jueves, 7 de abril de 2016

RESET

En los años 80 la compañía Sinclair desarrolló los procesadores ZX. En mi primer contacto con un ZX Spectrum 48K mi idea de la informática era tan romántica como el alma de HAL 2000 o el ordenador de Juegos de Guerra. Así que, durante una primera y exasperante tarde, todo lo que hicimos fue escribir Hello, Hola, Hi y recibir la consabida respuesta Command not found. Así fue hasta que mi hermano pulsó varias teclas a la vez y en la pantalla del televisor se inició un scroll infinito de números. Fue así como tuvimos que abrir el Manual de Instrucciones, buscar la solución de problemas y encontrar la sentencia mágica: RESET. 

No fue muy fino este primer RESET, desconectar la corriente de alimentación. Sí fue efectivo, mi madre aprovechó para reclamar la devolución de su televisión, y el ordenador descansó de interpretar nuestras clases de inglés conversacional.

Quizás esta anécdota le parezca al lector traida por los pelos; piense entonces el lector de otra forma, cuando algo se está haciendo mal, cuando los resultados no son los adecuados, cuando se nota que no funciona la cosa como se esperaba, si se quiere mejorar se deben cambiar los fundamentos. Para eso lo mejor es resetear. Es normal querer el camino fácil, buscar atajos, buscar el camino de otros, ser, de repente, pintor abstracto. Lo normal en ese caso es que se vaya de forma directa a fallar. Que recuerde si no el lector que Picasso primero aprendió a dibujar de manera academicista, a retratar de forma fiel la imagen ante sí hasta que pudo encontrar el alma de las cosas y desvirtuarlas para plasmar su esencia, para captar otra mirada y otra perspectiva.

Cada uno tenemos un camino, una perspectiva, una mirada y una meta. Andar el camino de otros, mirar con las miras de otros o tener su perspectiva nos alejan de nuestra meta. Es entonces el momento de resetear, de aprender los fundamentos, de coger un lápiz nuevo y empezar desde cero. En ese momento puede que se estén empezando a hacer bien las cosas.

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Un extraño Deja Vú.

Quizás para ir a Quarteira en marzo o en abril haya que acompañarse de la saudade. El tiempo acompaña, tarde gris de sábado, frío por momentos, lluvia a ratos. La carretera hasta Loulé que recuerdo hasta la más mínima curva. Todo empieza igual.

Como a alguno ya le conté, todo es igual pero diferente. El anticuado hotel que el año pasado nos alojó sigue allí, al igual que el recepcionista de gafas, al igual que el comedor pequeño, la mínima WiFi. Decido, pues, que es el momento de confirmar la inscripción, de ir a la oficina de la carrera y recoger el chip, el dorsal y pagar; pero, de repente, no entiendo nada. Todos los portugueses que me encuentro allí en realidad me parecen que hablan en otro idioma, en un tosco dialecto olvidado de otro lugar del mundo. Confirmar mi inscripción, mis datos, los datos del club, es un proceso que costará 14 horas. 

Y cambio cosas para intentar que todo siga igual, doy una vuelta en bici por el circuito, recorro a pie el de carrera, preparo las cosas antes de ir a cenar, visito tres veces la oficina de los jueces, llamo por teléfono, veo la entrega de premios de la Copa de Europa e intento dormir más temprano. Es imposible, el deja vú vuelve aquí. Todo ha cambiado para que mi insomnio siga igual. 

Pero a partir de ahí, aunque a la mañana siguiente cada cosa esté en su sitio, llueva, haya venido Leo, coma en la misma pizzería de Loulé, y la carrera también me salga mal, ya nada es igual. Quizás ha sido un reseteado suave; no lo sé aún, el tiempo tiene que escribir esas líneas.

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Una tradición.

Imaginemos que todo lo que se escribe en estos días de alguna forma pudiera recuperarse e imprimirse, archivarse y constituir la crónica escrita de este club. Es mucho imaginar y mucho despilfarro, pero es solo un ejercicio, una serie de calidad para la mente, tampoco se agobie usted.

