tener ganas de nadar. Pero si entendemos que los apasionados por el triatlón poco tienen de normales, podemos conluir que esta es su normalidad. 

Sin embargo, hoy todo el mundo se hace un poco el remolón, es una estrategia. Se escuchan los "llevo seis semanas sin entrenar", "no he tocado agua desde junio", "estoy cansado que hoy he vuelto de la playa" y mil frases parecidas que justifican a quienes se tiran a nadar si no pueden seguir el ritmo; aunque la mayoría de las veces lo que buscan es hacerlo mejor que nunca y tirar de la calle "como si no hubiera un mañana"

Quienes se incorporan al club, lo hacen queriendo demostrar que saben nadar, que son capaces de seguir el ritmo y, claro, hay que hacerlo desde el calentamiento. Es la prisa, la ansiedad, las ganas de reivindicarse y de comerse el triatlón en un mes. Me recuerdan muchas cosas, años de aprendizaje en los que ni he aprendido a nadar, ni a correr, ni a ir en bici, pero en los que he aprendido a despegarme de la ansiedad. 

Citaré a P. C., lo hago muchas veces porque es sabio, quien me enseñó a dejar espacio en la calle. Fue hace poco en realidad, y mi fama de tocapiés no ha desaparecido del todo, seguro, pero espero haberla atemperado como atemperé mi ansiedad. Y esa misma ansiedad, querer seguir la estela del nadador precedente, no perder sus pies, y no perder comba, jugaron en mi contra durante años. En las antiguas instalaciones de San Jerónimo me sentía cada vez más torpe, más tronco. El estrés de la piscina de veinticinco metros, los latigazos tras los virajes y esa costumbre inmemorial de darlo todo en el último largo de cualquier serie, me angustiaban. Y trasladé esa angustia a todo lo que venía después, la bicicleta y la carrera. Montaba en bici ya cansado, pues la ansiedad quema más que el esfuerzo, y eso provocaba un efecto de fichas de dominó de un segmento a otro. Natación angustiado, bicicleta bloqueado y carrera agotado.

P.C. un día me lo dijo, no quieras ir siempre a pies, déjate ir, son un par de segundos, vas a ir más cómodo y, además, a nadie le gusta que le estén tocando los pies continuamente. Lo interioricé e intento aplicarlo; es cierto que, a veces, toco algún pie, también tocan los míos, pero ya no es la costumbre. Y eso me quitó ansiedad, y eso me hizo sentirme como si nadara mejor. Será solo la impresión, pero nos mueve la cabeza, y la cabeza funciona mejor con confianza. A nadie le valdrá esta experiencia, pero habrá quien lea esto, suponiendo que alguien lo lea, y sienta que ha vivido algo parecido.  

Es septiembre, M.C. nada delante de mí en el calentamiento. He dejado un espacio entre nosotros para hacerlo tranquilos, tomando conciencia de las brazadas, despertando el cuerpo. Un nadador que hoy está probando con nosotros quiere impresionarnos; de momento no es de los buenos, nada como M. C., como yo, como los de los lunes a las nueve, pero es joven y quiere destacar, es un motivado. A unos seis o siete metros del final de la calle, me adelanta y se coloca entre nosotros, ok, ¿quieres ir rápido?, pasa, sin problema. Se acerca el viraje y M.C. tiene la costumbre de hacerlo impulsándose en la zona opuesta de la calle para salir recto, por eso se desplaza un metro antes a esa zona, gira y sale. El nadador que no lo conoce ha querido adelantarlo por la izquierda, pero la maniobra de viraje de M.C. se lo ha impedido. Yo, al contrario, me impulso por la línea en la que nado y salgo en diagonal hacia la zona de retorno. Por eso, cuando el aspirante a león isbilyo sigue los pasos de M.C., y ya está sin fuelle, y con un poco de ansiedad, se encierra él mismo con su viraje. Yo, que vuelvo a salir delante de él, intuyo, porque verlo no puedo, una cara de fastidio. Y M.C. también ha debido notarlo, porque acelera, sin que se note mucho pero a un ritmo ya mucho más alegre. Y yo, que he olvidado la natación zen tras el viraje lo sigo. Atrás se queda el nadador con motivación extra. Que somos regulares, que somos mayores y que nos adelantarán, que es septiembre y estamos empezando, pero ¡por Dios, respetad nuestras canas!, ¡respetad nuestro calentamiento!   

Tras los botes perdidos. 

Tengo una obsesión y una manía, cuando pierdo algo debo encontrarlo o, como poco, saber cómo lo he perdido. No importa el valor intrínseco de lo que he perdido. Perder cualquier objeto es otra cosa, una circunstancia mental que me impide quedarme tranquilo, pensando en algo que no ha terminado y sin conocer por qué. Por eso, hasta que no acierto a saber dónde y cómo he perdido algo, no descansa mi mente y no salgo del bucle en el que entro. Esa obsesión llega a veces a buscar objetos perdidos que no son ni míos. 

En agosto vi al gigantesco pelotón de la Vuelta hacer un recorrido que hacemos la mayoría de ciclistas que salimos desde Sevilla. Había gente esperando a verlos pasar, niños ilusionados esperando los botes que tiran los ciclistas y la ilusión de ver que las figuras hacen nuestro mismo recorrido. Que, la verdad, no sé por qué nos hace ilusión cuando ellos pasan a cincuenta kilómetros por hora, de paseo, y yo voy a veinte, y con la lengua fuera. 

Cerca del matadero no había público; sin embargo, los ciclistas tiraron a una margen y otra de la Nacional la mayoría de sus botes y geles para aligerar peso. Botes perdidos en las cunetas, botes sin dueño, obsesión pura despertada en mí. Disfracé en cuanto pude de homenaje a la Vuelta una salida en bici en busca de botes. Samer y otros compañeros habían sufrido una caída el domingo de antes, así que decidí también incluirlos en el homenaje. Por supuesto, sin decírselo a nadie, que luego miran el Strava y se ríen, ¿qué homenaje es este con una media de 21,2 y sin medir los vatios normalizados? 

Descubrí, entonces, muchas cosas: las cunetas están llenas de porquería, botellas, latas, restos de envases de hamburgueserías americanas, papeles, apuntes, preservativos… Así que, aunque con la obsesión latente, supe que mis escrúpulos me impedían buscar más, no sería capaz de recoger nada de allí. También descubrí que no valgo para empezar la salida en bici a buen ritmo, necesito un periodo de adaptación y calentamiento, que ya lo sabía, pero llevaba un año sin comprobarlo. Y, un poco más tarde, también descubrí una cosa más. 

Desde el enlace de la carretera de La Algaba con la Nacional hasta Las Pajanosas el camino asemeja ser llano, y lo será para quienes las cuestas y las pendientes son las de otra escala. Para mí el camino es un sube y baja disfrazado de llano para rodadores, en el que, siempre, lo paso regular. Atento para que no se me escape el pelotón, o a hacer una buena media o a bajar las cuestas a buena velocidad, pero sin conseguir, las más de las veces, ni una cosa ni otra. 

Así fue el día que salí a finales de agosto, con sufrimiento y con mucha agua en la vejiga, hice una parada de evacuación en el descansadero abandonado antes de enfilar el ascenso a Las Pajanosas. Mientras eliminaba el peso y la presión de mi orina, pasaron por la carretera una pareja de ciclistas y, a continuación, otro más, pasado de peso y cincuentón. Reflejado me vi. Cuando me reincorporé a la carretera apenas me sacaban doscientos metros el uno y trescientos la pareja. El arreón para alcanzarlos apenas duró cinco minutos, me pareció tarea imposible y que cada vez se distanciaban más. Aflojé, pensé en lo que me quedaba y seguí mi camino. 

Al empezar la pendiente iba yo pensando en las clases de spinning, en esas en las que me han dicho que voy con otra velocidad, doblando el ritmo a otros. Como me dijeron en la Feria, llevando un compás de más. En esas me di cuenta de que había subido de piñón, había acelerado el ritmo y alcanzado al ciclista solitario que en el llano apretó para sacarme aún más tiempo. No solo no me costó un mayor esfuerzo adelantarlo, sino que al poco había cogido al dúo primero y me coloqué a su rueda. Así pasé Las Pajanosas, tras ellos. Y, de nuevo, tras el pueblo, en las primeras rampas alegres, subí el ritmo por inercia y me ví solo hasta la venta. 

