Desembarco.
Me pregunto qué habría hecho yo en el desembarco de Normandía, ¿habría sido de los primeros en lanzarme al agua?, ¿de los primeros en morir desmembrado o herido de gravedad?, ¿habría alcanzado la cima de la playa y las posiciones de la defensa alemana? ¿habría desertado o me habría quedado en las lanchas?..
Hay un pequeño lecho de fango resbaladizo en la orilla, la organización ha decidido que pasar corriendo sobre él es un riesgo innecesario que no debemos asumir los participantes y nos hace adentrarnos unos metros en el mar. Desde la arena parte, entonces, un pequeño regimiento; la mayoría viste un uniforme de neopreno que la asemeja a una manada de leones de mar y que embute formas diversas; a modo de casco este grupo lleva un gorro de fina silicona blanca y mil modelos de gafas se disponen sobre la frente o, ya preparadas, cubriendo los ojos de los nadadores. Unos pocos, entre los que me encuentro, partimos sin esa protección térmica y sin el apoyo para mejorar la flotación de nuestros cuerpos. La estampa monótona y monocroma en negro y neopreno la rompemos unos cuentos trajes de lycra rojos, otros azules y alguno verde; no creo que aportemos color, solo restamos aire marcial a la estampa.
La legión negra se adentra en el agua para formar tras una línea imaginaria entre dos embarcaciones ligeras; mientras se pelean los triatletas con el agua, la línea, las olas y los jueces apelan una y otra vez a los ansiosos que se adelantan, se empujan y se aprietan en el vértice que creen más corto, yo permanezco de pie, como si fuera a desertar, observando la escena, distraído con esa idea de la batalla y buscando de forma consciente la barca más alejada del pelotón. Quizás la trayectoria sea más larga, pero creo que estará más límpia, alrededor de ella solo nos encontramos veteranos de verdad, de los que tenemos libertad para usar neopreno siempre.
Suena la bocina y se desencadena una carrera hacia la playa; quizás la mañana nublada, el oleaje altivo, sereno y constante de ese día, que oculta por momentos fracciones enteras del grupo, y esa forma de pelear por ser de los primeros en pisar la arena para seguir sufriendo, son las causas de que ahora esté pensando en Normandía, en junio del 44. Por eso nado hasta la primera boya sin referencias del grupo, pensando en lo mío, buscando despejar mi mente con la fría agua, sin saber cuánto se ha estirado ese pelotón al que me he de incorporar. Los triatletas que hemos salido juntos desde el vértice tonto nos hemos separado, mi sensación es que he nadado más rápido que ellos, es posible; también lo es que me haya desviado de la trayectoria recta y que ande solo, haciendo zigzag.
El cruce de la primera boya me confirma que he hecho bien partiendo desde el extremo izquierdo, hay un atasco brutal en ese punto que he evitado con un ángulo más abierto. A partir de ahí se nada un gran tramo paralelo a la orilla y transversal a la línea de las olas. Cada vez que estoy en la cresta de una de esas olas tengo una perspectiva hacia abajo de los que me preceden, gorros blancos, trajes negros y esfuerzos enormes por encaramarse a otras crestas. La imagen me traslada una y otra vez, ola tras ola, a Omaha Beach. Cansancio, esfuerzo y una luz gris, como en aquella mañana de junio en el Canal de la Mancha. En cada ola percibo más cerca, o directamente detrás de mí, a los que salieron con antelación y pienso en que nadar sin neopreno es como haber perdido el fusil en un desembarco, pero que ahí estoy, tirando hacia la playa, buscando un arma con la que defenderme. Ahí me encuentro recogiendo los cadáveres de los que saltaron antes de las barcazas.