En la segunda serie vamos a imaginar que dentro de unos años siguen existiendo los historiadores. Y sin descanso, metemos la tercera que consiste en pensar que alguno encuentra los papeles de este club y los estudia. 

En ese caso, sería bonito pensar en que el historiador escribiera una reseña sobre nosotros, una al modo en el que los cronistas de la Semana Santa escriben las glosas de cada una de las cofradías sevillanas. Algo como: "El club Isbilya Sloppy Joe´s comenzó a gestarse durante los últimos meses de 2013 alrededor de un grupo de triatletas andaluces afincados en Sevilla, aunque su primera configuración data de los primeros registros de la entidad en torno a 2014. El club copó durante sus primeros años los primeros puestos en muchas de las competiciones a las que acudían. Como curiosidad, el club ha participado durante todos los años de su existencia en el Triatlón de la ciudad de Quarteira, incluso tras el cierre de las fronteras. Este año la equipación conserva el rojo de la organización y ha sustituido la publicidad de la parte posterior por un cuadro en el que está impreso el nombre de todos los triatletas que han formado parte del club"

Dirán ustedes, ¡qué tontería!. Yo pensaré, es cierto, es una tontería, pero así empiezan las tradiciones, sin sentido, solo por conservarlas, y hay momentos en los que cuesta. Este año yo he venido solo. Espero que el año que viene vuelva a ser el punto de inicio de la temporada, el punto de inicio  de los fundamentos del club, un pequeño reset para volver a los orígenes. Como rezan los papeles de Facebook del club, un club de aficionados amantes del triatlón. En Quarteira eso hace que cambie, y que se pueda escribir, un grupo de amigos amantes del triatlón. Pero eso no es una serie intensa, es una tirada larga.

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El fondo del pozo. 

Si yo dijera que todo lo que podía salir mal, salió mal, diría la verdad. Pero también mentiría. Me dijeron mal la hora y tuve que apretar para llegar. Pero eso me permitió recoger el dorsal sin colas y comprobar que en mi inscripción todos mis datos, incluído el nombre del club, con dos pes, estaban bien registrados.

Podría decir que mis tiempos de carrera y de bici fueron pésimos, peores que los del año pasado, y diría la verdad. Pero tampoco sería cierto del todo. Había estado tres semanas en el dique seco, desde el desatroso duatlón; había tenido como piedras los isquiotibiales y los glúteos, la fisioterapeuta me dio permiso para correr y lo primero que hice fue ir a un triatlón. Pues fue una insensatez, podía haber empeorado mi lesión y no pasó nada de eso. Además la inconsciencia, e ir adelantando siempre a gente, me crearon una falsa ilusión de hacerlo bien. Bendito sea ese espejismo, cualquier cosa es buena para agarrarse a lo que nos gusta. 

Incluso podría añadir que la natación fue más lenta que el año pasado, mucho más lenta, pero no tengo un referencia clara, los primeros, como yo, tardaron unos seis minutos más que el año anterior. Puede que sea solo casualidad, que el nivel fuera más bajo este año. Puede que no, y que las corrientes fueran más fuertes este domingo.

Y si nuestro amigo portugués escribiera aquí diría, sí, se cayó de la bici en la salida, sí, tuvo que arreglar la cadena, el cambio, el freno, sí, se le engancharon dos o tres detrás y no le dieron ni un relevo, sí, pero tuvo mucha suerte, fue toda la carrera con la rueda de atrás suelta, podría haber tenido una grave caída. Muito perigoso, muita boa sorte.

Quizás el reseteo ha coincidido con el fondo del pozo, ese lugar oscuro al que alguna vez se llega. Quizás todo lo que veo está condicionado por la falta de luz, por ver solo al final de ese agujero una luz, una única luz. Quizás el ver las cosas de otra forma este domingo indica un cambio de tendencia. De ir bajando siempre a empezar a ir cuesta arriba. Recordatorio: cuesta arriba se va contra la gravedad, se va más lento. Es bueno asegurar los pasos.
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A manhã de domingo.