Aquí acababa mi homenaje, el descenso me llenaba de incertidumbre y de miedo. ¿Cómo atreverme a dedicarle algo a alguien, si me sudan las manos y me acongojan el traqueteo y los saltitos de la bici en los descensos? Y a un ralentí al que me había acostumbrado, frenando con excesiva prudencia, llegué al llano de regreso, a veinte kilómetros del coche. Pensando en llegar a Santiponce con desánimo, y lento. Pensando, incluso, en buscar algún bote perdido. 

Pero llegó una campeona peruana, me saludó y me adelantó. No sé entonces qué pasó por mi cabeza, pero estaba ya a unos cincuenta metros de mí cuando decidí intentar coger su rueda. Me costó mucho, pero me enganché, para su sorpresa, y la mía, que fue mayor. Y fue generosa porque me llevó a una velocidad a la que no recuerdo haber ido muchas veces en llano. 

Olvidé los botes, olvidé los miedos, olvidé hasta mi falta de calidad y ponerme de pie en algún repecho, como si fuera capaz de subir sentado, con plato grande y buen ritmo. Y recordé la sensación de lo bonito que es entrenar, de lo bonito que es hacer el camino, recorrerlo, y hacerlo dándolo todo, incluso lo que no se tiene; con un compás de más. 

La espuma. 

Pienso en lo que me dice mi amigo el bombero y triatleta de pro, "tú es que ves la espuma y no te puedes resistir, ahí vas por ella”. Y fue verdad, durante un tiempo fue una verdad absoluta. No quería que se me escaparan los pies de los que en la calle nadaban por delante de mí y me pegaba todo lo que podía. Además, no sabía a dónde mirar, ¿hacia abajo?, ¿hacia adelante?, ¿hacia abajo pero no muy abajo y un poco adelante?... El resultado era una continua tarjeta roja, una brazada, toco pies, acorto la brazada, miro hacia abajo, toco pies, me separo un poco pero viene el viraje me impulso más de la cuenta, toco pies. No era una cuestión solo de no saber nunca si estaba en mi sitio de la calle, había un trasfondo técnico sin resolver. 

Imagino que sigo el mismo camino que muchos, leer, ver vídeos cortos, intentar mejorar la técnica; y funciona. ¡Un momento!, que funcione no significa que haya mejorado mi técnica. Lo que funciona es un fenómeno psicológico conocido: estudiar sobre alguna actividad física como correr, bailar o nadar;  visualizarlo, tomar conciencia de movimientos técnicos, despierta en las personas confianza y les hace sentir que han mejorado en esa actividad; aunque la mejora sea marginal o inexistente. A mí me está pasando eso, veo vídeos cortos de Instagram, creo interiorizarlos y gano confianza. Estoy seguro de que es la confianza la que me hace mejorar un poquito, no en la técnica, sino en el resultado final, nadar con menor esfuerzo. 

La espuma es la frontera, es el borde interestelar, la constelación que hemos de pasar para ver qué hay al otro lado. Somos exploradores, aventureros, así nos sentimos, así me siento. De ahí viene la llamada de la espuma, la pasión por alcanzarla, notar el cambio de densidad, el ligero burbujeo, la chispa y descubrir qué hay al otro lado. La mayoría de las veces tras la espuma está el vacío, la estela del nadador anterior. Otras, tras la espuma, unos pies. Por eso es difícil nadar tras la estela de la espuma, si se le da espacio, hay como una pared que nos frena; si se nada sobre ella, el agarre es un poco inconsistente y se tiende a resbalar, y a tocar pies incluso sin querer. 

Desde hace un tiempo, cuando me encuentro en una situación de esas, suelo colocarme a un lado de los pies, casi siempre a la derecha. De esa manera evito la espuma, que también quita visión, no nado tras ninguna estela que facilite mi nado, y tengo una perspectiva mejor de lo que antecede. Es cierto que no somos máquinas y que si el que me precede zigzaguea cuesta un trabajo enorme no chocarse, pero es más evitable. Así también he visto que cada espuma es diferente, por malas o buenas batidas de piernas, por ritmos más o menos acelerados. 

Un día de series de cincuenta metros me sentí mayor, mi pareja de calle tendría treinta años menos que yo y no quise dejarme vencer. La primera serie lo hizo, a mi mala salida se sumó una derrota mental desde antes de empezar, ¿qué puedo hacer contra este bicharraco?, pensaba. Y la vuelta la hice a pies de él. Y pensé en la espuma, en mi espuma, ¿cómo sería?. Así que, en las siguientes series, aguanté con fuerza de brazos y disminuyendo la respiración hasta la mitad, y, desde allí, batida de piernas y espuma fina hasta el final. Que fue cambiando la frecuencia y la fuerza de las piernas, sin saber si fue a cuatro, a seis u ocho batidas por brazada; que no sé si fue con un compás de menos o de más, pero sí que fue muy flamenco. Ni que decir tiene que acabé muerto, pero no perdí, porque no me importa que me ganen, pero me jode no pelear. 

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He dejado un espacio mayor de lo habitual para salir detrás del nadador que me precede. Él ha pasado ya los banderines cuando me ajusto las gafas, inicio el conteo del reloj y me impulso con la pared. Intento las patadas de mariposa subacuáticas y me siento un patoso. Además, es difícil la técnica de salida, ¿cómo y cuándo hacer la primera brazada?. He salido como he podido, estoy nadando y voy tranquilo. Es mi intención, nadar tranquilo, usar como pueda mi técnica para ir a mi velocidad diésel y hacer estas series de cien de forma aeróbica. Hay espacio. Y, así es, nado, paso los veinticinco, noto una pequeña corriente y pienso que es de los que ya están en sentido contrario. Por si acaso, freno un poco. Empiezan a pasar los que van en sentido contrario, se acerca el viraje y veo que me he acercado mucho al nadador anterior. Frena, pienso, frena. Tras el viraje, el impulso me ha llevado a los pies del compañero. Aerobico, diésel, espacio me digo, pero, entonces, la espuma. ¡Ay, Dios, la espuma! ¡La llamada de la espuma!



 


lunes, 22 de mayo de 2023

TRIATLÓN AÑO 0. UN DEJA VÛ

Hace 7 años justos hice mi primer Triatlón. De eso debemos tener un recuerdo imborrable tres personas: mi compañero, al que llevé en la bici y en la carrera y me dio un palo en la rampa de entrada; la chica que subió al podio en tercer lugar gracias a que se equivocaron en el reparto de dorsales y me dieron a mí el que le correspondía a ella; y yo mismo, que descubrí un mundo que se me antojaba imposible y que ahora conozco y sé que no lo es, es tan solo un poco inalcanzable.

Hace 7 años hice el triatlón tras salir de una neumonía a destiempo que me dejó baldado. Ayer hice el mismo triatlón después de una serie de desdichadas desdichas y desafortunadas intervenciones y recaídas. Lo hice sin varios tendones de la mano derecha, sin varios músculos del dedo y,  como siempre, con cierta dosis de despiste. El mismo sábado perdí la férula que sostiene mi mano. Al final​ apareció, gracias a que, si hace siete años tenía un compañero que me pegó un palo, ahora conozco a muchos de ese mundo inalcanzable que es el triatlón capaces de recogerme y apoyarme tras una caída, de animarme y de ayudarme a recuperar tanto el aliento como una prótesis. Y que no te pegan un palo a destiempo. 

Hace 7 años parece un periodo de tiempo enorme, pero se pasa muy deprisa, demasiado. Mis hijas han  crecido a una velocidad de vértigo y se han convertido en el esbozo de quienes serán en un futuro, un esbozo ya de líneas marcadas y fuertes pero con algunas indeficiones y cuestiones que deben relegar o incorporar a sus vidas. Y hablo de ellas porque hablar de mí, de mi pareja, de mi familia es hablar de otra cosa, que pasa el tiempo y nos marca, pero que eso no es crecer sino otra cosa que me da miedo nombrar. 

Hace 7 años que di un giro a la tuerca que marca mi actividad deportiva. A veces, al apretar una tuerca nos pasamos de rosca, y otras el ajuste es perfecto. Así me ha pasado con mi decisión, en unas épocas he vivido la holgura de algo mal ajustado, de un baile entre mi vida y mi afición, entre mis obligaciones tan alajedas de la vida deportiva y el deporte, que me he hecho daño. Un daño real, inteno, lacerante. Pero, ¡vive Dios!, cuando el ajuste ha sido bueno lo he vivido con plenitud aunque no haya sido en competición. Ha sido un camino bonito con días de calor y sol, con nieblas y lluvias, y fríos, con carreteras que son siempre la misma y distintas, con carreras en un circuito pero que me han hecho transportarme muy lejos, con espuma de pies que no se escapa o perseguir la ola que he ido creando cuando he podido abrir calle. Han sido días muy bonitos, todos fundidos en un solo recuerdo, en un solo día como si fuera un vídeo recopilatorio. Aunque no haya nada registrado, aunque mis marcas estén en un limbo electrónico, en relojes muertos, todo está en mí, en mi cuerpo, en mi cabeza, en mi memoria, como atacar naves en llamas más allá de la Puerta de Tanhäuser. 

