sábado, 24 de octubre de 2015

RUNNERS KARATE KID.

Cada vez me encuentro más en las redes sociales la furibunda crítica que hace un corredor de nuevo cuño a otros. Viene a ser algo así como, te odio solo porque te he visto, porque trotabas en el semáforo, porque llevabas unas Mizuno o porque llevabas auriculares y escuchabas música. A su vez, otro día, el mismo corredor furibundo, el crítico, contará elogioso, hoy ha sido un día duro, me machaqué, hice series y me dolían las pantorrillas, pero superaré el dolor porque soy superior al dolor, soy casi Superman. Y faltará la proclama interior, la de corte nietzscheano, pasada por el filtro de Conan, lo que no nos mata, nos fortalece. 

Bien, eso no va conmigo. 

Siempre he sido un corredor solitario, lo poco que sé sobre correr lo he aprendido a base de madrugones y de esfuerzo, pero jamás he hecho alarde de nada. Si me levantaba temprano no era por un deseo contumaz de sacrificio, por pensar que el rendimiento matutino mejoraría mis marcas, no, ese horario me lo marcaban dos cosas. A primera hora es raro que surja algún imprevisto, lo hay pero se minimiza el riesgo; saliendo temprano me podía incorporar a la vida familiar sin problema y sin dejar cosas por hacer. Y si alguien piensa que no hay de qué presumir, que no hay medalla o premio que mostrar, también se puede argumentar que empecé a correr con unos 35 años, quitando lo que entrenaba para el baloncesto, la medalla en la milla y en el 400 de la Universidad, las nocturnas desde hace mucho. Que ahora es habitual correr, que antes éramos los raritos.

Tras esta introducción, en la que las cosas parecen inconexas, me explico.

Hay una persona que veo poco, menos de lo que me gustaría, y a la que considero mi amigo. Cuando este amigo me llamó por primera vez me encontraba en un lugar idílico. Es una pequeña iglesia de Roma llamada San Marcos, y como no podía ser menos, se encuentra en Piazza Venezia, es de venecianos antiguos, sabios y venerables, y tiene algo de lugar mágico, de logia masónica. Allí, la voz emocionada de este sevillano de raíces mesorientales, me transmitió algo. Queda claro que la emoción no era por fichar a uno de los grandes, sino porque hablaba de un deporte que es su vida. Y sin conocerlo apenas por un minuto de voz, por una conversación entrecortada, supe de él que sonreía; también que había viajado mucho. Es posible que yo le haya salido rana y que escriba más de lo que corro, pero eso no me lo va a decir. Es posible que, para mí, el lugar de aquella conversación me hiciera sentir que lo que venía era algo bueno. 

Algo más de un año más tarde, lo sé. 

El club Isbilya tenía, tiene, algo de grupo de los años 50, o de los años 20, de un siglo antes, se conoce, y usa tecnología de esta década, del siglo XXI. Cuando hablo de esta antigüedad me refiero a que en la caballerosidad, en la limpieza de las intenciones, en la competitividad, siempre sana, en los entrenamientos grupales, todavía no he visto ningún desprecio al compañero, ningún desprecio al rival, ninguna artimaña, ningún atajo de los que no nos gustan. Hay compañeros, y compañeras, que van genial y nos alegramos de sus victorias, los tenemos como referente y nos gustaría imitarlos. Pero estoy seguro de que a muchos no nos gustaría ni ganarles, sino ganar nosotros y que ganaran ellos también.

Esa filosofía, la de trabajar para superarse, la de buscar la excelencia propia, la de luchar contra uno mismo, cada uno a su ritmo, con sus objetivos, con sus posibilidades, venciendo sus limitaciones con cabeza, encaja por completo con la forma en la que yo quiero entender el deporte. Es una faceta de mi vida, forma parte de mi vida, y está ahí. No soy mejor o peor que otra persona a la que no le llenen correr, nadar o ir en bici, soy tan solo distinto. Y no me siento mejor o peor que quienes quieren competir cada semana; yo no puedo, otras facetas de mi vida, otros intereses, también ocupan mi tiempo. 