Entonces lo percibo, en el desembarco de Normandía, en una ataque suicida de mi escuadrón, en una carga de mi Tercio, no habría sido un desertor. Por coraje, por vergüenza o por un valor que no sé que tengo, habría atacado junto a la bandera, junto a los demás. En esta batalla, por delante de muchos de los uniformados, sé que también he sobrevivido. Ha habido otras escaramuzas en las que he sido fulminado, agobiado y cansado tras la natación, caído y dañado en la bici; pero hoy no, así lo siento y así lo sé. En el futuro habrá más batallas, y salga o no ileso de ellas, lo único en lo que pienso es en no acobardarme. Es lo que tiene esta teoría de cuerdas particular que me he montado, revivo y recreo mil batallas sangrientas en las que nunca me daño para siempre. En cada prueba empleo un gran esfuerzo, gasto litros de sudor y, a veces, un poco de sangre. Eso es todo, ser valiente no es tan difícil cuando se puede renacer.
Septiembre.
Las calles de la piscina están llenas, saturadas más bien, porque la normalidad ha vuelto. Quizás normalidad no sea la palabra precisa, no es normal que sea lunes, que sea el primer día del mes, el final de vacaciones, las nueve de la noche y tener ganas de nadar. Pero si entendemos que los apasionados por el triatlón poco tienen de normales, podemos conluir que esta es su normalidad.
Sin embargo, hoy todo el mundo se hace un poco el remolón, es una estrategia. Se escuchan los "llevo seis semanas sin entrenar", "no he tocado agua desde junio", "estoy cansado que hoy he vuelto de la playa" y mil frases parecidas que justifican a quienes se tiran a nadar si no pueden seguir el ritmo; aunque la mayoría de las veces lo que buscan es hacerlo mejor que nunca y tirar de la calle "como si no hubiera un mañana".
Quienes se incorporan al club, lo hacen queriendo demostrar que saben nadar, que son capaces de seguir el ritmo y, claro, hay que hacerlo desde el calentamiento. Es la prisa, la ansiedad, las ganas de reivindicarse y de comerse el triatlón en un mes. Me recuerdan muchas cosas, años de aprendizaje en los que ni he aprendido a nadar, ni a correr, ni a ir en bici, pero en los que he aprendido a despegarme de la ansiedad.
Citaré a P. C., lo hago muchas veces porque es sabio, quien me enseñó a dejar espacio en la calle. Fue hace poco en realidad, y mi fama de tocapiés no ha desaparecido del todo, seguro, pero espero haberla atemperado como atemperé mi ansiedad. Y esa misma ansiedad, querer seguir la estela del nadador precedente, no perder sus pies, y no perder comba, jugaron en mi contra durante años. En las antiguas instalaciones de San Jerónimo me sentía cada vez más torpe, más tronco. El estrés de la piscina de veinticinco metros, los latigazos tras los virajes y esa costumbre inmemorial de darlo todo en el último largo de cualquier serie, me angustiaban. Y trasladé esa angustia a todo lo que venía después, la bicicleta y la carrera. Montaba en bici ya cansado, pues la ansiedad quema más que el esfuerzo, y eso provocaba un efecto de fichas de dominó de un segmento a otro. Natación angustiado, bicicleta bloqueado y carrera agotado.
P.C. un día me lo dijo, no quieras ir siempre a pies, déjate ir, son un par de segundos, vas a ir más cómodo y, además, a nadie le gusta que le estén tocando los pies continuamente. Lo interioricé e intento aplicarlo; es cierto que, a veces, toco algún pie, también tocan los míos, pero ya no es la costumbre. Y eso me quitó ansiedad, y eso me hizo sentirme como si nadara mejor. Será solo la impresión, pero nos mueve la cabeza, y la cabeza funciona mejor con confianza. A nadie le valdrá esta experiencia, pero habrá quien lea esto, suponiendo que alguien lo lea, y sienta que ha vivido algo parecido.