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Hace ya 7 años que hizo 7 años de lo que contaba, y la sensación es la misma que entonces, siempre lo estoy dejando y siempre estoy volviendo, pero, por muchas circunstancias, el triatlón, como el baloncesto, pase lo que pase a partir de hoy, son parte de mi vida. Y son de esa parte íntima en la que uno conoce sus límites y los supera. Con el baloncesto busqué desde el principio algo que no sabía qué era, pero que, al final, encontré: una forma de belleza. Eso es lo único que me falta por encontrar en el triatlón, esa belleza basada en el dominio técnico y amparada en un gran estado de forma. Si tengo suerte, dentro de 7 años contaré si la he hallado.      





SOBRE EL ÚLTIMO TRIATLÓN, ¿MI ÚLTIMO TRIATLÓN?

Acabó el Triatlón de Sevilla en una mañana calurosa pero no sofocante, aun así esoy ahogado, asfisxiado y roto; quizás más roto por dentro de lo que muestra mi aspecto. 

Me encontré con campeones, con compañeros que han corrido de maravilla y a los que admiro y hay alguno que me cuenta sus miserias y que, con pena, me dice que no ha podido ir como esperaba, pero que está contento porque ha dado todo lo que tenía, que es mucho y lo sabe, y ha quedado muy arriba. 

Aparte de pensar que, o se está muy fino o el mono de triatlón no favorece nada a nadie, callo y me guardo lo que estoy sintiendo, un terrible dolor físico que me condiciona la postura del pie, de la rodilla, de la espalda, y un mayor padecimiento moral, que la tengo por los suelos, sabiendo que, por mucho tiempo, digo adios a esta actividad a la que estoy enganchado. 

Han pasado trece años desde mi primer contacto con el triatlón y la sensación que tengo es que no solo no he mejorado sino que, al contrario, he empeorado mucho. Con 52 años y mi pie derecho convertido en una continua fuente de dolor, me importa poco si esa mañana te has quedado sin cereales, si has tenido que ayudar a vestirse a una novia o si tienes muchas deudas morales, que suelen ser también monetarias, con tu suegro. En lo que único que pienso es en que, durante estos años, todo ha sido una continua lucha entre periodos de gran actividad, con picos de forma, y hachazos; siendo los hachazos un largo compendio de interrupciones por trabajo, caídas, lesiones, fracturas, operaciones y periodos de dedicación familiar. 

No puedo ser egoísta y desear que todo hubiera sido distinto para ser yo mejor ahora o justificar mi bajo rendimiento empeorando de forma hiperbólica mis circunstancias. No puedo hacerlo porque cuando he tenido la oportunidad no he demostrado nada. Sí es verdad que, en los periodos en los que he entrenado con continuidad y he descansado y he comido bien, he mejorado de una manera espectacular. Pero nunca he llegado a, ni me he creído, nada más que una persona en forma. 

Ahora mismo no estén en forma ni mi cuerpo ni mi mente; no pienso de manera adecuada, no aguanto el dolor, no soporto una carrera y me siento al borde del colapso cada vez que me ejercito. Es el momento de parar y de sanarme, con la sombra y con el miedo de que el parón sea definitivo. 

Mi pie derecho, esa estructura que me está causando tantos problemas, podría describirse ahora mismo como un conjunto de huesos sin encajar en su forma y un edema que los rodea. Si la solución es operar, limar los huesos y ligarlos entre sí, desconozco el tiempo de recuperación y como quedará; así que existe una posibilidad, cierta, alta, de que no pueda volver a correr. Y es esa posibilidad, de la que desconozco la probabilidad, la única que alcanzo a vislumbrar. 

Hace años escribí una crónica titulada "El último triatlón". Con ese título, y con lo que escribí, podían interpretarse muchas cosas. Pero parecía que me refería en vez del último triatlón hecho a que ese triatlón iba a ser el último de mi vida. Siempre he creído que la decisión sobre cuál sería mi último triatlón estaba en mí; ahora sé que no podemos decidir nunca nada, que no sé qué ocurrirá y que puede que ya haya dicho adios. 

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TRIATLÓN AÑO CERO. Una crónica de septiembre de 2017.

Punta Umbría. El último triatlón.

- ¡Qué huevos tiene!

- Es valiente, ¿verdad? Hay que serlo para hacerlo sin neopreno. 

- No, no me refiero a eso sino a que los tiene muy gordos. 

Esta conversación, de alguna manera ficticia, es la que podrían haber cruzado dos espectadores del triatlón de Punta Umbría del último domingo. Digamos que uno de ellos conoce a nuestro personaje, pongamos que quien dice algo sobre los genitales del triatleta tiene el nombre ficticio de Paco Caraballo; y pensemos que el otro interlocutor es un veraneante cualquiera que asiste a un espectáculo deportivo que se ha encontrado en la mañana dominical mientras pasea. Este espectador ha visto a una multitud salir corriendo y ahora observa con algo de admiración a este triatleta de pie en el mar, con el agua justo sobre la cintura, mirando el horizonte mientras la marea de triatletas se aleja nadando. Se lo imagina trazando una estrategia, tomando un momento de reflexión antes de la batalla. 

El personaje del que se habla soy yo, y digo personaje porque decir triatleta de mí es exagerar mucho. Allí estoy, de pie, mirando cómo se aleja de mí una multitud enfundada en un material negro e isotermo, parece que los admiro. Parece que esos diez, veinte, treinta segundos que permanezco de pie en el agua son mi momento de reflexión, el que no me ha permitido la cámara de llamada; pero, digamos la verdad, lo que estoy haciendo es vaciar mi vejiga, llena de café y líquido isotónico. Esa es la verdad, pero adopto una actitud serena y contemplativa que disimula mi íntimo momento de descarga. A mi derecha no hay nadie, a la izquierda está Bermúdez, quien duda, o eso parece, entre nadar o no. Se lanza. Ahora sí, me tomo un segundo de reflexión, aquí estoy, en el mar, muerto de frío, con el neopreno colgado de una percha a 120 km de mí; ahora sí, ahora puedo pensar, es el último triatlón que tengo pensado hacer esta temporada, disfrútalo como puedas, a tu manera, disfrútalo. Y empiezo a nadar, arrastrando conmigo esos, al que un ficticio Paco Caraballo ha llamado gordos, cataplines míos.

No sé si es la impresión del agua fría, o mi manera de nadar en el mar o qué, el caso es que no noto nada, ni sé hacia dónde voy hasta que llego a la boya azul. En ese momento ya he cogido la cola del pelotón de nadadores y he superado a algunos. Pero, por esa manía mía de fiarme de los pies de los que me preceden, he nadado en una diagonal absurda y me doy cuenta de que tengo la boya a mi derecha porque me he salido del canal. Veo que algunos nadadores no entran por la puerta marcada, pero yo, sintiéndome honesto, retrocedo una brazada, paso por el arco reglamentario y, en ese momento, empiezo a nadar al que creo que puede ser mi ritmo. Lo hago detrás de varios neoprenos que llevan mal que los adelante y que hacen en el agua esas cosas que detesto de empujar, patear, cortar la trayectoria en los virajes y demás artimañas que valen poco contra mí. No es que sea muy guerrero y les pueda en esas lides, es que, enseguida, suelto ese tipo de compañías, bien sea nadando más o yéndome unos metros a un costado; esta vez me basta con impulsarme con más fuerza para adelantar. 

No sé si a alguien más le pasa, pero en el agua me da por pensar. Esta vez en el Betis. En mi mente se acumulan varias pruebas de mi vida: mi primer maratón, una carrera nocturna, la media de Marchena, un triatlón olímpico, otro de Quarteira. Precediendo a todas esta pruebas ha habido derrotas del Betis, que no es que me corten la vida, pero me dejan un mal regusto. Este sábado no, ayer ganó el Betis, ¿cambiará este año la dinámica?, ¿será un buen presagio? Eso quiero creer mientras cruzo la segunda puerta azul y me voy preguntando qué es lo que me provoca picor de piel, ¿la sal?, ¿medusas?, ¿el frío?

