lunes, 28 de septiembre de 2015

FINAL DE TEMPORADA.

Por lo pronto siempre hay más de una manera de entender y de explicar la realidad, una es lo que es, que nadie sabe lo que es, y otra es lo que nosotros percibimos, lo que contamos. Por eso estas crónicas siempre hablan de forma subjetiva de lo que ha ocurrido, pasan por un tamiz personal y llegan a quien tiene a bien leerlas filtradas por su propia experiencia, su percepción y lo que quiere encontrar. No son, a menos que ese día sople el mistral de lado, una narración lineal y subjetiva. Tampoco serán, a menos que entonces sople la tramontana por detrás, la crónica de todos, puesto que no conozco a todos; pero sí que procuro que aparezcan aquí los compañeros del club que, en determinado momento, encuentro a mi lado. Y los amigos, que siendo sincero, empieza a haberlos. Y buenos.

Por eso hay días que me imagino al míster saturado; llegando a casa cansado y comenzando a leer mensajes de whatsapp, de facebook, de twitter... Y, entonces, le llega el trabajo; a ver qué le pongo hoy a este pesado; que sí que la talla del traje la has pedido pequeña, pero tú no sabías que no podías adelgazar siete kilos en dos semanas; bueno, tío, has corrido a cuatro minutos el kilómetro, sí han sido ochocientos metros, sigue así y pronto llegas al kilómetro a tres cincuenta y nueve; hombre, qué bien, corriste la popular de tu barrio, la nocturna del pueblo que se hace a las cinco de la tarde porque no hay alumbrado público; ahora me tocan ochenta megusta de fb, coño, otra vez le he dado al me gusta del vídeo de las universitarias orgiásticas, si por lo menos lo viera. Es eso, un pelotón entero pidiendo consejo, bramando sus éxitos personales, llevando a un equipo de competición con sus dudas, sus problemas, su logística. Esa es una versión de la historia, la del cansancio.

Otra versión de los hechos muestra una realidad un poco diferente. El trabajo con la élite es difícil y satisfactorio: el equipo masculino va solo, el femenino se sale, solo hay que acomodar programas, competiciones, patrocinios, desplazamientos; pero al final del verano se ha conseguido un objetivo, uno de los grandes, colocar al club en la órbita nacional. Desde mi perspectiva de espectador privilegiado, veo algo más, algún salto a otra esfera, y ahí está Rocío, y ahí está Igor. Es complicado, pero la madera, la genética y el sacrificio, están; si la corriente del destino ayuda, algo llegará. ¿Y el trabajo con los populares? En la anterior versión dijimos que es una tarea más, cansada; veamos aquí que esta tarea da alguna que otra satisfacción. Imagine que usted tiene un sueño, y que lo cumple; imaginemos que es algo parecido a tener un hijo, con días buenos y malos, con tareas y deberes, con obligaciones, con disgustos, algo que le quita el sueño; pero, imagine, solo imagine, que es el día de la función final de curso, que reparten las notas y que hay una representación de ballet en la que participa su hija; yo estaría muerto de miedo, pues cada padre sabe en dónde estan las debilidades y las fortalezas de sus hijos; sepa ahora que las notas han sido buenas, que el esfuerzo de su hija ha dado resultado; mire a su hija, no solo está guapísima con ese peinado hacia atrás, sino vea que cuando baila está disfrutando y que tiene cierta gracia y que lo transmite, ¿no lloraría usted aunque fuera un poquito? No sé yo lo que haría, pero el orgullo me rebosaría. A tanto no llegará nuestro amigo Samer, pero algo de orgullo debe haber; y, si me apuran, alguna lágrima jordana llevará el nombre de Isbilya.

Se ha mencionado un ballet. Hablemos de algunos de los que intervienen en la coreografía. De los montes asturianos de Diego, de las esfuerzos titánicos de Ángel, de la fuerza de Andrés, de la impresionante puesta a punto de Lolo y Adri, del cambio de chásis de Bermu y Antonio Salar, de la confirmación de esos chavales que son José López y José Luis, de la progresión constante de Luis y de Álvaro, de la gracia de Josemi y de Fran Calderón, de la ilusión de Niño Niño y de la fama de Julio, del regreso de Alberto, de la forma en la que Juan Garrido se ha afinado y ha dado un golpe de mano, de Botello, Manolo, el croata que empieza a rascar podiums, de la legión de corredores y triatletas que copan las inscripciones, las clasificaciones, los parques y se hacen series peleando con las señoras que dicen que por poco las tiran y que el parque es de todos.