Es septiembre, M.C. nada delante de mí en el calentamiento. He dejado un espacio entre nosotros para hacerlo tranquilos, tomando conciencia de las brazadas, despertando el cuerpo. Un nadador que hoy está probando con nosotros quiere impresionarnos; de momento no es de los buenos, nada como M. C., como yo, como los de los lunes a las nueve, pero es joven y quiere destacar, es un motivado. A unos seis o siete metros del final de la calle, me adelanta y se coloca entre nosotros, ok, ¿quieres ir rápido?, pasa, sin problema. Se acerca el viraje y M.C. tiene la costumbre de hacerlo impulsándose en la zona opuesta de la calle para salir recto, por eso se desplaza un metro antes a esa zona, gira y sale. El nadador que no lo conoce ha querido adelantarlo por la izquierda, pero la maniobra de viraje de M.C. se lo ha impedido. Yo, al contrario, me impulso por la línea en la que nado y salgo en diagonal hacia la zona de retorno. Por eso, cuando el aspirante a león isbilyo sigue los pasos de M.C., y ya está sin fuelle, y con un poco de ansiedad, se encierra él mismo con su viraje. Yo, que vuelvo a salir delante de él, intuyo, porque verlo no puedo, una cara de fastidio. Y M.C. también ha debido notarlo, porque acelera, sin que se note mucho pero a un ritmo ya mucho más alegre. Y yo, que he olvidado la natación zen tras el viraje lo sigo. Atrás se queda el nadador con motivación extra. Que somos regulares, que somos mayores y que nos adelantarán, que es septiembre y estamos empezando, pero ¡por Dios, respetad nuestras canas!, ¡respetad nuestro calentamiento!
Tras los botes perdidos.
Tengo una obsesión y una manía, cuando pierdo algo debo encontrarlo o, como poco, saber cómo lo he perdido. No importa el valor intrínseco de lo que he perdido. Perder cualquier objeto es otra cosa, una circunstancia mental que me impide quedarme tranquilo, pensando en algo que no ha terminado y sin conocer por qué. Por eso, hasta que no acierto a saber dónde y cómo he perdido algo, no descansa mi mente y no salgo del bucle en el que entro. Esa obsesión llega a veces a buscar objetos perdidos que no son ni míos.
En agosto vi al gigantesco pelotón de la Vuelta hacer un recorrido que hacemos la mayoría de ciclistas que salimos desde Sevilla. Había gente esperando a verlos pasar, niños ilusionados esperando los botes que tiran los ciclistas y la ilusión de ver que las figuras hacen nuestro mismo recorrido. Que, la verdad, no sé por qué nos hace ilusión cuando ellos pasan a cincuenta kilómetros por hora, de paseo, y yo voy a veinte, y con la lengua fuera.
Cerca del matadero no había público; sin embargo, los ciclistas tiraron a una margen y otra de la Nacional la mayoría de sus botes y geles para aligerar peso. Botes perdidos en las cunetas, botes sin dueño, obsesión pura despertada en mí. Disfracé en cuanto pude de homenaje a la Vuelta una salida en bici en busca de botes. Samer y otros compañeros habían sufrido una caída el domingo de antes, así que decidí también incluirlos en el homenaje. Por supuesto, sin decírselo a nadie, que luego miran el Strava y se ríen, ¿qué homenaje es este con una media de 21,2 y sin medir los vatios normalizados?
Descubrí, entonces, muchas cosas: las cunetas están llenas de porquería, botellas, latas, restos de envases de hamburgueserías americanas, papeles, apuntes, preservativos… Así que, aunque con la obsesión latente, supe que mis escrúpulos me impedían buscar más, no sería capaz de recoger nada de allí. También descubrí que no valgo para empezar la salida en bici a buen ritmo, necesito un periodo de adaptación y calentamiento, que ya lo sabía, pero llevaba un año sin comprobarlo. Y, un poco más tarde, también descubrí una cosa más.
