jueves, 19 de febrero de 2015

LEYENDAS, MONTILLA

Mucho se ha escrito sobre la uva que reina en la campiña cordobesa. Es una variedad de uva blanca y dulce, de tipo moscatel, con la que se elabora el vino de esta tierra. Vinos finos que capturan el color del sol; vinos dulces que enardecen el espíritu.

Una leyenda cuenta que fue un soldado del Tercio, Pedro Ximénez, tal vez Ximen, el que trajo una cepa de esta uva oculta desde la gélidas riberas del Rhin. Esa uva, emparentada con la Riesling, de alguna forma arraigó aquí, en esta tierra albariza, de suaves ondulaciones.

Como toda leyenda es discutida. Muchos se han dedicado a analizar la uva, como si se tratara del ADN de un asesino, y han determinado que esta uva es de tipo mediterráneo y que siempre lo ha sido. Otros que se trata de una variedad de la uva malvasía de Canarias; otros que fue un alemán, ¡siempre tiene que haber un alemán!, Pieter Siemens, el que trajo varias cepas y se convirtió en cultivador de viñas. Cualquiera de estas historias podría explicar el origen de este vino. Más cuando se sabe que los romanos lo apreciaban entre todos los de su imperio, y que los mismos califas desafiaban los mandatos de Mahoma bebiéndolo en sus palacios y haciendas.

Yo me quedo con la leyenda.

Habrá quien haya ido este fin de semana a Montilla y piense, qué tendrá que ver esto con mi carrera, con la prueba que disputé en la mañana fría de ayer, con que no salieran las cosas como quería, con que no sé si mereció la pena el madrugón, pasar la noche fuera, enfundarme el mono y sudar los colores.

Espere.

Piense en que la leyenda es cierta, en el soldado Pedro Ximénez que en la helada campiña germana arrebata una cepa de uvas de un campo junto al que duerme, aun sabiendo que vive en una época en la que robar esta cepa está penado con la muerte, pues ha robado la riqueza de un país. Imagine el mimo con el que el soldado envuelve la cepa en una trapo, y este, a su vez, es guardado en su zurrón donde lo protegerá bajo su pecho de heladas, batallas, lluvia y fango, donde cruzará el camino español y el mediterráneo infestado de piratas berberiscos. Visualice al soldado. Pongamos que en una mañana de un día de febrero. Visualícelo, y vea como abre con mimo el paquete que meses atrás guardó, con sus propias manos horada el duro suelo y siembra la vid. Ahora espere, unos dos años, en los que día tras día ha cuidado la planta, la ha multiplicado con esquejes y obtenido un pequeño viñedo lleno de uvas. Es primavera. Y el milagro se ha obrado. La leyenda ha nacido.

Espere.

Piense en que usted es Pedro Ximénez y diga qué llevaba en su zurrón. Dígase qué es lo que mima usted cada día, qué es lo que protege. Y sueñe con lo que acaba de sembrar en Montilla, con sus propias manos. Tiene que llegar la primavera.

La leyenda, su leyenda personal, se está forjando. 

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