Así ha sido este verano, lleno de cambios, de entradas y de salidas, que se iniciaron cuando Javi marchó a Berlín, que se acaban cuando Juampi ha dado el salto a Madrid. Así ha sido este verano que empezó un día en un calentamiento con Igor disputándole la llegada a Samer y este corriendo y mirando hacia atrás como si estuviera ensayando para los sanfermines, y diciéndome que yo siempre calentaba el calentamiento. Luego vinieron Escocia, la tierra de William Wallace, la crónica que espera en la que se cuenta el maratón de Durban, la playa por la que corrían los carros de fuego, las carreras por el Caledonian Canal y hacia el Loch Ness, las carreteras sin arcén por las que podríamos hacer alguna salida si nos llamáramos ICH-BILGH-YAHH. Una crónica que pensaba en inglés pero que, por ahora, reposa por ahí.

Cada vez es más fácil quedarse sin dorsal para las pruebas, y adquirir los dorsales sin oportunidad de usarlos, pero doy por buena mi temporada; acabé el sábado en Córdoba, nadando en mi río, cumpliendo un pequeño sueño. Fue una prueba en la que el tono era popular, en la que competíamos los fuera de forma, pero en la que, al final, siempre hay codazos en el agua, pelotones en la bici, dificultades en las transiciones y ahogo en la carrera. Pero disfruté. Y eso que el día de antes había hecho la nocturna, una tradición en la que llevo casi veinte años arrastrándome, con dos versiones, pre y post extracción del menisco; y con una ilusión, un año antes había estrenado colores del club en esta carrera, un mono de los antiguos, y este año quería ratificar que me siento del club. Y, ¡milagro!, llegué a la foto.

Si miro atrás no sé si ha habido progresión, si han mejorado los tiempos, si ha habido cambios en el estilo. Solo sé una cosa, ha habido un aumento de la fortaleza, no de la corporal sino de la mental. No se nota, no se ve, pero como Lola Flores, ahí está. Queda mucho por hacer, mucho por unir, para eso estoy en el club. En este año ha habido momentos de los que no se olvidan. Quarteira, la San Silvestre, Posadas y el olímpico de septiembre están ahí.

Corría, corría, con los riñones haciendo cosas raras, con unas ganas tremendas de orinar, con mi vejiga cerrada; estaba preocupado. En el circuito paralelo al río me cruzaba de vez en cuando con algún compañero, ellos corrían, yo me desplazaba. Mis piernas llenas de sangre tras la bici se doblaban menos de lo poco que ya de por sí se doblan en la carrera. Pero seguía, para cruzarme con alguien, para sentir la competición, para seguir a Guille y admirar su esfuerzo frente al dolor, para ver correr a Juanito, marchando como una liebre, como si antes no hubiera habido nada. Pero solo yo sé la alegría que fue encontrar a Juan Garrido poco antes de la meta, con ilusión, con ánimo, haciéndote sentir que has hecho algo grande. Se merece Juan un capítulo aparte; pocas personas, no solo de este club, he visto tan educadas, tan buenas personas como él. Como deportista es grande; ha evolucionado en todo, pero en natación se sale. Y es que, podéis hacer la prueba, poneros a su lado y hacer lo mismo que él, lo hará de forma más elegante y mejor que vosotros; y sin decir nada. Solo sé que verlo en la meta, animando, me hizo pensar en que hay un mundo alrededor del nuestro, quizás, un mundo real de trabajo, de salarios, del día a día; pero que este mundo, el nuestro, el pequeño, el que se monta en cada entrenamiento, en cada prueba, es un mundo que merece la pena conocer y sentir.

Hace una semana me sentí como si hubiera corrido por las dunas. En algún lugar de mi mente, por ahí, anda mi intención de cruzar a nado la desembocadura del Guadalquivir; es un reto que asumiré  el día que corresponda. Diego, el fisio, el que siempre tiene una broma cargada, oculta algo. Yo lo voy vislumbrando. Y no piensen ustedes mal, lo que oculta no tiene ni forma, ni peso, ni materia, es pura energía. Algo que viene de eso que llamaban éter, de la materia dividida, de la energía transformada. Si le hubieran dolido el hombro, o la cabeza, a lo mejor, se habría callado, y aguantado en la bici, en el agua, en la arena de Tartessos. Si hubiera estado cansado, a lo mejor, no lo habría contado; tampoco habría contado que alguna carrera es como una procesión, un momento íntimo de recato, de vivencia interior, de recuerdos y de nada. Como un pequeño nirvana, un instante, acaso un segundo, en el que se sienten el vacío y el infinito del alma, en el que el dolor y el cansancio nos llevan a olvidarnos de la existencia y vemos tan solo la meta, el objetivo y el viaje. Diego lo oculta, pero, a pesar, de su socarronería, ahí están las dunas infinitas del recuerdo y el mar de la infancia.

Ha acabado el verano. La temporada va a acabar. En unos día volveremos a las andadas. A que Samer me diga, ya estás "heating the heating".