Desde el enlace de la carretera de La Algaba con la Nacional hasta Las Pajanosas el camino asemeja ser llano, y lo será para quienes las cuestas y las pendientes son las de otra escala. Para mí el camino es un sube y baja disfrazado de llano para rodadores, en el que, siempre, lo paso regular. Atento para que no se me escape el pelotón, o a hacer una buena media o a bajar las cuestas a buena velocidad, pero sin conseguir, las más de las veces, ni una cosa ni otra.
Así fue el día que salí a finales de agosto, con sufrimiento y con mucha agua en la vejiga, hice una parada de evacuación en el descansadero abandonado antes de enfilar el ascenso a Las Pajanosas. Mientras eliminaba el peso y la presión de mi orina, pasaron por la carretera una pareja de ciclistas y, a continuación, otro más, pasado de peso y cincuentón. Reflejado me vi. Cuando me reincorporé a la carretera apenas me sacaban doscientos metros el uno y trescientos la pareja. El arreón para alcanzarlos apenas duró cinco minutos, me pareció tarea imposible y que cada vez se distanciaban más. Aflojé, pensé en lo que me quedaba y seguí mi camino.
Al empezar la pendiente iba yo pensando en las clases de spinning, en esas en las que me han dicho que voy con otra velocidad, doblando el ritmo a otros. Como me dijeron en la Feria, llevando un compás de más. En esas me di cuenta de que había subido de piñón, había acelerado el ritmo y alcanzado al ciclista solitario que en el llano apretó para sacarme aún más tiempo. No solo no me costó un mayor esfuerzo adelantarlo, sino que al poco había cogido al dúo primero y me coloqué a su rueda. Así pasé Las Pajanosas, tras ellos. Y, de nuevo, tras el pueblo, en las primeras rampas alegres, subí el ritmo por inercia y me ví solo hasta la venta.
Aquí acababa mi homenaje, el descenso me llenaba de incertidumbre y de miedo. ¿Cómo atreverme a dedicarle algo a alguien, si me sudan las manos y me acongojan el traqueteo y los saltitos de la bici en los descensos? Y a un ralentí al que me había acostumbrado, frenando con excesiva prudencia, llegué al llano de regreso, a veinte kilómetros del coche. Pensando en llegar a Santiponce con desánimo, y lento. Pensando, incluso, en buscar algún bote perdido.
Pero llegó una campeona peruana, me saludó y me adelantó. No sé entonces qué pasó por mi cabeza, pero estaba ya a unos cincuenta metros de mí cuando decidí intentar coger su rueda. Me costó mucho, pero me enganché, para su sorpresa, y la mía, que fue mayor. Y fue generosa porque me llevó a una velocidad a la que no recuerdo haber ido muchas veces en llano.
Olvidé los botes, olvidé los miedos, olvidé hasta mi falta de calidad y ponerme de pie en algún repecho, como si fuera capaz de subir sentado, con plato grande y buen ritmo. Y recordé la sensación de lo bonito que es entrenar, de lo bonito que es hacer el camino, recorrerlo, y hacerlo dándolo todo, incluso lo que no se tiene; con un compás de más.
La espuma.
Pienso en lo que me dice mi amigo el bombero y triatleta de pro, "tú es que ves la espuma y no te puedes resistir, ahí vas por ella”. Y fue verdad, durante un tiempo fue una verdad absoluta. No quería que se me escaparan los pies de los que en la calle nadaban por delante de mí y me pegaba todo lo que podía. Además, no sabía a dónde mirar, ¿hacia abajo?, ¿hacia adelante?, ¿hacia abajo pero no muy abajo y un poco adelante?... El resultado era una continua tarjeta roja, una brazada, toco pies, acorto la brazada, miro hacia abajo, toco pies, me separo un poco pero viene el viraje me impulso más de la cuenta, toco pies. No era una cuestión solo de no saber nunca si estaba en mi sitio de la calle, había un trasfondo técnico sin resolver.
