sábado, 12 de diciembre de 2015

EL NÚCLEO, LAS LÍNEAS EN LOS MAPAS, LOS SECRETOS.

Hay un núcleo en todo ser, en cada célula, en cada cachivache que se mueva. Es algo que rodea al alma, al espíritu de cada cosa, al ánima, como decían los antiguos. En ese núcleo, y en esa celebración que por Navidad hemos hecho este año, hemos notado a los que estaban, a los que han venido, a los que se han unido, y a los que han faltado. Tópico sobre tópico, todos coincidimos: la grandeza de este club está más allá del deporte, está, por lo que decimos, en la gente que practica este deporte. Y en los momentos de celebración se echa de menos a los que no han estado, sea en Madrid, en el trabajo, cuidando de la familia o estudiando, y también, debe decirse, se disfruta con los que hemos ido. En ese núcleo estamos los neutrones y los protones, metáfora de populares y élite, unos con carga y otros no, ambos con masa, ambos necesarios para el equilibrio, ambos necesarios para dotar de estructura a la materia. A los sueños.  

El deporte tiene algo de arte efímero; hay veces que una cámara registra los hechos, las carreras, la natación, la bicicleta, la cara de esfuerzo, de sudor, de concentración...Todavía no ha habido la posibilidad de captar lo que siente un deportista, el momento en que algo desconecta del yo interior y otro yo que no se sabe dónde está, impulsa la pierna, la mano, la cadera, que impide que te despistes, que te caigas, que te pares. Ese momento mágico en el que no hay aire, ni respiración, ni sudor, ni cansancio, es una obra maestra de la naturaleza, y todos nosotros, los que estamos aprendiendo en este club a hacer triatlón, lo hemos vivido alguna vez, hemos sido en alguna ocasión actores de esta obra; aunque solo haya sido un instante. Al volver a casa sé que muchos miramos un mapa, y miramos, y volvemos a mirar, y trazamos sobre el Google Earth la carrera que hemos hecho, la ruta en bici, y la miramos, y nos alejamos del mapa, y pensamos, ¡coño, esta ruta se vería desde el espacio, como la Gran Muralla!. Si seguimos con la metáfora atómica vedla como una nube de probabilidad en la que se mueven los electrones; si pasamos al símil artístico, en esas pinceladas, con esos trazos se está dibujando algo, las líneas con las que se escriben los cuentos.

Algunos pensáis que observo lo que ocurre, lo anoto, lo escribo y lo cuento; podría pensarse. Algunos me conocéis mejor y sabéis que observo lo que ocurre, no lo anoto sino que lo guardo por ahí, lo escribo cuando puedo y lo narro de la mejor forma que sé. Los que ya son más amigos saben que observo, escucho y guardo los secretos de los amigos. Y que lo que escribo tiene mucho de invención, unas pinceladas de lo observado y mucha cosa superflua. Esto lo cuento porque si observo mucho es para aprender de lo que hacéis, no para usarlo. En este año y medio vivido con vosotros, no sé lo que habré aprendido, que algo habrá sido, pero he disfrutado mucho con la evolución de mucha gente. A muchos os he nombrado a lo largo de las crónicas, muchos habéis hablado en la comida, otros habéis conseguido premios, otros habéis afinado vuestro cuerpo, otros os habéis empeñado en ser mejores triatletas, esto es lo que me gusta observar, la trastienda del deporte, el arte en primera fila.

También contaba eso porque voy a contar un secreto, el secreto de Samer. La clave está en el trabajo, en el empeño, en la constancia. Higgs predijo que el bosón sería la partícula clave en la formación de la materia; para confirmar la existencia del Bosón de Higgs se ha necesitado un acelerador de partículas de kilómetros de radio. Desde hace un mes y medio se han acelerado las constantes de este descendiente de jordanos, se ha sometido a presión, a choques, pensad si no en las empetadas calles de San Jerónimo, en las noches sin dormir, en las series, en el control sobre todo, sobre todos, en los patrocinios, la ropa, las gafas, los neoprenos, las bicis, las puñetas...Al final se ha desvelado, si existe el bosón de la materia, también existe el bosón del triatlón, y no es de Higgs, es de Samer Alí.




Esta entrada va por toda la guardia isbiliya: Luis, Álvaro, Lolo, Juan, Juanito, Guille, Javi, Jesús, Leo, Alberto, José López, José Luis, Samer, Adrián, Rocío, María, Susana, Luis Romero, Antonio, Igor, Diego, Diego Rodríguez, Juan, Josemi, Juampi, Arias, David Ropaútil, Miguel, Julián, Corpas, Manolo, Caraballo, Calderón, Alejandro, Antonio B., todos los que conozco y no he puesto y todos los que se han incorporado a este club y que han sumado como buenos neutrones. Perdonadme si no ha sido extensa, si no recojo las palabras de Bermúdez, la emoción de los veteranos, la ilusión de los jóvenes; no estaba observando, estaba tan solo disfrutando. 

Un placer haber estado en el segundo cumpleaños isbiliyo. Feliz Aniversario. Feliz Navidad.

miércoles, 28 de octubre de 2015

KRYPTONITA.

El científico Jol-El descubrió que la causa principal del colapso de Krypton fue una fusión de los elementos del núcleo del planeta y la aparición de un nuevo compuesto que se llamó kriptonita o kryptonita. Su hijo Kal-El, más conocido por Clark Kent en su personalidad periodística, o Superman en su faceta como superhéroe, resultaba afectado por este mineral que anulaba sus superpoderes. A alguien se le ocurrió que a todos nos afecta algún tipo u otro de kriptonita. 