No sé a cuántos de nosotros nos puede gustar la Semana Santa, y dentro de esta tan especial celebración una faceta singular, la saeta. Esto viene al caso de que hace unos años se pusieron de moda las academias para cantar saetas. Era la época en la que España era pija, pija de cojones, rancia, también con cojones, y la gente acudía en masa para cantar uno de los palos flamencos más difíciles. No os podéis imaginar los que no lo vivierais, el bochorno que en aquella época supuso para  la propia primavera la multitud de gallos y falsetes desentonados. Que aquello sí que fueron saetas en el sentido literal, flechas hirientes. Y viene al caso porque las academias, los clubes nacidos de un corredor medianito cualquiera, las agrupaciones de app´s actuales me recuerdan esa época.

Se han cambiado unos intereses por otros, unas modas por otras, pero son los mismos los que llenan estas Academias con una fiebre que les hace hipermotivarse, hipervitaminarse e hipermineralizarse, cual si fueran ya no Superman, sino Superratón. Y si les llamaba Karate Kid Runners, es porque su comportamiento me recuerda a los chavales de negro del Dojo Cobra Kai, a su sensei sintiéndose no solo superior sino único por practicar Kárate, por su filosofía mortal, de legionario, en la que no piensan que el deporte es una forma de vivir, sino un camino de mortificación hacia la gloria, quizás hacia la muerte.

Todos tenemos un tendón de Aquiles. Esta gente lo tiene, sin duda, el día que se les pase la fiebre, que las modas son pasajeras, se vendrán abajo como un castillo de naipes, y pasarán, como ya han pasado antes de la saeta a la cocina, y de la cocina al asfalto, a un nuevo ciclo, que serán el macramé o los puzzles, ¡vaya usted a saber! También tenemos los isbiliyos nuestro tendón de Aquiles, nuestra particular kryptonita, en forma de pies en la piscina, en forma de aletas, que caemos como moscas, sobre todo los que esperamos de puntillas las instrucciones. Pero salven este obstáculo y véanlos entrenar, véanlos competir, véanlos comentar, hay orgullo y alegría, nunca he visto ni rabia ni soberbia. A pesar de hacerlo, como dicen por ahí, "a deshoras"

Pero eso es porque están hartos de dar cera, pulir cera, dar cera, pulir cera...

NOTAS:

Al Miyagi Alí Guarda. Es difícil escribir por encargo, encajar un tema cuando se ha pensado otro, pero por un amigo se da una vuelta y se hace un circunloquio. Tu idea era muy buena y quizás ha quedado desaprovechada. Pero es lo que parece a primera vista, dedícale tres minutos más y, a lo mejor, encuentras que no tiene tan poco uso y trayecto.

Al sensei Juan Garrido. Creo que compartimos una forma de entender el deporte similar, es algo que forma parte de nuestras vidas que no queremos abandonar pero que, salvo contados momentos, no queremos que nos coma el terreno. Es posible. Y si hace falta parar se para, luego se vuelve y se coge con la misma fuerza e ilusión.

Al sensei Álvaro Dueñas. No me hablo contigo, lo que no quiere decir que no te escriba ( ;-) ). No difieras decisiones por el deporte, puedes acoplarlo a tu vida, a la laboral y a la afectiva. 

A los jóvenes padawanes. El deporte no es una moda, es una forma de entender la vida que los griegos conocían, que los romanos llevaban al extremo. No vivimos en época de guerras, no necesitamos ser guerreros, basta con ser un poco felices con esto, con una carrera por un parque, con una ruta en bici, con nadar en un río, en el mar. Mens sana in corpore sano per semper. 

Al compañero Samer. La cerveza...
  






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