Heating the heating. 










lunes, 14 de septiembre de 2015

SOBRE RUEDAS.

En los anales (*) de la traición deportiva queda el 8 de octubre de 1995. Aquel día España consiguió su primer Mundial en ruta de ciclismo, mas lo hizo con el actor secundario, el lugarteniente que desobedeció las órdenes de equipo y atacó a Induráin. Se dice que fue una táctica preparada, el plan alternativo, mas yo sé, y tú lo sabes, que no fue así. Olano robó la gloria al campeón bajo la lluvia de Cali y con una rueda pinchada.

Años después, frente a una mujer muy, demasiado, reivindicativa, el Chava Jiménez volteó la Vuelta en una ascensión, y solo la honradez de Unzué y la fatalidad del abulense le entregaron a Olano su Vuelta. Esa vez no hubo justicia poética, casi nunca la hay, y no pudimos entonar el mantra de Phoebe Buffay: "has probado de tu propia medicina y cuán amarga es".

Nuestro amigo Diego Andrade ayer hizo de todos los ciclistas y deportistas que nos emocionan. A todos nos encanta ver la fluidez, la magnificencia de las brazadas y de las pedaladas de los grandes, la velocidad de la carrera, la elegancia y la naturalidad con la que los campeones se desplazan. Pero en lo que nos hace amar el deporte hay algo que se refiere a la superación y a la épica. Nos sentimos grandes cuando corremos bajo la lluvia, la nieve, el frío intenso o la niebla por barrizales extremos, por eriales. Simpatizamos con los pequeños cuando los grandes caen ante los pequeños; simpatizamos con los grandes cuando los grandes se levantan y entonces los sentimos más grandes. Nos ha pasado con Contador, con Froome, incluso con Nadal. Diego ayer se ganó el respeto de todos nosotros, cayó y se levantó, quizás para no decepcionar a su hija, quizás para no decepcionarse él y tener fuerzas para cruzar la meta con ella. Lo sensato habría sido retirarse antes de la meta, curar las heridas, resolver los asuntos médicos. Pero no, Diego ayer se doctoró, como un campeón.

Aru ganó el sábado esta Vuelta. Lo hizo como se hacía antes, liderando un equipo, hablando con ellos, pidiéndoles un último esfuerzo, agónico, que él ya daría el definitivo. Y así fue, su equipo se fundió con la carretera, atacó como un tren y como una pequeña nave nodriza fue dejando atrás a ciclistas que recogían a Aru para impulsarlo hacia adelante. Como se sabe, Aru remató. Cuentan las crónicas que alguien que me recuerda un poco a Aru, hizo algo parecido en el Levante español. También fue el sábado y se trajo un ascenso, el de nuestro club. Gracias a ese esfuerzo de todos daba gusto el domingo ir por ahí, la gente va conociendo este club, el Isbilya, y pensando que unos de nosotros ganaría. No se equivocaban. Por si alguien no sabe de lo que hablo, Aru me recuerda un poco a Samer, nuestro club venció en Águilas, de donde era Paco Rabal, y el equipo, en todas sus categorías, estuvo soberbio. Como ayer en el triatlón del puerto de Sevilla, sin Samer, pero con Alberto, Manolo Botello, Curro, Corpas, Julián y Diego, Robles... La tesis es cierta, hay una guardia isbiliya, con varios cuerpos de ejército.

Aun sigo sin saber si vencí yo al olímpico o él a mí. Solo las fotos que he visto de mi prueba me han bajado la euforia. Si os digo la verdad, creí correr, pero me veo andando en ellas. Y ni tan siquiera muy rápido. Mi marca final demuestra que habría mucho que mejorar, lo que no sé es si tengo dentro de mí esa mejora, pero, todavía eso no me preocupa, ya llegará mañana. Algo sí aprendí en el anterior, check list, calentamiento, material, horarios y repuestos; comida y agua. Eso y que venía a disfrutar.

Por primera vez me sentí cómodo en el agua, la marca fue la prevista, no me desvié demasiado y no fui asfixiado. Pero la bici y las transiciones, en especial la T1, se han convertido en una cruz, primero porque no encontraba ayer el desarrollo que me venía bien, segundo porque, cuando lo encontré tras un isbiliyo que me enganchó a su rueda, cuyo nombre completaré una vez que lo identifique, entonces, segunda vuelta, pinché la rueda delantera. Como había sido muy precavido, saqué el spray sellador e inflé la rueda. A seguir, ya mucho mejor, sin atrancarme como al principio y sin contar con que la presión que el bote dejó en la rueda era mínima. La tercera vuelta fue, en su mayoría, una lucha dialéctica. Entre el coste monetario que supondría reponer la rueda delantera, pues pegué un llantazo en el paso subterráneo y volví a pinchar, y el coste moral del abandono; entre si sería capaz de dar una vuelta más o me metería en boxes pasase lo que pasase. De ese marasmo hegeliano me salvó un espectador con bici al que rogué una cámara y que monté como pude, y que inflé, con una bombita, con la presión que les queda a los globos de una fiesta de cumpleaños al día siguiente.