Me he fijado en que en casi ninguna de mis entradas sobre mi faceta isbiliya, léase mi parte de superhéroe, hablo de la natación. Tengo la impresión empírica de que esta modalidad es la que más nos cuesta a todos; tengo la certeza, también empírica, de que, dentro de los entrenamientos de natación, a la gran masa de infantería lo que más nos cuesta son los ejercicios de piernas y de que, el día que usamos aletas, empiezan los gemelos a congratularse entre sí y hacer piña, dejando esa tan molesta sensación de que se nos ha "montado" un gemelo. Podría llegarse a concluir que mis aletas son mi kriptonita, y afortunado, como buen daltónico, puedo ver que son verdes, como la kriptonita original. 

Los originarios de Krypton que sobrevivieron, Superman, Superboy, Supergirl y Superdog, sufrían todos, los efectos de la kriptonita, pero podían protegerse de ella con plomo, con una armadura o, incluso como cuenta una historia de los años 40, usándola como combustible para naves interplanetarias. Hay muchas formas de "viajes", pero como esos implican a unas pildoritas, por cierto, también llamadas kriptonitas, y no va de eso la cosa, lo dejamos a un lado; a pesar de los farmacéuticos.

El caso es que contra lo que nos debilita y nos cuesta más trabajo tenemos siempre la posibilidad de usar una armadura de plomo. Y no es baladí el uso de este metal en el símil, pesado y hosco como pocos, porque para vencer una dificultad y progresar, como decía el gran Juan Pablo, hay que abandonar muchas veces la zona de confort, recomponer la cabeza, empezar despacio y sin quemar etapas pasándolas por los pelos, sino con determinada maestría. Que es algo pesado y molesto casi siempre, como el plomo. 

Pienso que lo que comento vale para nuestra vida de triatleta y para cualquiera de las modalidades, natación, carrera, bici o transiciones. Para mejorar en cada cosa y hacerlo bien, primero hay que conocer los fallos, los defectos, los cuellos de botella y luego hay que pensar cómo mejorarlos, y entrenar una y otra vez, en las tardes de plomo, en las horas pesadas, forjando una armadura a medida y ligera, que el plomo es lo que tiene, que es maleable.

Quedan tres cosas por decir. Una, que alguna vez escribiré sobre natación, pues me subyugan el silencio bajo el agua y la ola que abro la rara vez que nado bien; dos, que nadie se tome esto en sentido literal y use bañadores, aunque sean paqueteros, de plomo, que si ya se nos hunden el culo y las piernas no quiero ni contar con ese peso añadido. 

La tercera, en la vida real, en nuestra personalidad de ingenieros, farmacéuticos, trabajadores o estudiantes existen muchas kriptonitas; la única forma de hacernos inmunes a su efecto es buscarlas, identificarlas y luchar contra ellas, llámense miedos o dificultades. El triatlon también es una escuela para vivir sin miedo y resistir los avatares de la vida.

Para terminar, recuerdo la primera vez que escuché la palabra kriptonita en este club; me dejaron una camiseta para hacer una carrera y fue justo después de un entrenamiento, me dijeron, lávala bien que lleva kriptonita, yo pensé, un lavado corto y con norit, que es una prenda delicada. El resultado fue que puse dos veces la lavadora, la primera siendo delicado, la segunda a saco, y con veinte prendas más, que la esencia de la camiseta contaminó la colada entera. Así que el que lo dijo sabía bien de lo que hablaba y suda kriptonita, pues no es que no le cuesten las cosas, no es que no tenga dificultades, pero lucha contra ellas. ¿Verdad?


NOTA DEL AUTOR:

Esto texto es una interpretación libre de la idea original del señor Samer Alí Guarda.
Quien ha escrito esto es un fanático del cómic, pasión que mantiene desde la más tierna infancia. Los datos que aparecen sobre Superman son todos ciertos, en el ámbito del cómic, se quiere decir. Se han extraído de las lecturas de las primeras historias sobre Superman de Action Comics ideadas por los autores Jerry Siegel y Joe Shuster y de los ensayos de Javier Coma. Entre los años 2010 y 2011 colaboró en un programa de radio en el que mantenía una sección semanal sobre cómics; es autor del blog sobre el mundo de la historieta POR AMOR AL ARTE, AL NOVENO ARTE.
 

 


sábado, 24 de octubre de 2015

RUNNERS KARATE KID.

Cada vez me encuentro más en las redes sociales la furibunda crítica que hace un corredor de nuevo cuño a otros. Viene a ser algo así como, te odio solo porque te he visto, porque trotabas en el semáforo, porque llevabas unas Mizuno o porque llevabas auriculares y escuchabas música. A su vez, otro día, el mismo corredor furibundo, el crítico, contará elogioso, hoy ha sido un día duro, me machaqué, hice series y me dolían las pantorrillas, pero superaré el dolor porque soy superior al dolor, soy casi Superman. Y faltará la proclama interior, la de corte nietzscheano, pasada por el filtro de Conan, lo que no nos mata, nos fortalece. 

Bien, eso no va conmigo. 