La boya roja se deja a la derecha, mientras que las boyas amarillas se dejan a la izquierda. Hubo deriva entre la última boya amarilla y la roja, pero fue una deriva fortuita, haciendo lo que debía, seguir unos pies que me adelantaban. 

El neopreno, mi neopreno se convierte en un suplicio; si no fuera porque este mar es como un saco lleno de agujas en el que uno se hunde, y si no fuera porque ese traje nos aisla de ese frío, preferiría mil veces nadar con frío, a pelo, con más esfuerzo, que ponerme y quitarme el traje. Eso, a pesar de que alguno no lo crea, es un problema.

El frío del agua, el vaivén de las olas, figura manida de café cantante, me aturden, cambian mi sentido y todo parece que le ocurriera a otra persona. No soy yo el que se cae, ni al que le salta la cadena. No soy yo el que corre tras el número 4119, mamón chuparruedas, hasta adelantarlo. Tampoco el que va viendo objetivos a quince metros para adelantar, el que los adelanta y decide no esprintar, aunque eso le cueste dos puestos, porque eso no le cuesta repetir la lesión. 

El frío del agua ha congelado mi cuerpo, todo se me cae, no sé recoger nada, ni qué hacer con la bici. Nada, no sé hacer nada. Es lo que tiene hacer unos de los múltiples reset de los últimos tiempos. Se empieza de cero.

La boya roja se deja a la derecha, buena metáfora política para estos días. Cuando la alcanzo, viro y enfilo la playa, me topo con varios nadadores asustados, van directos a cogerse al cable de la marca, nadando con un heterodoxo estilo de braza, algo que mis hijas llaman perrito. El miedo les da una fuerza superior, sus patadas son de fuerza mayor, una de ellas rompe la correa de mi reloj, allí queda, registrando un tiempo increíble, registrando allá, en el fondo del mar, la deriva a la que las olas lo someten. Es gracioso, si alguien lo encontrara podría pensar que soy yo el que estoy allí. No se equivocaría mucho.

Es domingo. Es Portugal. Hace sol a ratos, llueve a ratos. Mañana es 4 de abril. Me invaden la saudade y la rabia a partes iguales. Es domingo. Ha comenzado la temporada. Continúan las tradiciones, continúan los fallos. Es hora de cambiar de tendencia. Tiempo de hacer reset.


viernes, 11 de marzo de 2016

UN DÍA CUALQUIERA, LOS VIKINGOS.

Es un día cualquiera, aunque pienso que no es sino el compendio de muchos días, de muchos momentos de vagabundear y divagar; wondering and wandering around.

Es un día cualquiera y las niñas están en clase de inglés, es el momento propicio para llevar la bicicleta al artesano que restaurará su sonido original, metálico, sinuoso, equilibrado y blanco. Para pensar en la pedalada ineficiente, en su componente mecánica, en el olvido y en el descuido, el graznido del eje, el baile lateral de la cadena y sus saltos desacompasados que significan algo que no se ha querido escuchar.

En este día cualquiera se olvida pronto la enfermedad mecánica y se abandona uno a la cavilación; es la hora de correr hacia el Guadaira y su ribera. Y es en ese sencillo acto de mantener a la vez la carrera y la mente en otro mundo, en conservar las ensoñaciones mientras percibo la zancada y el terreno, en el que me sumerjo.

Bajo el manto de agua insondable del pensamiento encuentro bajeles y pecios, restos de naufragios que sueño rescatados; ahí están el cuento sobre el soldado que busca un paso del río, las brumas del hipódromo cercano, el día que corrí en Triana por las calles de virtudes, la certeza de que habrá un día, espero lejano, en que este ejercicio me resultará imposible y no sabré como alcanzaba a repetirlo, la imagen de toda Sevilla sostenida como una peonza por el mástil de la Torre Pelli. Ahí están todos los velámenes sumergidos, las escuadras maestras de las quillas, los remos abandonados; ahí están  pidiendo a gritos salir a flote mientras yo busco un buen puerto donde fondearlos cuando alguna vez refloten.