Algo de bilbaíno debo tener, pues, a pesar de tener roto ya cualquier ritmo, a pesar de ir rodando con un ancho de rueda doble al que llevo, ¡así se hundía la de delante!, decidí acabar. Con cuarenta minutos en bici más que el resto por lo menos, pero sin vergüenza alguna. Y mereció la pena aunque fuera por ver correr a la gente en ese circuito anular, por verlo, de repente, lleno de gente. Por cruzar la meta. Por no quebrarme ante determinadas adversidades. Por muchas razones.

No hay nada bueno en pinchar, lo digo; ya había aprendido a cambiar la cámara, no me hacen falta más problemas externos que yo tengo ya los míos, no me sirvió de acicate para crecerme, ¡qué va!. Todo eso me puede pasar, pero que me pase otro día. Y encima ahora le doy un carácter un poco más épico, porque sé lo que se sufre, a la victoria de Olano, como si lo perdonara un poco. Y eso no puede ser.

Acabamos, los que pudimos y tuvimos suerte, acabamos. Con cansancio, dolor, heridas y épica. Con pundonor. Como si fuéramos unos inconscientes, unos descerebrados o unos masocas. O como isbilyos, inconscientes, masocas, descerebrados y preparando la siguiente. 


(*) Bonita palabra que merece tenerse en cuenta en todos sus sentidos

miércoles, 9 de septiembre de 2015

LA GUARDIA ISBILIYA.

Luis Saldaña es un teórico. Para muchas personas eso significa un tipo aburrido y pesado. Para mí quiere decir que es un estudioso y sabe mucho, mejor dicho, casi todo. Sobre qué cambio es el mejor, o la zapatilla, o el músculo que te debe impulsar, sobre interpretar gráficos incomprensibles sobre la pedalada, o sobre la creatinina, el gel o la alimentación antes y durante una prueba. Cumplió años hace unos días y lo celebró como hace alguien metido en su papel, de forma alegre y frugal. Ese tipo de cuestiones, el estudio, el sacrificio y la excelencia, son el día a día de mis compañeros de club. Se afinan y se preparan, afilan el cuchillo y lo muestran. Incluso, como en su caso, se han recuperado de una intervención quirúrgica y, aplicando eso que no sé dónde se aprende, van como un tiro.

A su lado, al lado de muchos, veo que mi aprendizaje es como el de un niño, a base de ensayo y error; sobre todo eso, de mucho error. No creo que ni tan siquiera pudiera considerarse intutitiva mi forma de hacer las cosas; hay algo de caótico, y algo de orden, algo de aprendizaje, algo de experiencia y de serenidad y algo de nervios; contradicciones puras, de las que es testigo casi siempre el amigo Juan Pablo, y que me saca de más de un apuro. Porque se ha convertido casi en una costumbre empezar un triatlón contrastando su sonriente tranquilidad con mi rictus de apuro. Y sé que eso lo dan el carácter, pero también la preparación, que es la que da la confianza y la que muestra la buena cara de cada uno.

En la brumosa, extraña, mañana de agosto que apareció el día veintitrés, siento algo raro. Alguno dirá que no es que la cosa fuera rara, sino incómoda, pues un mono de triatlón del revés no deja de ser, digámoslo, incómodo, raro y molesto. Pero no es eso solo. Sino la sensación de estar de vuelta en casa, allí, sobre el adarve de la presa, entre la niebla, en formación delante de las bicis, como si fuéramos a la batalla. Esa sensación, la de estar acompañado de un cuerpo de ejército, es la que me hace olvidarme de mi vergüenza, y de mis vergüenzas, a la hora de desnudarme frente al resto de triatletas. Porque han formado un círculo en cuyo interior me veo menos desprotegido. Y me tapan la vergüenza, y las vergüenzas.

Será un rato más tarde en el que se me ocurra que he sido arropado por un grupo que bien podría ser la guardia isbiliya, gente con mucha personalidad, mucho talento y experiencia; gente a la que me uní hace un año y con la que me siento a gusto. Compartiendo algo que sin darte cuenta ocupa todo tu tiempo, tus pensamientos. Porque estoy seguro que más de uno haciendo cualquier cosa que no tenga nada que ver con el triatlón, en cualquier lugar fuera de nuestro hábitat, se ha abstraído y se ha imaginado qué sitio tan bueno para hacer una ruta en bici, o qué aguas tan buenas para probar el neopreno o si se pudiera organizar aquí un triatlón estaría "tó wapo". (1) Y en ese momento te das cuenta de que te ha atrapado esta historia, de que quizás no seas bueno, ni siquiera el mejor de tu urbanización, ni de tu bloque, si me apuras, ni de tu planta, y que crees que lo dominas, que lo puedes dejar cuando quieras, pero estás enganchado. 