Siempre he sido un corredor solitario, lo poco que sé sobre correr lo he aprendido a base de madrugones y de esfuerzo, pero jamás he hecho alarde de nada. Si me levantaba temprano no era por un deseo contumaz de sacrificio, por pensar que el rendimiento matutino mejoraría mis marcas, no, ese horario me lo marcaban dos cosas. A primera hora es raro que surja algún imprevisto, lo hay pero se minimiza el riesgo; saliendo temprano me podía incorporar a la vida familiar sin problema y sin dejar cosas por hacer. Y si alguien piensa que no hay de qué presumir, que no hay medalla o premio que mostrar, también se puede argumentar que empecé a correr con unos 35 años, quitando lo que entrenaba para el baloncesto, la medalla en la milla y en el 400 de la Universidad, las nocturnas desde hace mucho. Que ahora es habitual correr, que antes éramos los raritos.

Tras esta introducción, en la que las cosas parecen inconexas, me explico.

Hay una persona que veo poco, menos de lo que me gustaría, y a la que considero mi amigo. Cuando este amigo me llamó por primera vez me encontraba en un lugar idílico. Es una pequeña iglesia de Roma llamada San Marcos, y como no podía ser menos, se encuentra en Piazza Venezia, es de venecianos antiguos, sabios y venerables, y tiene algo de lugar mágico, de logia masónica. Allí, la voz emocionada de este sevillano de raíces mesorientales, me transmitió algo. Queda claro que la emoción no era por fichar a uno de los grandes, sino porque hablaba de un deporte que es su vida. Y sin conocerlo apenas por un minuto de voz, por una conversación entrecortada, supe de él que sonreía; también que había viajado mucho. Es posible que yo le haya salido rana y que escriba más de lo que corro, pero eso no me lo va a decir. Es posible que, para mí, el lugar de aquella conversación me hiciera sentir que lo que venía era algo bueno. 

Algo más de un año más tarde, lo sé. 

El club Isbilya tenía, tiene, algo de grupo de los años 50, o de los años 20, de un siglo antes, se conoce, y usa tecnología de esta década, del siglo XXI. Cuando hablo de esta antigüedad me refiero a que en la caballerosidad, en la limpieza de las intenciones, en la competitividad, siempre sana, en los entrenamientos grupales, todavía no he visto ningún desprecio al compañero, ningún desprecio al rival, ninguna artimaña, ningún atajo de los que no nos gustan. Hay compañeros, y compañeras, que van genial y nos alegramos de sus victorias, los tenemos como referente y nos gustaría imitarlos. Pero estoy seguro de que a muchos no nos gustaría ni ganarles, sino ganar nosotros y que ganaran ellos también.

Esa filosofía, la de trabajar para superarse, la de buscar la excelencia propia, la de luchar contra uno mismo, cada uno a su ritmo, con sus objetivos, con sus posibilidades, venciendo sus limitaciones con cabeza, encaja por completo con la forma en la que yo quiero entender el deporte. Es una faceta de mi vida, forma parte de mi vida, y está ahí. No soy mejor o peor que otra persona a la que no le llenen correr, nadar o ir en bici, soy tan solo distinto. Y no me siento mejor o peor que quienes quieren competir cada semana; yo no puedo, otras facetas de mi vida, otros intereses, también ocupan mi tiempo. 

No sé a cuántos de nosotros nos puede gustar la Semana Santa, y dentro de esta tan especial celebración una faceta singular, la saeta. Esto viene al caso de que hace unos años se pusieron de moda las academias para cantar saetas. Era la época en la que España era pija, pija de cojones, rancia, también con cojones, y la gente acudía en masa para cantar uno de los palos flamencos más difíciles. No os podéis imaginar los que no lo vivierais, el bochorno que en aquella época supuso para  la propia primavera la multitud de gallos y falsetes desentonados. Que aquello sí que fueron saetas en el sentido literal, flechas hirientes. Y viene al caso porque las academias, los clubes nacidos de un corredor medianito cualquiera, las agrupaciones de app´s actuales me recuerdan esa época.

Se han cambiado unos intereses por otros, unas modas por otras, pero son los mismos los que llenan estas Academias con una fiebre que les hace hipermotivarse, hipervitaminarse e hipermineralizarse, cual si fueran ya no Superman, sino Superratón. Y si les llamaba Karate Kid Runners, es porque su comportamiento me recuerda a los chavales de negro del Dojo Cobra Kai, a su sensei sintiéndose no solo superior sino único por practicar Kárate, por su filosofía mortal, de legionario, en la que no piensan que el deporte es una forma de vivir, sino un camino de mortificación hacia la gloria, quizás hacia la muerte.

Todos tenemos un tendón de Aquiles. Esta gente lo tiene, sin duda, el día que se les pase la fiebre, que las modas son pasajeras, se vendrán abajo como un castillo de naipes, y pasarán, como ya han pasado antes de la saeta a la cocina, y de la cocina al asfalto, a un nuevo ciclo, que serán el macramé o los puzzles, ¡vaya usted a saber! También tenemos los isbiliyos nuestro tendón de Aquiles, nuestra particular kryptonita, en forma de pies en la piscina, en forma de aletas, que caemos como moscas, sobre todo los que esperamos de puntillas las instrucciones. Pero salven este obstáculo y véanlos entrenar, véanlos competir, véanlos comentar, hay orgullo y alegría, nunca he visto ni rabia ni soberbia. A pesar de hacerlo, como dicen por ahí, "a deshoras"

Pero eso es porque están hartos de dar cera, pulir cera, dar cera, pulir cera...

NOTAS:

Al Miyagi Alí Guarda. Es difícil escribir por encargo, encajar un tema cuando se ha pensado otro, pero por un amigo se da una vuelta y se hace un circunloquio. Tu idea era muy buena y quizás ha quedado desaprovechada. Pero es lo que parece a primera vista, dedícale tres minutos más y, a lo mejor, encuentras que no tiene tan poco uso y trayecto.