Imagino que sigo el mismo camino que muchos, leer, ver vídeos cortos, intentar mejorar la técnica; y funciona. ¡Un momento!, que funcione no significa que haya mejorado mi técnica. Lo que funciona es un fenómeno psicológico conocido: estudiar sobre alguna actividad física como correr, bailar o nadar; visualizarlo, tomar conciencia de movimientos técnicos, despierta en las personas confianza y les hace sentir que han mejorado en esa actividad; aunque la mejora sea marginal o inexistente. A mí me está pasando eso, veo vídeos cortos de Instagram, creo interiorizarlos y gano confianza. Estoy seguro de que es la confianza la que me hace mejorar un poquito, no en la técnica, sino en el resultado final, nadar con menor esfuerzo.
La espuma es la frontera, es el borde interestelar, la constelación que hemos de pasar para ver qué hay al otro lado. Somos exploradores, aventureros, así nos sentimos, así me siento. De ahí viene la llamada de la espuma, la pasión por alcanzarla, notar el cambio de densidad, el ligero burbujeo, la chispa y descubrir qué hay al otro lado. La mayoría de las veces tras la espuma está el vacío, la estela del nadador anterior. Otras, tras la espuma, unos pies. Por eso es difícil nadar tras la estela de la espuma, si se le da espacio, hay como una pared que nos frena; si se nada sobre ella, el agarre es un poco inconsistente y se tiende a resbalar, y a tocar pies incluso sin querer.
Desde hace un tiempo, cuando me encuentro en una situación de esas, suelo colocarme a un lado de los pies, casi siempre a la derecha. De esa manera evito la espuma, que también quita visión, no nado tras ninguna estela que facilite mi nado, y tengo una perspectiva mejor de lo que antecede. Es cierto que no somos máquinas y que si el que me precede zigzaguea cuesta un trabajo enorme no chocarse, pero es más evitable. Así también he visto que cada espuma es diferente, por malas o buenas batidas de piernas, por ritmos más o menos acelerados.
Un día de series de cincuenta metros me sentí mayor, mi pareja de calle tendría treinta años menos que yo y no quise dejarme vencer. La primera serie lo hizo, a mi mala salida se sumó una derrota mental desde antes de empezar, ¿qué puedo hacer contra este bicharraco?, pensaba. Y la vuelta la hice a pies de él. Y pensé en la espuma, en mi espuma, ¿cómo sería?. Así que, en las siguientes series, aguanté con fuerza de brazos y disminuyendo la respiración hasta la mitad, y, desde allí, batida de piernas y espuma fina hasta el final. Que fue cambiando la frecuencia y la fuerza de las piernas, sin saber si fue a cuatro, a seis u ocho batidas por brazada; que no sé si fue con un compás de menos o de más, pero sí que fue muy flamenco. Ni que decir tiene que acabé muerto, pero no perdí, porque no me importa que me ganen, pero me jode no pelear.
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He dejado un espacio mayor de lo habitual para salir detrás del nadador que me precede. Él ha pasado ya los banderines cuando me ajusto las gafas, inicio el conteo del reloj y me impulso con la pared. Intento las patadas de mariposa subacuáticas y me siento un patoso. Además, es difícil la técnica de salida, ¿cómo y cuándo hacer la primera brazada?. He salido como he podido, estoy nadando y voy tranquilo. Es mi intención, nadar tranquilo, usar como pueda mi técnica para ir a mi velocidad diésel y hacer estas series de cien de forma aeróbica. Hay espacio. Y, así es, nado, paso los veinticinco, noto una pequeña corriente y pienso que es de los que ya están en sentido contrario. Por si acaso, freno un poco. Empiezan a pasar los que van en sentido contrario, se acerca el viraje y veo que me he acercado mucho al nadador anterior. Frena, pienso, frena. Tras el viraje, el impulso me ha llevado a los pies del compañero. Aerobico, diésel, espacio me digo, pero, entonces, la espuma. ¡Ay, Dios, la espuma! ¡La llamada de la espuma!