Corro y veo en el pasillo de transición a Jaime y a Ricardo, me coloco entre ellos. No sé cómo asumirlo pero tengo la corazonada de que, después de todo, mi natación no ha estado tan mal. Lo que venga ahora es otra historia. Quería estar en esta carrera hace mes y medio pero ayer dudaba de si venir, lo mismo que he sentido esta mañana cuando mi hija Marta lloraba y me pedía que no viniera. Tenía miedo, lo reconozco. Había señales que me decían: es como en Posadas el año pasado. Inma trabaja, tú estás solo, las niñas están, a medias, cuidadas por alguien cercano que se maneja mal con ellas; tú crees que estás en forma, aunque eso sea relativo; la selección de baloncesto se juega el bronce en una final amarga...Sí, hay señales y tengo miedo, pero estoy aquí, así lo he decidido y voy a terminar. Hay señales, pero nada está escrito, nada está decidido salvo que la historia puede cambiar. Y estoy preparado para cambiarla. 

9 minutos versus 1 año.  

La media de los tiempos empleados en el segmento de bicicleta por el conjunto de los participantes, es unos nueve minutos inferior al tiempo que yo empleo en este parcial. En téminos de distancia, en una prueba que fuera de Sevilla a Córdoba, me colocaría en Écija mientras que el pelotón esprinta en meta. Es una suposición, claro está, yo dudo de poder llegar a Écija.  

Desde el triatlón de Rota, en el que cuando yo empezaba mi periplo en bici, Jaime me gritó un "¡Hasta luego!", hasta este domingo, el circuito de bici siempre ha sido un carrusel. Hago el papel de padre que espera paciente el término del viaje de sus hijas montadas en el tiovivo; así, uno por uno, una por una, todos los miembros del club han pasado a mi lado, me han adelantado, muchos me han ofrecido su rueda y yo no he tenido fuerza para cogerla. Es una sensación rara, porque casi no podría distinguir un circuito de otro. Rota, Sevilla, Punta, todos me parecen la misma carrera; yo inmóvil, el resto gira y gira. 

Aunque parezca mentira, aunque sé que en la bicicleta está mi gran handicap, de momento, no puedo ponerle solución, tampoco sé si me atrevo a intentarlo. Todo el mundo me dice que andar en bici no tiene secretos, que solo hay que coger la bici. Puede que sea un axioma, tomémoslo así. Otra cosa que parece cierta es que la musculatura usada para la bici está en una zona distinta de la pierna que la de la carrera; tomo también esta afirmación como real y la incluyo. Así que tengo dos sentencias para la línea de código de mejora en bici, aunque puede que sean la misma: fortalecer piernas, pero hacerlo en la bici para emplear la musculatura que se usa en bicicleta, usar desarrollos largos para coger fuerza, coger fondo. Bien, pues aun sabiendo esto, implica un tiempo que no tengo y que no quiero robar a otras cosas. 

Hace poco más de un año empleé mucho tiempo en la bici. Aunque fuera solo, hice muchas veces la ruta de Los Palacios-Utrera, la de Las Pajanosas o El Ronquillo, series en el hipódromo, tiradas por El Copero como si fuera mi circuito... y me notaba muy bien. Así que en Posadas monté un grupo con los de delante, dí relevos, me notaba que iba deprisa y suelto. Y así, hasta que llegó aquel ciclista cazado que no se resignaba a que un veterano lo pasara y, por esas cosas, estuve durante un año a medio gas. Y, por eso, durante toda mi vida, al mirar mi mano derecha recordaré aquella caída. 

También hay otra parte de la verdad y, es que, no se me ha quitado el miedo. No sé ahora mismo ir en pelotón, pero es que no sé si quiero ir. De una forma consciente digo que sí, pienso que sí, pero no creo que sea la verdad, el miedo oculto me quiere solo, lejos de ciclistas vengativos que hacen lo que sea por no ser adelantados. 

Antes conté que Jaime me soltó un hastaluego en Rota. No es verdad, eso es lo que yo oi, pero Jaime me contó tiempo después que, en realidad, lo que él me dijo fue algo así como "¡Pégate, coge rueda!" o algo similar. La mente juega malas pasadas y la mía cambió el mensaje a algo inconsciente, a algo que me llevaba a otra situación que me haría sufrir nueve minutos más, pero a tener una año más tranquilo. 

El Tourmalet y el Mortirolo.

Contador ha dejado el ciclismo profesional y eso genera varios debates sobre el tipo de corredor que ha sido. Muchos dicen que ha sido el mejor durante esta Vuelta. Yo creo que no, que durante la Vuelta lo que ha realizado han sido ejercicios de exhibicionismo y que, de haber estado bien, habría actuado con cabeza, incluso lanzando ataques largos, suicidas, con mayor planificación, mandando corredores por delante, buscando alianzas con los que le precedían y podría haber asaltado el triunfo final. 

¿Por qué escribo de esto que no tiene nada que ver con el triatlón?, ¿por qué escribo sobre Contador al que no conozco o de ciclismo si no soy experto? Bueno, la respuesta es que me conozco a mí mismo. Creo que Contador ha sufrido algo, distancias aparte, parecido a lo que me ocurre a mí. A las primeras de cambio me veo muchas veces fuera de carrera, algo difícil de sobrellevar, pero entonces una especie de resorte me dice, no abandones, sigue, no estás aquí para ganar sino para disfrutar. Y yo hago caso a esta voz y disfruto a mi manera que es dando lo que tengo. 

Eso, sin darme cuenta, me coloca muchas veces en una posición, al menos, honrosa en carrera. Así, llegando a meta, veo a algún compañero, miro atrás y hay siempre muchos desfondados, puedo correr un poco más deprisa, esprinto, no soy el último, he hecho algún kilómetro bueno y esas cosas que se hacen para tener buenas sensaciones, buen cuerpo y animarse para seguir. Es mi forma de disfrutar. Para Contador, dicho ya, distancias aparte, ganar algo parece su forma de hacerlo, pero ha disfrutado cara a la galería, forzando situaciones y sonrisas, sin poder disimular muchas veces su falta de gas. Ha sido amarga su despedida, se diga lo que se diga. 

Contador es mi referencia esta vez porque hace un tiempo, como él en el Tourmalet, hice catacroc. Recuerdo que aquel verano, destrozado, cansado, agotado, me vi en un pozo. Ya tenía por entonces un blog, y quise escribir sobre esa situación, comparando mi vida con la subida al Tourmalet del campeón español, pero estaba tan agotado que nunca la pude escribir. Contador ha dejado el ciclismo activo, yo ni he dejado la vida ni he dejado el triatlón. Hicimos catacroc a la vez, hasta ahí las coincidencias. 

El circuito de bici de Punta me ha resultado extraño. Lo he subido y lo he disfrutado. Por raro que parezca viendo mis tiempos, estoy contento porque di lo que tenía, poco, pero lo suficiente para acabarlo. Lo sufrí porque miles de compañeros me adelantaron, cada vez que un grupo me cogía veía peligro, me sentía encerrado y todo me era difícil de sobrellevar. Pero lo pasé bien, tanto que la ida y la vuelta, ambas, por un milagro de la Física, me parecieron cuesta arriba. Es imposible, una pendiente en sentidos contrarios es una vez creciente y otra decreciente, pero así lo sentí. Y es que no me gustan los descensos. Así que, con mi doble Mortirolo, todos contentos, los que me adelantaron y yo. 

Mal "bajío".

Colocando la pegatina en la tija de la bicicleta se me partió el adhesivo con el número. Guille, divertido, se rió. "¡Qué mal bajío tienes en los triatlones!", me dijo. 

Aquel incidente menor, resuelto en menos de dos segundos con un poco de cita de pintor, me hizo pensar: ¿tengo mala suerte?. Guille, lo siento, la respuesta es no. 

Lo peor que me ha pasado en un triatlón es caerme en Posadas. Es verdad que llevo un año en blanco, aunque eso sea relativo, que he estado tres veces en quirófano y que me ha quedado una secuela en el meñique de por vida. Eso es cierto, pero analizo con distancia la caída, 

Creo que en ese momento o iba de pie o iba a ponerme de pie, no puedo asegurarlo; lo que sé de forma cierta es que, de repente, me vi volando hacia mi derecha. Primero fue un golpe en la cabeza, que noté y oí, luego golpeé con el hombro y, después, con la cadera y la rodilla, Me incorporé, con miedo de haberme roto la clavícula o la cadera. Funcionaban, dolían pero podía moverlas. Luego la quemazón en la mano. Mi dedo estaba deformado, dentro de mi palma, los dedos anexos como apretando una botella. Escocía mucho. Miré el resto de cosas. La rueda delantera había emprendido una marcha en solitario y me había adelantado en unos treinta metros. El bote, el cuentakilómetros y otras cosas se habían descompuesto, pero yo, aunque tenía un parte de mí descolocada y un porcentaje de piel en el asfalto, estaba entero. De mi peor triatlón había salido entero. 