Y la hipótesis propuesta y la tesis formulada acaban en proposición, hay una guardia isbiliya, una vieja guardia isbiliya, de gente que nos conocemos por los nombres, ¿verdad, Juampi?, que nos aceptamos, que hasta nos llevamos bien. Y es así, pues en el pantano de La Breña, entre más de un centenar de gorros en el agua, como yemas de espárrago, nos reconocemos, nos juntamos, nos reímos antes del inicio y nos acordamos de los ancestros de la juez que da la salida con gente por delante de la línea que la marca. 

El resultado de la carrera ni da igual, ni es lo menos importante, ni se debe obviar; lo que ocurre es que ya ha sido contado en varias ocasiones. Lo que no he contado, no sé si lo habrán hecho otros, es que fue un día lleno de intrahistorias, por darle otro nombre a las anécdotas. En el que Juan y Rafa, guardias también de pro, desayunaron un gel; en el que se cantó el cumpleaños feliz en honor a Samer, que me perdí por llegar el último; en el que me recogió un autocaravanista bondadoso y me evitó la subida al pantano; en el que, por primera vez, vi al campeón pillado, pensando en qué había ocurrido, dándole vueltas a la cabeza e intentando cambiar de tercio, aunque fuera la elección de coche, para digerir, asimilar y corregir. 

Tampoco lo he contado, pero allí en La Breña, a treinta kilómetros de mi casa, viví gran parte de los fines de semana de mi infancia. Antes de que se construyera la actual presa sobre la antigua, en la época en la que los pantalones de campana se pasaron de moda por primera vez, íbamos, de forma más que regular, desde la mañana del sábado al domingo después del arroz, el cola-cao y los dulces a pasar allí nuestro tiempo. Fue en ese lugar en el que corrí por primera vez, entendiendo correr como un ejercicio en sí mismo; en el que descubrí  cómo defender en baloncesto; en el que aprendí el poco equilibrio que tengo sobre la bici tirándome cuesta abajo hasta la zona de las zarzas; en el que remábamos hasta la isla y nos tirábamos al agua para tocar la cruz de la torre de la iglesia sumergida... Esto es un ejercicio de nostalgia, es posible, pero debo hacerlo, si no, no podría considerarme honesto ni conmigo, ni con los que ya no están, María, Paco, Manrique, Luciano...

Luciano habría sido un gran isbiliyo. Hace años cuando nadie lo era, él era hipster. Tenía barba y perro, vivía con su pareja, como solía decirse, amancebado, hacía helados y corría. Fue la primera persona que conocí que hubiera corrido veinte kilómetros, o más. Él se fue, pero si me admiten en la guardia isbiliya, que se sepa que una parte, de esas que están enroscadas por ahí dentro de uno, es de él. 











(1) Concesión lingüística a la hornada que mira como una palabra viejuna el vocablo guay.

lunes, 29 de junio de 2015

VERANO EN MORDOR.

[Pensando en todos los que por motivos de trabajo han dejado su casa]

Hace un tiempo escribí una historia llamada "Un año con dos inviernos". Unos amigos, una familia completa, había emigrado a Sudáfrica; este país nuestro exportaba talentos en la época en la que más falta le hacían. Así las personas en las que, durante años, se había invertido, a las que se había formado y que habían crecido en su país, debían marchar al extranjero para tener futuro. Aquel año,  el primer día de verano, al acabar el curso, justo al día siguiente de la fiesta final, sus padres cogieron de la mano a Julio y lo llevaron a aquel país, a quince mil kilómetros de sus amigos, a vivir un nuevo invierno. 

Aquella historia me salió tan triste que la borré. Pero debería haberla borrado mejor, porque de su poso me queda aun algo por dentro.

Se cuenta que en los días de verano también los orcos, en especial los uruk-hai, acostumbraban a hacer alguna correría por la zona más inhóspita de Ithilien, en la frontera con Mordor. Quizás por eso, por su caracter de frontera me costó tanto alcanzar La Gravera, y quizás por eso, ayer cuando en bici transitaba y sudaba bajo ese ojo de Sauron que llaman sol, recordaba lo hecho el domingo anterior. Equipos uniformados, cierta desorganización controlada hasta el descontrol de "todos al agua y a correr" y una laguna con un penetrante olor a cieno. En eso iba pensando, en los alacranes taladrándonos el pescuezo mientras corríamos, en el ahogo de la primera rampa, por pequeña que fuera, en que algunos somos como croquetas en esto de la natación y la carrera. Pero no tuve tiempo para pensar en lo mal que estoy nadando, a pesar de entrenar como todo triatleta que se precie, por unos días en solitario. La cabeza se me fue pensando, agradecido, que hay personas que tienen imaginación y que organizan cosas como esta. Sí, y en que nos divertimos como orcos, pasándolo mal, nos divertimos.