Al sensei Juan Garrido. Creo que compartimos una forma de entender el deporte similar, es algo que forma parte de nuestras vidas que no queremos abandonar pero que, salvo contados momentos, no queremos que nos coma el terreno. Es posible. Y si hace falta parar se para, luego se vuelve y se coge con la misma fuerza e ilusión.

Al sensei Álvaro Dueñas. No me hablo contigo, lo que no quiere decir que no te escriba ( ;-) ). No difieras decisiones por el deporte, puedes acoplarlo a tu vida, a la laboral y a la afectiva. 

A los jóvenes padawanes. El deporte no es una moda, es una forma de entender la vida que los griegos conocían, que los romanos llevaban al extremo. No vivimos en época de guerras, no necesitamos ser guerreros, basta con ser un poco felices con esto, con una carrera por un parque, con una ruta en bici, con nadar en un río, en el mar. Mens sana in corpore sano per semper. 

Al compañero Samer. La cerveza...
  






lunes, 5 de octubre de 2015

GLÓBULOS ROSAS.

Si el Creador hubiera sido la Creadora, el toque de color estridente de este mundo habría sido atemperado. En la paleta de colores de Nuestra Señora habría habido muchas más tonalidades de las que hay ahora, y esos colores que llevan adjetivo, verde botella o verde pistacho, azul cielo o azul de Prusia, habrían tenido su propio nombre. En ese supuesto, es posible que la Creadora pensara que los glóbulos rojos no deberían tener ese color y que mejor dejarlos en un tono rosa, mezclando parte de su rojo con el blanco.

Se podría pensar eso, o que ya que se van a poner glóbulos en la sangre, para qué poner dos; mejor poner solo unos pero que tengan dos funciones. Porque, y esto es sabido, las mujeres tienen capacidades distintas a los hombres, pueden hacer varias cosas a la vez, y hacerlas bien, además de mostrar muy poca tendencia a la épica y el heroismo trasnochado del que sí hacemos gala los hombres.

Por explicarlo un poco mejor, los glóbulos rosas de la Creadora, a la vez que transportaran oxígeno irían mirando si por ahí hay algún extraño al que sacar de inmediato, pelearse con él y proteger a los suyos, y si se apuran, arropar a esa celulita que duerme destapada. Y no se me ocurre pensar en una mejor imagen de las mujeres de ayer, las que vistieron una camiseta rosa e inundaron la ciudad. Son ellas las que llevan el oxígeno que a todos nos alimenta, ya sea el verdadero, el del amor y el del cariño, o las que nos cuidan de mil y una formas. Son estas mujeres las que nos curan, nos protegen, nos aúpan; las que nos mantienen. Y solo ellas son capaces de hacer esto sin darle importancia, llevando a los niños de la mano, tirando de ellos, con la tirita o la botella de agua por si acaso, cantando a la vez, corriendo y luchando contra el mundo. Si hubieran sido hombres ya se habrían escrito mil y una epopeyas.

Un cáncer es una putada. Un cáncer es, además, una putada que crece de forma silenciosa: se instala en la vida de quien lo sufre, en su familia, en la vida íntima, en los miedos y en las preocupaciones de él o ella, de su pareja, de sus hijas, de sus amigas. Y jamás se va de vacío, o se lleva un trozo de ti, o te lleva entero, o te deja un hueco irrellenable de otra cosa que no sea miedo. Contra ese silencio, contra la falta de financiación para estudiar a fondo a ese mal bicho, para conseguir lo necesario para ayudar a los que lo sufren, se conjuraron ayer las mujeres en Sevilla. Ellas, capaces de dar vida, capaces de mantenerla a salvo, llevan la mayor parte del peso en la lucha contra la enfermedad, son la columna vertebral de las familias cuando aparece, son pacientes ejemplares cuando les toca, mirándola cara a cara, muchas veces sin darle importancia, llevando a los niños de la mano, tirando de ellos, con la tirita o la botella de agua por si acaso, cantando a la vez, luchando contra el mundo; si fueran hombres pedirían la escritura de mil y una epopeyas. (Sí, has leído esto antes, es que es cierto para casi todo).

Ayer, ellas, vestidas de glóbulos rosas, dieron una lección. Para ganar no es necesario competir, ni convertir cada acto reivindicativo y festivo en un torneo; ganó la madre que corrió junto a su hija, ambas con el coraje y el orgullo de saber que, juntas, nada las parará; ganó la amiga que cogió a la hija de su amiga de la mano, ganó la hija de su amiga, que venció el cansancio y corrió; fueron Carmen e Inma, Nieves y Marta; ganaron mujeres que no conocía, otras que sí, mostrando que no son una marea que viene y se va, sino una corriente que fluye, que está ahí, presente, permanente. 

Quizás nadie se diera cuenta, pero llegó un momento en el que las primeras alcanzaron a las que aun no habían salido; de alguna manera cerraron un anillo, un circuito. Y de esa forma la imagen de que ellas forman el sistema circulatorio de la vida, de que son glóbulos multifuncionales, me quedó clara, nítida. Pero eso siempre lo he sabido.

Y está claro, si el Creador hubiera sido la Creadora, jamás se habría escrito: "Y al séptimo día descansó". 

 

lunes, 28 de septiembre de 2015

FINAL DE TEMPORADA.