Desde entonces he pasado tres meses y medio con escayolas, puntos, férulas y vendajes; otros dos meses con relativa inmovilidad y he tomado bastantes, demasiados, analgésicos. Pero entendí que esa caída, que las lesiones eran un precio menor por poder hacer muchas cosas, por poder hacer triatlón, por vivir un año en sevilla sin tener que desplazarme a diario a Morón, por poder estar todos los días importantes con mi familia, por estar todas las tardes en el Conservatorio, en el Británico, la academia, los cumpleaños, los médicos... Hubiera preferido vivirlo gratis y si me dicen de pagarlo con antelación no lo habría hecho; una vez pagada la entrada, a disfrutar. 

Pienso, Guille, en otros triatlones, sí. En casi todos hay anécdotas, despistes, faltas de concentración, sí, no puedo negarlo; pero no sé si eso no me hace cogerle más apego a este deporte. Yo entreno lo que puedo, compito lo que puedo, veo al grupo lo que puedo e integro, como puedo, el triatlón en mi vida. Acudo a una prueba con, como mucho, la décima parte de las sesiones de preparación que la mayoría; tengo la mayor parte de las veces el tiempo justo para ir, realizar la prueba y volver; es el día de antes, a última hora, cuando después de hacer otras cosas puedo preparar la bici, casco, portadorsal, geles... Por lo que veo, no es que tenga mal bajío, creo que lo que tengo es poco tiempo. 

Me fijo ahora en los dos últimos olímpicos que he hecho, en ellos se me han pinchado las ruedas; eso es verdad. También es verdad que no he abandonado; podrían haberme descalificado, pero he tenido la suerte de encontrar quien me dejara cámaras y bomba. En un duatlón me olvidé de quitar unos protectores de las calas, me las quité, los tiré y seguí. Mis hijas dicen "en la vida real" cuando se refieren a lo rutinario y dejan fuera los moementos de ocio y las vacaciones. Esta expresión se la he escuchado a gente del club refiriéndose al triatlón, aunque yo no lo veo así. Creo que el triatlón forma parte de mi vida y que en ella, y en él, me comporto de la manera que sé, intentando ir con dignidad y orgullo, trabajando todo lo que puedo, no dejando nada atrás y buscando una solución a las adversidades. 

Guille, ¿mala o buena suerte?

La despedida.

Durante este último año he pensado en serio en retirarme. Los que habéis estado lesionados conocéis qué estado de desolación y desasosiego supone estar limitado. Entre la incertidumbre de no saber cuándo podrá uno recuperarse y en qué estado volverá, y la certeza de que todo el mundo está mejor que uno, la sombra del abandono aparece muchas veces. 

Es una realidad que el club en el que me he movido está creciendo de forma exponencial y solo puede que, uno de cada seis, tenga los mismos años en el club que yo o más. Así que, cada vez, conozco a menos y echo más de menos a los que no están por lesión, por retirada o por cambio de intereses. 

Con estas premisas, retirarme estaba dentro de lo posible y de lo probable; pero no lo voy a a hacer; no, al menos, de momento. Mi objetivo es mejorar. Es algo que siempre me ha costado mucho; pero imagino que hacerlo es como dominar una asignatura difícil, es algo circular. Al principio, alrededor del objetivo me muevo con círculos enormes, inabarcables, con el tiempo cada vez menores hasta que todo se reduce a un par de ideas que luego uno es capaz de expandir. Como hizo aquel ingeniero al preguntarle por la Mecánica de Estructuras y escribió F = m·a, partamos de ahí. 

Para mejorar, nada como un grupo en el que sentirse a gusto y que te motive. Cada vez conozco a menos del grupo, pero de los que conozco, hay gente que me cae muy bien y que son buenos compañeros de camino y de mejora. 

La explosión del club se me escapa un poco, estamos a años-luz unos de otros, pero coincidir con tanta ambición y calidad en la pista o en la piscina motiva mucho. Supongo que algún día contaremos que ese muchacho medalla olímpica empezó con nosotros. Eso espero. 

Mi despedida será algun día, lo sé. Pero no quiero que sea ahora, la tengo prevista para un tiempo variable entre 15 y 120 años. 

La carrera.

Samer está en el margen derecho, y saluda, y anima, recuerda los calentamientos, recuerda cómo los calientas. Y lo recuerdo. Y corro, y sufro, y disfruto. 

Desde hace tiempo no disfrutaba corriendo; el cambio radical de no practicar otro deporte nada más que la carrera a incluir bicicleta y natación, lo noté. Y me costaba darlo todo. También es cierto que, antes del triatlón, las últimas carreras habían sido rutinarias, monótonas, cansinas. Este verano me he reencontrado. 

Para hacerlo me he tenido que desprender de una parte de mí, la formada por parte de grasas y otra parte de miedos y prejuicios. Para hacerlo he tenido que hacer el esfuerzo de hacer más haciendo menos, de cambiar hábitos, de usar la cabeza y de ponerme objetivos distintos y factibles. Son cosas imperceptibles, inexplicables, pero importantes. 

Samer me ha animado. Antes ya había procurado coger buen ritmo, pegarme al corredor que me ha dado la botella, seguir su estela, adelantarlo y correr. Samer me ha animado y, todavía hoy, estoy animado, sintiéndome bien y corriendo. Sintiéndome vivo. 


Sevilla, 19 de septiembre, 2017.  

 

       


miércoles, 1 de febrero de 2017

DE MALDICIONES Y DEMÁS.

Con el debido respeto y el mayor cariño posible me gustaría
dedicar esta crónica a todos los compañeros que se encuentran
lesionados o enfermos. Yo, como sabéis, ni corro mucho, ni nado
rápido, ni ando en bici, por lo que mi ejemplo puede que no sea
el mejor para animar a los campeones isbiliyos. Pero sé, por experiencia,
que el ánimo y las palabras de los amigos sanan muchas de las heridas
anímicas que provocan la inactividad y las lesiones.
Un especial saludo a los lesionados y a los mononucleóticos.

¿Desde cuándo no siento que haya algo digno de reseñarse?, ¿desde cuándo no hay una razón deportiva para escribir?

Eso es lo que pienso en la noche de este lunes. Oscura como ella sola por una luna nueva tras un cielo encapotado. Y eso es lo que pienso mientras mi cabeza no deja de darle vueltas a cómo y de qué manera voy a encajar ahora los entrenamientos con las tareas que vienen.

Pero, a la vez, me doy cuenta de que algo ha cambiado en mi planteamiento vital. Desde hace un par de años esto del triatlón debe encajar en mis rutinas. Esta es una pequeña maldición, la de la semilla de este deporte que se mantiene dentro de mí pugnando siempre por abrirse un hueco.

Entonces me digo, piano, piano, si va lontano, y así lo haré, incorporando poco a poco los entrenamientos colectivos en mi rutina sin que chirríen o causen conflictos. Y así, poco a poco, recuperar también cosas que uno ama, la escritura, la carrera, la natación, la bicicleta, la mano derecha...

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El domingo, y ya van algunas seguidas, me salió mal la carrera. Todo eso que se dice que puede salir mal, salió, al menos, regular. Una vez que ya había acabado la carrera, sin estar lo cansado que debería haber estado, me vino un pensamiento a la cabeza: es una maldición, un mal de ojo. Sin embargo, al llegar a casa y comentar con mi familia lo mal que me había salido, mi hija me dijo: "normal, no la has preparado". Sabiduría sintética, senequista e infantil. Demoledora.

Yo que, hasta ese momento, me había inclinado por la conspiración mágica para demostrar que desde hace un tiempo todo es desastre, me rendí a la evidencia y pensé en hacer una crónica satírica. Yo mismo me entrevistaría a mí mismo, ambos bebiendo whisky de malta, con preguntas sagaces y respuestas afiladas. Luego descarté esa idea, por tonta o por mi incapacidad de llevarla a buen puerto. Y también porque para reírse de uno mismo se debe estar fuerte y distanciado del problema, circunstancias que no se dan.