Y sí, la bici en solitario da para pensar cuando se pasa por algún llano, da para pensar en que hay muchos mundos a la vez en este mundo, que mientras otras personas encuentran emoción en el ocio total, otros no comprendemos el ocio total sin cansarnos aun más, en tirarnos a una antigua cantera con estanque y correr o cabalgar bajo el sol. Quizás ese sea el verano de Mordor.

Y sí, la bici me recuerda el domingo anterior cuando de repente, entre junco y junco, el sol se escondió. Todo se volvió oscuro, como una tarde de invierno, y llovió. Fue más tarde, pero llovió en el primer día de este verano. Y fue como en el año con dos inviernos. Oscuro día para pensar en que hay otros mundos, como ese en que un talento debe marcharse a Berlín para tener futuro. 

Horas más tarde se abrieron las nubes y volvió el calor, y el verano entró con fuerza. Me gustó. Pensé en la luz, en que quizás haya otros mundos en los que los orcos puedan seguir jugando en esa piscina cenagosa, en los que quizás Javi vuelva y lo organice, en los que él decida, y no las circunstancias, dónde quiere tener su futuro, su vida. 

Buena suerte, elfo viruta.

lunes, 11 de mayo de 2015

VA POR TI, COMPAÑERO.

Las cosas pueden cambiar de un momento a otro. Y no es cuestión de lamentarse, ni de flagelarse, ni de convertir cada carrera en una espinosa procesión. Es necesario, obligatorio, disfrutar con lo que cada fin de semana podamos hacer.

Hace unos días, unos cuantos diría yo, hubo una competición en Soria. Allí estaba el Isbilya, compitiendo, dejando el pabellón altísimo. Antes lo había hecho en Quarteira, en la ronda de duatlones de Andalucía, en alguna carrera; después ha sido en Sevilla en las populares, en Cádiz; y será en muchos sitios, pues hay una calidad innata en quienes compiten y marcan ese peldaño alto al que todos queremos subirnos. 

Ayer, bajo un sol de justicia y un aroma de pólenes mortal, corrimos algunos y fuimos detrás de los impresionantes Juan, Miguel Ángel y Corpas. Otros habían estado en la costa portuguesa de nuevo, como si quisieran que no pasara mes sin reivindicar este país, y dos fueras de serie, Samer y Rocío, habían sentado cátedra junto a la ladera donde murió Durruti. Y viene a cuento este anarquista, no se vaya a creer el lector que es cosa de traer a los ídolos sin ton ni son, porque fue lider. Y lo hizo con trabajo, con fe en una creencia, por convertir su vida en un ejemplo, con, la tan traída siempre, pasión. Esto me recuerda a alguien, ¿verdad, jefe?

Ayer, bajo un sol de justicia y un aroma de pólenes mortal, mientras corríamos, algunos sentimos una extraña náusea, la del kilómetro seis. Y allí estuvimos a punto de decir adiós, Jesús continuó con vergüenza torera e hizo un tiempo fuera de serie, otros seguimos solo con vergüenza, pero seguimos. Y acabamos, si fuera posible decepcionados con la marca, si fuera posible, a la vez, valorando que es necesario, obligatorio, disfrutar con lo que cada fin de semana hacemos.

Se afronta la semana antes de una gran cita, hay nervios, mucha gente con la puntería muy afinada, mucho valor, mucho entrenamiento. Se afronta una semana en la que aparece de repente la logística, cómo ir, cómo volver, cómo llegar.  Y ahí está Adri, en todas las soluciones aparece él.

Rememoremos. Carreras, duatlones, triatlones, salidas en bici, viajes a Soria, a Portugal, a Cádiz; miremos las fotos, ahí está él. Y si buscamos lo que hace a los campeones, poner pasión, entrenar, no desfallecer, estar ilusionado, arropar a los compañeros, no dejar a nadie solo, ahí está él. 

Pasará el tiempo, mucho, y esta idea, este club, será un buen recuerdo. Cuando no den más de sí nuestras piernas y nuestro corazón  recordaremos muchas cosas. Imagino que las series matadoras, las salidas en bici emulando a las clásicas, los golpes en la piscina, las campeonas, que convivimos con algún olímpico, o alguna olímpica, los viajes que nos quedan... Y a Adri.   Eso es seguro.