Por lo pronto siempre hay más de una manera de entender y de explicar la realidad, una es lo que es, que nadie sabe lo que es, y otra es lo que nosotros percibimos, lo que contamos. Por eso estas crónicas siempre hablan de forma subjetiva de lo que ha ocurrido, pasan por un tamiz personal y llegan a quien tiene a bien leerlas filtradas por su propia experiencia, su percepción y lo que quiere encontrar. No son, a menos que ese día sople el mistral de lado, una narración lineal y subjetiva. Tampoco serán, a menos que entonces sople la tramontana por detrás, la crónica de todos, puesto que no conozco a todos; pero sí que procuro que aparezcan aquí los compañeros del club que, en determinado momento, encuentro a mi lado. Y los amigos, que siendo sincero, empieza a haberlos. Y buenos.

Por eso hay días que me imagino al míster saturado; llegando a casa cansado y comenzando a leer mensajes de whatsapp, de facebook, de twitter... Y, entonces, le llega el trabajo; a ver qué le pongo hoy a este pesado; que sí que la talla del traje la has pedido pequeña, pero tú no sabías que no podías adelgazar siete kilos en dos semanas; bueno, tío, has corrido a cuatro minutos el kilómetro, sí han sido ochocientos metros, sigue así y pronto llegas al kilómetro a tres cincuenta y nueve; hombre, qué bien, corriste la popular de tu barrio, la nocturna del pueblo que se hace a las cinco de la tarde porque no hay alumbrado público; ahora me tocan ochenta megusta de fb, coño, otra vez le he dado al me gusta del vídeo de las universitarias orgiásticas, si por lo menos lo viera. Es eso, un pelotón entero pidiendo consejo, bramando sus éxitos personales, llevando a un equipo de competición con sus dudas, sus problemas, su logística. Esa es una versión de la historia, la del cansancio.

Otra versión de los hechos muestra una realidad un poco diferente. El trabajo con la élite es difícil y satisfactorio: el equipo masculino va solo, el femenino se sale, solo hay que acomodar programas, competiciones, patrocinios, desplazamientos; pero al final del verano se ha conseguido un objetivo, uno de los grandes, colocar al club en la órbita nacional. Desde mi perspectiva de espectador privilegiado, veo algo más, algún salto a otra esfera, y ahí está Rocío, y ahí está Igor. Es complicado, pero la madera, la genética y el sacrificio, están; si la corriente del destino ayuda, algo llegará. ¿Y el trabajo con los populares? En la anterior versión dijimos que es una tarea más, cansada; veamos aquí que esta tarea da alguna que otra satisfacción. Imagine que usted tiene un sueño, y que lo cumple; imaginemos que es algo parecido a tener un hijo, con días buenos y malos, con tareas y deberes, con obligaciones, con disgustos, algo que le quita el sueño; pero, imagine, solo imagine, que es el día de la función final de curso, que reparten las notas y que hay una representación de ballet en la que participa su hija; yo estaría muerto de miedo, pues cada padre sabe en dónde estan las debilidades y las fortalezas de sus hijos; sepa ahora que las notas han sido buenas, que el esfuerzo de su hija ha dado resultado; mire a su hija, no solo está guapísima con ese peinado hacia atrás, sino vea que cuando baila está disfrutando y que tiene cierta gracia y que lo transmite, ¿no lloraría usted aunque fuera un poquito? No sé yo lo que haría, pero el orgullo me rebosaría. A tanto no llegará nuestro amigo Samer, pero algo de orgullo debe haber; y, si me apuran, alguna lágrima jordana llevará el nombre de Isbilya.

Se ha mencionado un ballet. Hablemos de algunos de los que intervienen en la coreografía. De los montes asturianos de Diego, de las esfuerzos titánicos de Ángel, de la fuerza de Andrés, de la impresionante puesta a punto de Lolo y Adri, del cambio de chásis de Bermu y Antonio Salar, de la confirmación de esos chavales que son José López y José Luis, de la progresión constante de Luis y de Álvaro, de la gracia de Josemi y de Fran Calderón, de la ilusión de Niño Niño y de la fama de Julio, del regreso de Alberto, de la forma en la que Juan Garrido se ha afinado y ha dado un golpe de mano, de Botello, Manolo, el croata que empieza a rascar podiums, de la legión de corredores y triatletas que copan las inscripciones, las clasificaciones, los parques y se hacen series peleando con las señoras que dicen que por poco las tiran y que el parque es de todos.

Así ha sido este verano, lleno de cambios, de entradas y de salidas, que se iniciaron cuando Javi marchó a Berlín, que se acaban cuando Juampi ha dado el salto a Madrid. Así ha sido este verano que empezó un día en un calentamiento con Igor disputándole la llegada a Samer y este corriendo y mirando hacia atrás como si estuviera ensayando para los sanfermines, y diciéndome que yo siempre calentaba el calentamiento. Luego vinieron Escocia, la tierra de William Wallace, la crónica que espera en la que se cuenta el maratón de Durban, la playa por la que corrían los carros de fuego, las carreras por el Caledonian Canal y hacia el Loch Ness, las carreteras sin arcén por las que podríamos hacer alguna salida si nos llamáramos ICH-BILGH-YAHH. Una crónica que pensaba en inglés pero que, por ahora, reposa por ahí.