En vez de eso, de la terraza del hotel y del licor escocés, me senté en el sofá, frente a la ventana, mirando un atardecer en la cornisa del Aljarafe que como daltónico no sé describir, a pensar un rato, a calmar la barriga con una infusión caliente, a ordenar ideas, a darme cuenta de que, aunque haya corrido de vez en cuando, aunque no haya cogido demasiado peso, aunque haya mantenido la ilusión por hacer deporte, por hacer series, me falta mucho para alcanzar un nivel aceptable de forma. Y para saber que no se deben buscar enemigos externos, como la edad, la mala suerte, la genética, los virus o las circunstancias personales para justificar un mal resultado, sino que es mejor tener la cabeza fría, conocer el estado en el que se está, lo que se debe trabajar y mejorar, y buscar un resultado acorde a eso.

Lo que ocurre es que, entre tanto campeón, uno se siente pequeño.

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Ya es domingo, como en la canción de la Velvet Underground.

Y llegan el alba, el desayuno, los rituales previos. La luz es, como dicen los literatos, mortecina. He quedado en el mejor aparcamiento posible con Julio JM. Y siento el contraste, sus ganas de correr, sus ganas de planificar frente a mi pequeña indiferencia. Mis ganas de correr son, como dicen los literatos, mortecinas. Sé que hay algo desordenado en mí, los ruidos de mi barriga lo testifican, pero sé que correré.

Y así es la carrera, miles de personas como en la Feria caminando todas hacia el mismo punto, yo, despistado incorregible, caminando contra la marea a contracorriente, viendo los colores isbiliyos por muchos lados, oyendo voces que me saludan, pero observándolo todo como a través de las gafas que he olvidado en el coche. Porque hay niebla y no es en el exterior.

Y así es. Salgo entre el montón de corredores que quieren batir su marca, en la zona intermedia, lindando con la lenta, de la carrera. Acompaño a Julio hasta que en el primer puente mi diafragma no puede más, comprimido por una acumulación de gases que debo soltar.

Y de esa forma, viendo a cámara lenta cómo se alejan mi alegría y las camisetas isbiliyas, cómo se acercan otras camisetas y se alejan, y se vuelven a acercar, como olas, voy corriendo, parando, soltando la presión interior, y pensando en el abandono. Pero no lo hago, lo que me cansa aun más.

Y ya es el Estadio, el grito del compañero que no reconozco que me anima, la cara de Oliva que también sufre lo suyo, las piernas que me transportan, ahora sí, por el tartán carcomido por la dejadez.

Y ya empieza el otro domingo.

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Los compañeros han estado bien, como siempre. Las compañeras parece que han estado mejor, como siempre también. Pero me ha asombrado Julio JM. Me ha recordado cosas de otra época, de cuando, con pitorreo, acudíamos a la farmacia a comprar, Sumial, decíamos. En realidad comprábamos antibiberones en cajas de doce, más que nada por optimismo, lo del número me refiero.

Pues una vez, justo después de un fin de semana de uso masivo de "Sumial" por parte de todos, hicimos el mejor partido de baloncesto de nuestra vida y ganamos la Liga Universitaria. Con mucho temple, puntería y garrote, que es lo que dan la confianza y la alegría del cuerpo y los sentidos.

Y me da que Julio usa "Sumial", porque su alegría y su confianza son fruto de muchas cosas como el trabajo, pero también de vivir la mejor época de la vida.

¡Enhorabuena, Julio!

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Lunes.

Le tengo mucho respeto al agua, es decir, tengo un miedo atroz a tirarme a la piscina y no saber nadar. Estoy tan acojonado que pensar en el agua, en su temperatura, en la forma que tiene de envolvernos me atenaza. Llevo tanto tiempo sin entrar en la piscina que no recuerdo cómo es nada.

Lunes. Día de piernas, de recuperación dice el jefe, el guasón, de 400 con palas, de series con aletas, un día después de la carrera. Día sin resuello, siento yo.

"Isabel tira", dice Samer. "Que vas a salir en una crónica", insiste él. E Isabel que no es, hasta ese momento para mí, sino un gorro, unas gafas y una herida en el codo, tira. Y tira. Y estira al grupo. Y yo no sé ni mirar en la calle, ni ver la distancia con el que me precede, ni ver la espuma de su pataleo, ni su estela, ni seguir el ritmo. E Isabel, con alma de campeona, compite allí en la calle, reclama su sitio, pide que se respete la jerarquía hasta en los ejercicios de piernas. Ahí parece que hay cantera.

Es lunes, el agua gris, ¡malditas gafas desgastadas!, el chapoteo ineficiente, la respiración entrecortada, el dolor del empeine por las aletas, la ilusión de que mi hija tire alguna vez de mi calle, las ganas de recuperar la normalidad, de cansarme y de seguir sin resuello la estela de un nadador.

Es lunes, es el principio de otro capítulo.

Todavía no voy a dejar que acabe esta historia.   

jueves, 6 de octubre de 2016

CARAS

La reincorporación lenta al quehacer isbiliyo diario me da una interesante perspectiva de muchas cosas. Se dijo en otra crónica que el Desafío y la competición nacional han creado vínculos muy fuertes. Quizás invisibles a los ojos de quienes lo ven a diario, más palpables a quien observa sin presión. Es mi caso, estar en otra onda me da la libertad de pensar en varias cosas a la vez, de mirar y de disfrutar de lo que hago y de lo que veo.

En la nocturna vi caras jóvenes, que ansiaban pasarlo bien, desfasar un poco y reírse. Eran caras de alegría y de jovialidad, de frescura; caras de ilusión y de solaz, una especie de día libre que supieron vivir, beber y comer una gran hornada. Allí estaba también Antonio Bermúdez, con cara de....bueno, con cara de Antonio Bermúdez. Y, a mi manera, me hicieron pasarlo bien.

La cara es el reflejo del alma. Eso lo saben hasta los hebreos, dicho en lenguaje familiar. Sí, recordad ahora la primera vez que hicisteis el amor, mantuvisteis relaciones sexuales completas o folgasteis, como queráis decirlo. ¿A qué salisteis a la calle pensando se me nota, se me nota, van a averiguar que lo he hecho? Pues bien, lo normal es que, a pesar de la cara de gilipollas que se lleva durante unos días, nadie note nada. También se ha de decir que quien sabe observar y quiere notarlo lo nota. El desfloramiento suele dar una pátina a todos. Como también la da el primer olímpico o un ironman, que es también como desflorarse.

El martes pasado hubo series. Las caras eran un poema, bonito, eso sí. Están todas enchufadas, concentradas, curtidas. Entre vosotros no lo notáis, pero cuando Samer explicó la dinámica, no hubo el descontrol de otros días. Cada uno empezó a calcular ritmos, grupos y esfuerzos. Cada uno se concentró en unos pies, una distancia y una meta. Se notaba en la cara silenciosa, seria, de prueba.

Es la cara del examen, de la oposición, del candidato que llega con los deberes hechos, en forma y preparado, del que no mira a otros sino que mira su interior y no hay fisuras, del que repasa mil veces la check list y la ve completa, y va ligero, sin tonterías. Esas caras dicen mucho y van a dar, valga la redundancia, la cara y el do de pecho a pie del Mediterráneo.

Ánimo, equipo. Queda muy poco, un último escalón, un último arreón. Con fuerza. Por la cara.

sábado, 1 de octubre de 2016

DUEÑAS Y LOS MIEMBROS FANTASMA

Justo al volver de las merecidas,  consabido epíteto, vacaciones por tierras del maquis y brujas, llegué a mi trabajo y empecé con ahínco e ilusión desbordante a trabajar. Cinco minutos más tarde dejé el informe que redactaba y abrí un documento esencial en la vida de todo funcionario, el periódico. Allí me interesé por cosas importantes, el resumen de las olimpiadas, un concurso a la mejor foto del verano, qué lugares visitan los famosos y la sección de ciencia. Allí encontré una pequeña joya, un artículo sobre neurociencia en el que se explicaba cómo trabaja el cerebro cuando hay una amputación de un miembro y por qué muchas de estas personas pueden sentir esa mano o esa pierna que ya no existen. Solo Dios sabe por qué me interesan esas cosas, como tantas otras extravagancias , pero esta me confirmó la complejidad del cuerpo, y el lento avance de la ciencia que, solo mucho tiempo después, ha podido explicar esto que la cultura popular sabía, que muchas personas con amputaciones sienten picor en el miembro amputado.