Las cosas pueden cambiar de un momento a otro. Y no es cuestión de dejarlo pasar.

¡Va por ti, compañero!

¡Adri, go, go, go!




lunes, 4 de mayo de 2015

REFLEXIONES.

Este puente me deja en la cabeza algunas  reflexiones, de todo tipo y de toda índole. No son muchas, pues como dije el otro día a un amigo, ni con oxígeno, ni sin oxígeno, pensar me cuesta. Y lo que sí puede que haga sea adornar las pocas ideas que tengo; pues si  me llamaron el otro día el filósofo, será más por darles coba a las ideas que por generarlas.

El jueves me invitaron a  un curso para aprender a escribir, para que mis escritos tengan una mayor repercusión en las redes sociales o en los medios; al fin y al cabo para alcanzar mayor notoriedad y difusión. Me gustó la idea, primero porque quien me invitó ha debido notar mi afición a escribir, ¿tanto se me nota?, y segundo porque jamás he seguido curso alguno sobre esto. Muchas veces he pensado en qué hace un ingeniero mediocre escribiendo, redactando, atreviéndose con poemas y demás; y me encuentro fuera de lugar. Pero eso me pasa con casi todo, me siento muchas veces como un francotirador. Ya sea en el deporte, en la escritura, en la cocina, en el trabajo o en la feria. Por tanto, hay algo en mí que se somete siempre a un examen, que piensa que hay que superar una prueba, estar preparándose siempre. Me gustó la idea, haré el curso en otro momento. Aunque mi objetivo no es alcanzar a un público más amplio, sino hacerlo mejor, para mí y para las personas que tienen a bien usar un poco de su tiempo para leerme.

De esta idea salto a otra, de la forma en la que entiendo la escritura entiendo también el deporte. Ayer aconsejaron a un compañero hacer del triatlon una forma de vida, comprometerse, así conseguiría los objetivos. Yo no he hecho esto, ni sé si puedo, o quiero. La vida se compone de muchas cosas, y existen asuntos que están por encima de la práctica deportiva. Sé que es repetitivo, pero no hago triatlon para conseguir marcas o puestos, aunque claro que quiero hacerlo mejor, tardar menos, sentirme más rápido. Hago triatlon para  sentirme bien. Según mi mujer estoy obsesionado y es porque si voy a la playa me llevo el neopreno y nado, si voy a la sierra lo mismo con la bici o si cogemos un hotel o hacemos un viaje por ahí, de forma disimulada siempre van en la maleta las zapatillas, el bañador o ambos. Mi forma de comprometerme ha sido incorporar el triatlon a mi vida, intentando, con pequeños roces que a veces causan heridas, que no sea un lastre para todo lo demás. Que nadie entienda que desdeño a quienes han tomado otros caminos, no, incluso me parecen mejores que el mío. Pero a mí esto ya me ha pillado con la vida hecha, y no es cuestión de deshacerla. Me basta con hacerle unos huequecitos.

He mencionado el neopreno. Descubrí que en este deporte lo que se necesita, se necesita. Es verdad que el otro día nadé solo con bañador y gafas. Me habría venido bien llevar un gorro, eso es seguro. ¿Y qué contar si hubiera tenido el traje de neopreno? Se frivoliza con determinadas cosas: el neopreno, las zapatillas, la bici, los masajes, los calcetines o los acoples. Sin tener la disposición desaforada de los runners de nuevo cuño, todo lo que he contado es necesario para realizar este deporte con garantías para la salud. Es posible que no sea necesario, posible no, seguro, irse a los elementos más altos de cada gama, ni invertir una millonada en cada bici, ni llevar la última moda en pantalones. Pero protegerse de cara a golpes de calor, de frío, caídas, lesiones del pie, de los isquios, las caderas, la piel o los ojos no es de ser más o menos duro, es solo de ser sensatos.

El filósofo. A Valdano, el entrenador, lo llamaban así. Y este contaba cuando un delantero o un equipo justificaban una mala racha goleadora en la mala suerte, que la mala suerte, la falta de puntería se contrarrestaban con trabajo, con entrenar más y mejor, con estar concentrado. Yo cometo muchos despistes, y eso tiene un nombre y no es mala suerte, es falta de concentración. Si analizo tan solo el viernes puedo darme cuenta de que los errores cometidos al inflar las ruedas, dejar el freno abierto, dar por sentado que iba con el plato grande son faltas de concentración. Y no hay excusas, yo sé que hay una motivación derivada de mis prisas por llegar a la hora, por la idea de estar a la altura, pero hay más culpa en no descansar lo suficiente, en no dormir las horas necesarias que en lo demás.