Cada vez es más fácil quedarse sin dorsal para las pruebas, y adquirir los dorsales sin oportunidad de usarlos, pero doy por buena mi temporada; acabé el sábado en Córdoba, nadando en mi río, cumpliendo un pequeño sueño. Fue una prueba en la que el tono era popular, en la que competíamos los fuera de forma, pero en la que, al final, siempre hay codazos en el agua, pelotones en la bici, dificultades en las transiciones y ahogo en la carrera. Pero disfruté. Y eso que el día de antes había hecho la nocturna, una tradición en la que llevo casi veinte años arrastrándome, con dos versiones, pre y post extracción del menisco; y con una ilusión, un año antes había estrenado colores del club en esta carrera, un mono de los antiguos, y este año quería ratificar que me siento del club. Y, ¡milagro!, llegué a la foto.

Si miro atrás no sé si ha habido progresión, si han mejorado los tiempos, si ha habido cambios en el estilo. Solo sé una cosa, ha habido un aumento de la fortaleza, no de la corporal sino de la mental. No se nota, no se ve, pero como Lola Flores, ahí está. Queda mucho por hacer, mucho por unir, para eso estoy en el club. En este año ha habido momentos de los que no se olvidan. Quarteira, la San Silvestre, Posadas y el olímpico de septiembre están ahí.

Corría, corría, con los riñones haciendo cosas raras, con unas ganas tremendas de orinar, con mi vejiga cerrada; estaba preocupado. En el circuito paralelo al río me cruzaba de vez en cuando con algún compañero, ellos corrían, yo me desplazaba. Mis piernas llenas de sangre tras la bici se doblaban menos de lo poco que ya de por sí se doblan en la carrera. Pero seguía, para cruzarme con alguien, para sentir la competición, para seguir a Guille y admirar su esfuerzo frente al dolor, para ver correr a Juanito, marchando como una liebre, como si antes no hubiera habido nada. Pero solo yo sé la alegría que fue encontrar a Juan Garrido poco antes de la meta, con ilusión, con ánimo, haciéndote sentir que has hecho algo grande. Se merece Juan un capítulo aparte; pocas personas, no solo de este club, he visto tan educadas, tan buenas personas como él. Como deportista es grande; ha evolucionado en todo, pero en natación se sale. Y es que, podéis hacer la prueba, poneros a su lado y hacer lo mismo que él, lo hará de forma más elegante y mejor que vosotros; y sin decir nada. Solo sé que verlo en la meta, animando, me hizo pensar en que hay un mundo alrededor del nuestro, quizás, un mundo real de trabajo, de salarios, del día a día; pero que este mundo, el nuestro, el pequeño, el que se monta en cada entrenamiento, en cada prueba, es un mundo que merece la pena conocer y sentir.

Hace una semana me sentí como si hubiera corrido por las dunas. En algún lugar de mi mente, por ahí, anda mi intención de cruzar a nado la desembocadura del Guadalquivir; es un reto que asumiré  el día que corresponda. Diego, el fisio, el que siempre tiene una broma cargada, oculta algo. Yo lo voy vislumbrando. Y no piensen ustedes mal, lo que oculta no tiene ni forma, ni peso, ni materia, es pura energía. Algo que viene de eso que llamaban éter, de la materia dividida, de la energía transformada. Si le hubieran dolido el hombro, o la cabeza, a lo mejor, se habría callado, y aguantado en la bici, en el agua, en la arena de Tartessos. Si hubiera estado cansado, a lo mejor, no lo habría contado; tampoco habría contado que alguna carrera es como una procesión, un momento íntimo de recato, de vivencia interior, de recuerdos y de nada. Como un pequeño nirvana, un instante, acaso un segundo, en el que se sienten el vacío y el infinito del alma, en el que el dolor y el cansancio nos llevan a olvidarnos de la existencia y vemos tan solo la meta, el objetivo y el viaje. Diego lo oculta, pero, a pesar, de su socarronería, ahí están las dunas infinitas del recuerdo y el mar de la infancia.

Ha acabado el verano. La temporada va a acabar. En unos día volveremos a las andadas. A que Samer me diga, ya estás "heating the heating".

Heating the heating. 










lunes, 14 de septiembre de 2015

SOBRE RUEDAS.

En los anales (*) de la traición deportiva queda el 8 de octubre de 1995. Aquel día España consiguió su primer Mundial en ruta de ciclismo, mas lo hizo con el actor secundario, el lugarteniente que desobedeció las órdenes de equipo y atacó a Induráin. Se dice que fue una táctica preparada, el plan alternativo, mas yo sé, y tú lo sabes, que no fue así. Olano robó la gloria al campeón bajo la lluvia de Cali y con una rueda pinchada.

Años después, frente a una mujer muy, demasiado, reivindicativa, el Chava Jiménez volteó la Vuelta en una ascensión, y solo la honradez de Unzué y la fatalidad del abulense le entregaron a Olano su Vuelta. Esa vez no hubo justicia poética, casi nunca la hay, y no pudimos entonar el mantra de Phoebe Buffay: "has probado de tu propia medicina y cuán amarga es".

Nuestro amigo Diego Andrade ayer hizo de todos los ciclistas y deportistas que nos emocionan. A todos nos encanta ver la fluidez, la magnificencia de las brazadas y de las pedaladas de los grandes, la velocidad de la carrera, la elegancia y la naturalidad con la que los campeones se desplazan. Pero en lo que nos hace amar el deporte hay algo que se refiere a la superación y a la épica. Nos sentimos grandes cuando corremos bajo la lluvia, la nieve, el frío intenso o la niebla por barrizales extremos, por eriales. Simpatizamos con los pequeños cuando los grandes caen ante los pequeños; simpatizamos con los grandes cuando los grandes se levantan y entonces los sentimos más grandes. Nos ha pasado con Contador, con Froome, incluso con Nadal. Diego ayer se ganó el respeto de todos nosotros, cayó y se levantó, quizás para no decepcionar a su hija, quizás para no decepcionarse él y tener fuerzas para cruzar la meta con ella. Lo sensato habría sido retirarse antes de la meta, curar las heridas, resolver los asuntos médicos. Pero no, Diego ayer se doctoró, como un campeón.