Hace dos semanas, tras la sesión diaria, el fisioterapeuta me recomendó intentar mover mi dedo y mano inútiles; según él no podré moverlos de momento, pero es necesario que el cerebro esté continuamente enviando órdenes a estos miembros para que, llegado el día, se muevan. La verdad es que ese milagro móvil no se ha dado; sí he sentido alguna vez que mis dedos habían articulado, y habían asido algo como antes, pero la ilusión se desvaneció con solo mirar y comprobar que se mantiene la rigidez. 

Espero que esta introducción no me haya desviado mucho de los propósitos de esta entrada, que no son sino contar qué he visto en los últimos tiempos y qué me ha inspirado a escribir algo.

Justo hace una semana una legión de compañeros finalizó el Desafío Doñana, prueba que se me antoja a un universo, un eón, de donde me encuentro; las crónicas que han volcado en la red me parecen geniales. Muestran que el sacrificio, el entrenamiento y el nivel de compromiso que han mantenido les ha ayudado en la travesía en bici por esa tierra llena de páramos, secarrales y marismas; contra la corriente del río Betis; sobre el pesado camino de arena de la antigua Tharsis. Muestran su fortaleza, su ligereza, su voluntad, pero, un poco más allá, recurren todos a lo mismo, tanto que no parece un tópico. Todos hablan de que lo mejor fue hacer la prueba junto a otros isbiliyos, compartiendo esfuerzo, ansias y metas. Tanto que los que hicieron la prueba juntos se hablan como hermanos.

En el norte, el equipo de competición de nuestro club destacó en Gijón. Calidad, entrenamiento, compromiso... Lo sabido. Pero lean lo que todos han destacado, lo mejor no es la competición sino el fin de semana, el ambiente, el grupo. 

¡Coño!, hablamos de deporte y de competición, pero ¿lo mejor no es eso?, ¿lo mejor no es correr, nadar, pedalear? Aquí es necesario hacer algo de investigación, algo de psicología deportiva que dejamos a Julio, y pensamos que todo el esfuerzo, todo el entrenamiento, todo el sacrificio te conducen a una meta; traspásala y descubre que todo el entrenamiento, todo el esfuerzo, todo el sacrificio te permiten valorar otras cosas, estás en otro plano. 

Desde la distancia, y la imposibilidad material, uno se siente como el miembro amputado. Gracias a que el pensamiento positivo existe, y a que el deporte te hace sentir que todo es posible, el ejemplo de los isbiliyos por Doñana inspira a muchas cosas. Por lo pronto a negar que la lesión sea permanente, por lo pronto a procurar vencer al dolor, por lo pronto a buscar una meta que me lleve a otro plano. Porque ahora no está el horno para bollos. Pero lo estará.

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Posadas fue el verano pasado un descubrimiento para mí. Este año me lo tomé como un reto personal; algunos de los amigos, como Ale y Álvaro Dueñas, saben de la difícil logística que me suponía hacer esta prueba, pero me las apañé y logré llegar, nadar, montar en bici y sentirme muy bien. Siguiendo los consejos de José López busqué un grupo en bici para no quemarme en esta parte, aunque me había supuesto esperar a gente; estrategia que me estuvo dando fruto hasta el maldito momento en el que me sentí volando de costado, golpeando la carretera con el casco, el hombro, el codo y la cadera en ese orden; hasta que me vi sentado en el asfalto mirando las luxaciones de mi mano y sabiendo que se acababa de terminar mi verano.

Obviemos el traslado en ambulancia, la cura en la tienda de campaña, la cara de Samer en meta, el desconcierto ante los jueces y la organización, qué tengo que hacer, dónde está mi bici, cómo me cubre el seguro de la federación...Quizás todo eso tendría un papel más relevante si Álvaro Dueñas no hubiera estado allí. Su ayuda, su traslado a Córdoba, recoger a mis hijas y traerme a Sevilla, ver juntos el bronce en baloncesto, el bronce en mountain bike, todo eso después de la paliza del triatlón, después del madrugón, después de todas las vicisitudes íntimas que tan bien lleva, merecen algo más que este agradecimiento.

Otro compañero, Fco. Javier Ramos, ya supo de la generosidad en la ayuda de Álvaro. También en el difícil momento de su caída en el duatlón de Sevilla, estuvo Álvaro a su lado, ayudando en lo posible,  dando lo que se necesita en ese momento, un poco de ánimo, un poco de compañía.

No me extraña que Álvaro haya completado el Desafío, ni que lo hiciera a pesar de las molestias que sufrió; ya ha hecho cien mil cosas que demuestran su carácter, el deportivo y el humano. Ahora vive, además, en otro desafío, este también lo va a superar. ¡Fuerza, Álvaro! Silba y te ayudaremos.

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En la nocturna me divertí, me lo pasé bien y me probé un poco. Medio contento.

Mi mayor alegría fue la de encontrar uno de esos detalles que son los que me hacen sentirme bien en el deporte. No sé si habrá alguna foto, pero que José Toranzo me esperara para entrar juntos en meta, es de esas imágenes que se guardan por ahí, en algún lugar de la memoria.

Eso me llevó a un mes y poco atrás. A la meta de Posadas llegué antes que todos, vendado, escayolado y dolorido, pero antes. Eso me permitió el lujo de ir viendo a todos los que entraban; no era mi intención asustarles, pero a la cara de esfuerzo y cansancio de todos se fue sumando la de asombro por la vistosidad de mis vendajes, y cada uno fue preguntando por lo ocurrido y dándome ánimos. Esta feo decirlo, pero me sentí mal cuando uno de nosotros me mostró lo jodido que estaba porque le había salido mal su carrera y porque le había devuelto una botella de agua sin tapón. Esa amargura todavía me late por ahí. Por eso entiendo que el gesto de Toranzo ayer en la carrera redime el mal gesto de otro en Posadas. Por eso creo en el deporte, cuna de segundas oportunidades y segundas juventudes.

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Posadas tuvo una crónica especial en nuestro club. No podía ser menos porque fue un duro comienzo de la segunda parte de la temporada, porque se unió al medio ironman y porque se deben hacer crónicas. Pero eché de menos alguna reseña a todo lo que ocurrió, al accidente, a la caída. 

Pensé en otros compañeros que han tenido problemas en otros momentos como Fco. Javier Ramos, como Lolo Lage, incluso como José López, o Mariano, o Noelia, y no sé si han tenido esa impresión de que el éxito como una ola lo barre todo; incluso de que el éxito barre las lesiones, las vicisitudes, los problemas. Y no sé si han llegado a sentirse como los miembros amputados de un gran cuerpo. Lo que espero, lo que siento, lo que sé, es que es posible que seamos esos miembros fantasma, que no estamos, pero que picamos un poquito, que nos hacemos sentir. Aunque sea un poco.  

    


 



  


jueves, 7 de abril de 2016

RESET

En los años 80 la compañía Sinclair desarrolló los procesadores ZX. En mi primer contacto con un ZX Spectrum 48K mi idea de la informática era tan romántica como el alma de HAL 2000 o el ordenador de Juegos de Guerra. Así que, durante una primera y exasperante tarde, todo lo que hicimos fue escribir Hello, Hola, Hi y recibir la consabida respuesta Command not found. Así fue hasta que mi hermano pulsó varias teclas a la vez y en la pantalla del televisor se inició un scroll infinito de números. Fue así como tuvimos que abrir el Manual de Instrucciones, buscar la solución de problemas y encontrar la sentencia mágica: RESET. 

No fue muy fino este primer RESET, desconectar la corriente de alimentación. Sí fue efectivo, mi madre aprovechó para reclamar la devolución de su televisión, y el ordenador descansó de interpretar nuestras clases de inglés conversacional.

Quizás esta anécdota le parezca al lector traida por los pelos; piense entonces el lector de otra forma, cuando algo se está haciendo mal, cuando los resultados no son los adecuados, cuando se nota que no funciona la cosa como se esperaba, si se quiere mejorar se deben cambiar los fundamentos. Para eso lo mejor es resetear. Es normal querer el camino fácil, buscar atajos, buscar el camino de otros, ser, de repente, pintor abstracto. Lo normal en ese caso es que se vaya de forma directa a fallar. Que recuerde si no el lector que Picasso primero aprendió a dibujar de manera academicista, a retratar de forma fiel la imagen ante sí hasta que pudo encontrar el alma de las cosas y desvirtuarlas para plasmar su esencia, para captar otra mirada y otra perspectiva.