Y la última cuestión tiene que ver con la idea de puente. Que habrá sido para muchos, pero no para nosotros. Inma tiene un trabajo y un turno puñeteros, y eso condiciona muchas cosas: la disponibilidad, la posibilidad de estar en determinados lugares o días, la forma de entender el ocio y el descanso… Es verdad. Por contra, salirse de los parámetros y los horarios habituales nos ha dado también muchas oportunidades de disfrutar de determinadas cosas a deshora, sin gente, sin agobios. Esta forma de vivir el trabajo es vocacional, requiere de disposición, de ánimo, de sacrificio, de fuerza, de ganas de que los que lo necesitan estén cuidados. Yo vivo con una atleta de élite, quizás no nada, pero corre como nadie para atender una urgencia, para suturar una herida, para cuidarnos también a nosotros cuando lo necesitamos. Ella a lo mejor no lo sabe, pero la admiro. Porque un triatlon o un maratón no son nada comparados con las noches en vela pendientes de la salud de los demás. Y esto no es retórica, es una simple verdad.

POPULARES. ESTADÍSTICAS.

Al fondo hay unas piedras, unas rocas enormes que cortan el paso por la playa. El sol aprieta, no es natural pues ha amanecido hace menos de una hora, pero voy sudando como nunca. El corredor que llevo delante aprieta y esquiva las rocas. Lo sigo, pretendo cogerlo, parece oirme, aprieta, endurece el ritmo. Él esquiva las rocas, unos segundos más tarde yo no quiero esquivarlas, quiero adelantar y las piso, mis pies no pisan sobre firme sino sobre una amalgama de algas que alfombra la playa. Y como la superficie de estas algas se hunde el corredor de delante, se desfonda, lo adelanto y lo dejo.Veo como él se queda en la primera escalera. A mí me quedan unos seis kilómetros.Voy bien.

Este episodio me traslada a la última carrera que hice, la popular de Nervión. Aquel día se me ocurrió escribir una entrada que se llamaría Estadísticas. Quería contar cómo cada vez es más difícil seguir el ritmo de competición del club, se diversifica, la gente se va a Soria y vence, o va a un duatlon a Tomares o a La Algaba, o corre en Marbella, o en Cádiz o en un lago de Portugal. Sí, quería contar que somos muchos, y que cada fin de semana hay algo. Además algo importante. Y que ni tan siquiera las Estadísticas, los primeros lugares, los subcampeonatos, los podiums, pueden reflejar lo que hay detrás. Que quedan las marcas, los puestos, la rabia por haber pinchado dos segundos en una transición, por entrar en los grupos de edad y no en la éllite, por no bajar de los cuarenta minutos, por no ir a 3:15 el kilómetro… pero que una estadística por sí sola no refleja lo que hay, el trabajo de  detrás, la falta de aliento en la carrera, el dolor de las caídas, la insatisfacción cuando las cosas no salen bien. Esa entrada queda atrás.

Lo que me ha hecho recordar ese día es la forma en la que se desfonda ese corredor. Y recuerdo que Estadísticas se llamaba la otra entrada, la que no escribí, porque pensaba en una frase: Las estadísticas dirán que terminé la carrera en 46 o 48 minutos, mi reloj dirá que en 42:34 y también mi corazón. Y todo es porque al igual que hoy, un corredor iba por encima de sus posibilidades, yo lo veía, una edad parecida a la mía, mayor volumen que yo, camiseta holgada, gafas graduadas aseguradas con una cinta. Y una cara de esfuerzo que lo dice todo. Se ha tambaleado varias veces, pero al marchar por la trasera del polideportivo de San Pablo, hace algo extraño y cae delante de mí. No es un tropiezo sino un desfallecimiento, o algo peor. Las asistencias tardan un mundo en llegar, primero viene alguien en bici, luego otro andando, al final la ambulancia. Todos me preguntan a mí cómo se llama el corredor y yo no sé contestar, no lo conozco, tan solo ha caído delante de mí y yo me he parado. No lleva dorsal y se me ocurre que vive por aquí y se ha querido marcar un tanto en su barrio, presumir ante sus amigos o su familia; es una elucubración, puede ser que esté en la crisis de los cuarenta y que sea una forma de demostrarse algo. No lo sé, no lo reflejarán las estadísticas, ni las noticias. No volveré a saber de él. Cuando se marcha la ambulancia salgo en pos de la meta. Quizás haya hecho mejor tiempo gracias a la parada, o al revés, no lo sé. No lo dicen las estadísticas.

El sol ya no aprieta, de repente unas nubes lo han tapado. Me duelen las piernas, me las encuentro pesadas, ya que a su alto peso les sumo el del agua y la arena que han recogido mis zapatillas. Corro hacia al Oeste, con el viento en contra, like a lonesome poor cowboy who is far away from home.