Aru ganó el sábado esta Vuelta. Lo hizo como se hacía antes, liderando un equipo, hablando con ellos, pidiéndoles un último esfuerzo, agónico, que él ya daría el definitivo. Y así fue, su equipo se fundió con la carretera, atacó como un tren y como una pequeña nave nodriza fue dejando atrás a ciclistas que recogían a Aru para impulsarlo hacia adelante. Como se sabe, Aru remató. Cuentan las crónicas que alguien que me recuerda un poco a Aru, hizo algo parecido en el Levante español. También fue el sábado y se trajo un ascenso, el de nuestro club. Gracias a ese esfuerzo de todos daba gusto el domingo ir por ahí, la gente va conociendo este club, el Isbilya, y pensando que unos de nosotros ganaría. No se equivocaban. Por si alguien no sabe de lo que hablo, Aru me recuerda un poco a Samer, nuestro club venció en Águilas, de donde era Paco Rabal, y el equipo, en todas sus categorías, estuvo soberbio. Como ayer en el triatlón del puerto de Sevilla, sin Samer, pero con Alberto, Manolo Botello, Curro, Corpas, Julián y Diego, Robles... La tesis es cierta, hay una guardia isbiliya, con varios cuerpos de ejército.

Aun sigo sin saber si vencí yo al olímpico o él a mí. Solo las fotos que he visto de mi prueba me han bajado la euforia. Si os digo la verdad, creí correr, pero me veo andando en ellas. Y ni tan siquiera muy rápido. Mi marca final demuestra que habría mucho que mejorar, lo que no sé es si tengo dentro de mí esa mejora, pero, todavía eso no me preocupa, ya llegará mañana. Algo sí aprendí en el anterior, check list, calentamiento, material, horarios y repuestos; comida y agua. Eso y que venía a disfrutar.

Por primera vez me sentí cómodo en el agua, la marca fue la prevista, no me desvié demasiado y no fui asfixiado. Pero la bici y las transiciones, en especial la T1, se han convertido en una cruz, primero porque no encontraba ayer el desarrollo que me venía bien, segundo porque, cuando lo encontré tras un isbiliyo que me enganchó a su rueda, cuyo nombre completaré una vez que lo identifique, entonces, segunda vuelta, pinché la rueda delantera. Como había sido muy precavido, saqué el spray sellador e inflé la rueda. A seguir, ya mucho mejor, sin atrancarme como al principio y sin contar con que la presión que el bote dejó en la rueda era mínima. La tercera vuelta fue, en su mayoría, una lucha dialéctica. Entre el coste monetario que supondría reponer la rueda delantera, pues pegué un llantazo en el paso subterráneo y volví a pinchar, y el coste moral del abandono; entre si sería capaz de dar una vuelta más o me metería en boxes pasase lo que pasase. De ese marasmo hegeliano me salvó un espectador con bici al que rogué una cámara y que monté como pude, y que inflé, con una bombita, con la presión que les queda a los globos de una fiesta de cumpleaños al día siguiente.

Algo de bilbaíno debo tener, pues, a pesar de tener roto ya cualquier ritmo, a pesar de ir rodando con un ancho de rueda doble al que llevo, ¡así se hundía la de delante!, decidí acabar. Con cuarenta minutos en bici más que el resto por lo menos, pero sin vergüenza alguna. Y mereció la pena aunque fuera por ver correr a la gente en ese circuito anular, por verlo, de repente, lleno de gente. Por cruzar la meta. Por no quebrarme ante determinadas adversidades. Por muchas razones.

No hay nada bueno en pinchar, lo digo; ya había aprendido a cambiar la cámara, no me hacen falta más problemas externos que yo tengo ya los míos, no me sirvió de acicate para crecerme, ¡qué va!. Todo eso me puede pasar, pero que me pase otro día. Y encima ahora le doy un carácter un poco más épico, porque sé lo que se sufre, a la victoria de Olano, como si lo perdonara un poco. Y eso no puede ser.

Acabamos, los que pudimos y tuvimos suerte, acabamos. Con cansancio, dolor, heridas y épica. Con pundonor. Como si fuéramos unos inconscientes, unos descerebrados o unos masocas. O como isbilyos, inconscientes, masocas, descerebrados y preparando la siguiente. 


(*) Bonita palabra que merece tenerse en cuenta en todos sus sentidos

miércoles, 9 de septiembre de 2015

LA GUARDIA ISBILIYA.

Luis Saldaña es un teórico. Para muchas personas eso significa un tipo aburrido y pesado. Para mí quiere decir que es un estudioso y sabe mucho, mejor dicho, casi todo. Sobre qué cambio es el mejor, o la zapatilla, o el músculo que te debe impulsar, sobre interpretar gráficos incomprensibles sobre la pedalada, o sobre la creatinina, el gel o la alimentación antes y durante una prueba. Cumplió años hace unos días y lo celebró como hace alguien metido en su papel, de forma alegre y frugal. Ese tipo de cuestiones, el estudio, el sacrificio y la excelencia, son el día a día de mis compañeros de club. Se afinan y se preparan, afilan el cuchillo y lo muestran. Incluso, como en su caso, se han recuperado de una intervención quirúrgica y, aplicando eso que no sé dónde se aprende, van como un tiro.