Cada uno tenemos un camino, una perspectiva, una mirada y una meta. Andar el camino de otros, mirar con las miras de otros o tener su perspectiva nos alejan de nuestra meta. Es entonces el momento de resetear, de aprender los fundamentos, de coger un lápiz nuevo y empezar desde cero. En ese momento puede que se estén empezando a hacer bien las cosas.

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Un extraño Deja Vú.

Quizás para ir a Quarteira en marzo o en abril haya que acompañarse de la saudade. El tiempo acompaña, tarde gris de sábado, frío por momentos, lluvia a ratos. La carretera hasta Loulé que recuerdo hasta la más mínima curva. Todo empieza igual.

Como a alguno ya le conté, todo es igual pero diferente. El anticuado hotel que el año pasado nos alojó sigue allí, al igual que el recepcionista de gafas, al igual que el comedor pequeño, la mínima WiFi. Decido, pues, que es el momento de confirmar la inscripción, de ir a la oficina de la carrera y recoger el chip, el dorsal y pagar; pero, de repente, no entiendo nada. Todos los portugueses que me encuentro allí en realidad me parecen que hablan en otro idioma, en un tosco dialecto olvidado de otro lugar del mundo. Confirmar mi inscripción, mis datos, los datos del club, es un proceso que costará 14 horas. 

Y cambio cosas para intentar que todo siga igual, doy una vuelta en bici por el circuito, recorro a pie el de carrera, preparo las cosas antes de ir a cenar, visito tres veces la oficina de los jueces, llamo por teléfono, veo la entrega de premios de la Copa de Europa e intento dormir más temprano. Es imposible, el deja vú vuelve aquí. Todo ha cambiado para que mi insomnio siga igual. 

Pero a partir de ahí, aunque a la mañana siguiente cada cosa esté en su sitio, llueva, haya venido Leo, coma en la misma pizzería de Loulé, y la carrera también me salga mal, ya nada es igual. Quizás ha sido un reseteado suave; no lo sé aún, el tiempo tiene que escribir esas líneas.

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Una tradición.

Imaginemos que todo lo que se escribe en estos días de alguna forma pudiera recuperarse e imprimirse, archivarse y constituir la crónica escrita de este club. Es mucho imaginar y mucho despilfarro, pero es solo un ejercicio, una serie de calidad para la mente, tampoco se agobie usted.

En la segunda serie vamos a imaginar que dentro de unos años siguen existiendo los historiadores. Y sin descanso, metemos la tercera que consiste en pensar que alguno encuentra los papeles de este club y los estudia. 

En ese caso, sería bonito pensar en que el historiador escribiera una reseña sobre nosotros, una al modo en el que los cronistas de la Semana Santa escriben las glosas de cada una de las cofradías sevillanas. Algo como: "El club Isbilya Sloppy Joe´s comenzó a gestarse durante los últimos meses de 2013 alrededor de un grupo de triatletas andaluces afincados en Sevilla, aunque su primera configuración data de los primeros registros de la entidad en torno a 2014. El club copó durante sus primeros años los primeros puestos en muchas de las competiciones a las que acudían. Como curiosidad, el club ha participado durante todos los años de su existencia en el Triatlón de la ciudad de Quarteira, incluso tras el cierre de las fronteras. Este año la equipación conserva el rojo de la organización y ha sustituido la publicidad de la parte posterior por un cuadro en el que está impreso el nombre de todos los triatletas que han formado parte del club"

Dirán ustedes, ¡qué tontería!. Yo pensaré, es cierto, es una tontería, pero así empiezan las tradiciones, sin sentido, solo por conservarlas, y hay momentos en los que cuesta. Este año yo he venido solo. Espero que el año que viene vuelva a ser el punto de inicio de la temporada, el punto de inicio  de los fundamentos del club, un pequeño reset para volver a los orígenes. Como rezan los papeles de Facebook del club, un club de aficionados amantes del triatlón. En Quarteira eso hace que cambie, y que se pueda escribir, un grupo de amigos amantes del triatlón. Pero eso no es una serie intensa, es una tirada larga.

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El fondo del pozo. 

Si yo dijera que todo lo que podía salir mal, salió mal, diría la verdad. Pero también mentiría. Me dijeron mal la hora y tuve que apretar para llegar. Pero eso me permitió recoger el dorsal sin colas y comprobar que en mi inscripción todos mis datos, incluído el nombre del club, con dos pes, estaban bien registrados.

Podría decir que mis tiempos de carrera y de bici fueron pésimos, peores que los del año pasado, y diría la verdad. Pero tampoco sería cierto del todo. Había estado tres semanas en el dique seco, desde el desatroso duatlón; había tenido como piedras los isquiotibiales y los glúteos, la fisioterapeuta me dio permiso para correr y lo primero que hice fue ir a un triatlón. Pues fue una insensatez, podía haber empeorado mi lesión y no pasó nada de eso. Además la inconsciencia, e ir adelantando siempre a gente, me crearon una falsa ilusión de hacerlo bien. Bendito sea ese espejismo, cualquier cosa es buena para agarrarse a lo que nos gusta. 

Incluso podría añadir que la natación fue más lenta que el año pasado, mucho más lenta, pero no tengo un referencia clara, los primeros, como yo, tardaron unos seis minutos más que el año anterior. Puede que sea solo casualidad, que el nivel fuera más bajo este año. Puede que no, y que las corrientes fueran más fuertes este domingo.

Y si nuestro amigo portugués escribiera aquí diría, sí, se cayó de la bici en la salida, sí, tuvo que arreglar la cadena, el cambio, el freno, sí, se le engancharon dos o tres detrás y no le dieron ni un relevo, sí, pero tuvo mucha suerte, fue toda la carrera con la rueda de atrás suelta, podría haber tenido una grave caída. Muito perigoso, muita boa sorte.

Quizás el reseteo ha coincidido con el fondo del pozo, ese lugar oscuro al que alguna vez se llega. Quizás todo lo que veo está condicionado por la falta de luz, por ver solo al final de ese agujero una luz, una única luz. Quizás el ver las cosas de otra forma este domingo indica un cambio de tendencia. De ir bajando siempre a empezar a ir cuesta arriba. Recordatorio: cuesta arriba se va contra la gravedad, se va más lento. Es bueno asegurar los pasos.
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A manhã de domingo.

La boya roja se deja a la derecha, mientras que las boyas amarillas se dejan a la izquierda. Hubo deriva entre la última boya amarilla y la roja, pero fue una deriva fortuita, haciendo lo que debía, seguir unos pies que me adelantaban. 

El neopreno, mi neopreno se convierte en un suplicio; si no fuera porque este mar es como un saco lleno de agujas en el que uno se hunde, y si no fuera porque ese traje nos aisla de ese frío, preferiría mil veces nadar con frío, a pelo, con más esfuerzo, que ponerme y quitarme el traje. Eso, a pesar de que alguno no lo crea, es un problema.

El frío del agua, el vaivén de las olas, figura manida de café cantante, me aturden, cambian mi sentido y todo parece que le ocurriera a otra persona. No soy yo el que se cae, ni al que le salta la cadena. No soy yo el que corre tras el número 4119, mamón chuparruedas, hasta adelantarlo. Tampoco el que va viendo objetivos a quince metros para adelantar, el que los adelanta y decide no esprintar, aunque eso le cueste dos puestos, porque eso no le cuesta repetir la lesión. 

El frío del agua ha congelado mi cuerpo, todo se me cae, no sé recoger nada, ni qué hacer con la bici. Nada, no sé hacer nada. Es lo que tiene hacer unos de los múltiples reset de los últimos tiempos. Se empieza de cero.

La boya roja se deja a la derecha, buena metáfora política para estos días. Cuando la alcanzo, viro y enfilo la playa, me topo con varios nadadores asustados, van directos a cogerse al cable de la marca, nadando con un heterodoxo estilo de braza, algo que mis hijas llaman perrito. El miedo les da una fuerza superior, sus patadas son de fuerza mayor, una de ellas rompe la correa de mi reloj, allí queda, registrando un tiempo increíble, registrando allá, en el fondo del mar, la deriva a la que las olas lo someten. Es gracioso, si alguien lo encontrara podría pensar que soy yo el que estoy allí. No se equivocaría mucho.

Es domingo. Es Portugal. Hace sol a ratos, llueve a ratos. Mañana es 4 de abril. Me invaden la saudade y la rabia a partes iguales. Es domingo. Ha comenzado la temporada. Continúan las tradiciones, continúan los fallos. Es hora de cambiar de tendencia. Tiempo de hacer reset.