A su lado, al lado de muchos, veo que mi aprendizaje es como el de un niño, a base de ensayo y error; sobre todo eso, de mucho error. No creo que ni tan siquiera pudiera considerarse intutitiva mi forma de hacer las cosas; hay algo de caótico, y algo de orden, algo de aprendizaje, algo de experiencia y de serenidad y algo de nervios; contradicciones puras, de las que es testigo casi siempre el amigo Juan Pablo, y que me saca de más de un apuro. Porque se ha convertido casi en una costumbre empezar un triatlón contrastando su sonriente tranquilidad con mi rictus de apuro. Y sé que eso lo dan el carácter, pero también la preparación, que es la que da la confianza y la que muestra la buena cara de cada uno.

En la brumosa, extraña, mañana de agosto que apareció el día veintitrés, siento algo raro. Alguno dirá que no es que la cosa fuera rara, sino incómoda, pues un mono de triatlón del revés no deja de ser, digámoslo, incómodo, raro y molesto. Pero no es eso solo. Sino la sensación de estar de vuelta en casa, allí, sobre el adarve de la presa, entre la niebla, en formación delante de las bicis, como si fuéramos a la batalla. Esa sensación, la de estar acompañado de un cuerpo de ejército, es la que me hace olvidarme de mi vergüenza, y de mis vergüenzas, a la hora de desnudarme frente al resto de triatletas. Porque han formado un círculo en cuyo interior me veo menos desprotegido. Y me tapan la vergüenza, y las vergüenzas.

Será un rato más tarde en el que se me ocurra que he sido arropado por un grupo que bien podría ser la guardia isbiliya, gente con mucha personalidad, mucho talento y experiencia; gente a la que me uní hace un año y con la que me siento a gusto. Compartiendo algo que sin darte cuenta ocupa todo tu tiempo, tus pensamientos. Porque estoy seguro que más de uno haciendo cualquier cosa que no tenga nada que ver con el triatlón, en cualquier lugar fuera de nuestro hábitat, se ha abstraído y se ha imaginado qué sitio tan bueno para hacer una ruta en bici, o qué aguas tan buenas para probar el neopreno o si se pudiera organizar aquí un triatlón estaría "tó wapo". (1) Y en ese momento te das cuenta de que te ha atrapado esta historia, de que quizás no seas bueno, ni siquiera el mejor de tu urbanización, ni de tu bloque, si me apuras, ni de tu planta, y que crees que lo dominas, que lo puedes dejar cuando quieras, pero estás enganchado. 

Y la hipótesis propuesta y la tesis formulada acaban en proposición, hay una guardia isbiliya, una vieja guardia isbiliya, de gente que nos conocemos por los nombres, ¿verdad, Juampi?, que nos aceptamos, que hasta nos llevamos bien. Y es así, pues en el pantano de La Breña, entre más de un centenar de gorros en el agua, como yemas de espárrago, nos reconocemos, nos juntamos, nos reímos antes del inicio y nos acordamos de los ancestros de la juez que da la salida con gente por delante de la línea que la marca. 

El resultado de la carrera ni da igual, ni es lo menos importante, ni se debe obviar; lo que ocurre es que ya ha sido contado en varias ocasiones. Lo que no he contado, no sé si lo habrán hecho otros, es que fue un día lleno de intrahistorias, por darle otro nombre a las anécdotas. En el que Juan y Rafa, guardias también de pro, desayunaron un gel; en el que se cantó el cumpleaños feliz en honor a Samer, que me perdí por llegar el último; en el que me recogió un autocaravanista bondadoso y me evitó la subida al pantano; en el que, por primera vez, vi al campeón pillado, pensando en qué había ocurrido, dándole vueltas a la cabeza e intentando cambiar de tercio, aunque fuera la elección de coche, para digerir, asimilar y corregir. 

Tampoco lo he contado, pero allí en La Breña, a treinta kilómetros de mi casa, viví gran parte de los fines de semana de mi infancia. Antes de que se construyera la actual presa sobre la antigua, en la época en la que los pantalones de campana se pasaron de moda por primera vez, íbamos, de forma más que regular, desde la mañana del sábado al domingo después del arroz, el cola-cao y los dulces a pasar allí nuestro tiempo. Fue en ese lugar en el que corrí por primera vez, entendiendo correr como un ejercicio en sí mismo; en el que descubrí  cómo defender en baloncesto; en el que aprendí el poco equilibrio que tengo sobre la bici tirándome cuesta abajo hasta la zona de las zarzas; en el que remábamos hasta la isla y nos tirábamos al agua para tocar la cruz de la torre de la iglesia sumergida... Esto es un ejercicio de nostalgia, es posible, pero debo hacerlo, si no, no podría considerarme honesto ni conmigo, ni con los que ya no están, María, Paco, Manrique, Luciano...

Luciano habría sido un gran isbiliyo. Hace años cuando nadie lo era, él era hipster. Tenía barba y perro, vivía con su pareja, como solía decirse, amancebado, hacía helados y corría. Fue la primera persona que conocí que hubiera corrido veinte kilómetros, o más. Él se fue, pero si me admiten en la guardia isbiliya, que se sepa que una parte, de esas que están enroscadas por ahí dentro de uno, es de él. 











(1) Concesión lingüística a la hornada que mira como una palabra viejuna el vocablo guay.