Y es en ese día cualquiera donde unos caballos blancos rescatan una vieja idea que sale a la superficie por delante de otras; y con mi horizonte y meta en Los Bermejales, quiero imaginar que su toponímico proviene de una antigua raza de nórdicos, de vikingos establecidos en estas islas y estribaciones del Guadalquivir, en donde hace más de mil años produjeron quesos y criaron caballos. Y que, quizás, solo quizás, algunos decidieron establecerse aquí; y que, quizás, solo quizás, tuvieran el pelo rojo, como Erik, el legendario.

Y es antes de alcanzar el horizonte, antes de atravesar la frontera que marca la traviesa del tren y antes de que la realidad barra como una ola estos momentos, cuando pienso si, en un día cualquiera, hace muchos años, más de mil, los veteranos guerreros nórdicos pensaron, en un día cualquiera buscando el Valhalla con la batalla, es un día cualquiera, los niños están en clase de la lengua del reino de los francos, o en clase de espada y escudo, es el momento propicio para batallar, para matar, para morir. Es un día cualquiera, es el momento propicio para correr. 

viernes, 15 de enero de 2016

EL CICLISMO NECESITA LA ÉPICA

Cuando quieras sorprender al espectador, antes tienes que aburrirlo

David Lean, director de cine.



La carretera de los pequeños desastres. 

Al final de la cuesta abajo está Alcalá de Guadaíra. Hace un rato he pinchado la rueda delantera con esa desesperante certeza que otorga el bisbiseo del aire que irrumpe en la atmósfera atravesando cámara, cubierta y los laterales del cristal que se ha incrustado hasta el fondo. Llueve. Con parsimonia he cambiado la cámara y la he inflado; he saludado a los ciclistas que han preguntado si todo va bien y me he lamentado por no pedirles una cámara de repuesto; la que acabo de poner está en las mismas condiciones que la que pinché. Llueve.

La mirada hacia el dragón que custodia el paso del río Ira me trae una alegría; en lontananza, como decían los antiguos marinos, se divisa la silueta de un ciclista. Decido esperarlo para pedirle auxilio, y la espera es, como buena espera, desesperante. Da para pensar un rato y recordar la escena en la que Lawrence de Arabia aguarda con un beduíno la llegada de un jinete a camello. La secuencia es memorable, un plano trasero del pozo con los dos personajes en un primer plano de espaldas y un camello que, poco a poco, en un interminable paseo se acerca hasta que el jinete, Omar Shariff, tiene a tiro al beduíno y lo mata de un certero disparo. El ciclista que se acerca viene en uno de esos camellos, es seguro; por fortuna no trae arma alguna y solo escopetea sus palabras, a saber por qué muerde con los dientes delanteros la válvula de una cámara. No entiendo nada de lo que dice, pero somos capaces de llegar a un acuerdo. Él me da una cámara de repuesto y, a cambio, se lleva la que voy a quitar. 

Incluso entre estos seres que montan a camello, él y yo, recuerdo aquella vieja solidaridad de carretera en la que, por encima de todo, otro jinete de la llanura debe ser auxiliado. Por estos parajes se viaja con un par de cámaras en la chepa, con una bomba y con cuidado. En el arcén los visitantes de las haciendas cercanas dejan los restos etílicos de las bodas o comuniones, ya sean orgánicos o vidriados y no es dífícil pinchar. 

Gracias, quizás, a esas heridas en la bici, he aprendido, a la fuerza, a cambiar una cámara. Gracias a eso y gracias a gente como el gracioso ciclista Naranjo que un día me auxilió. 

Naranjo, Hueso y López.

Desde el día del maratón me ronda en la cabeza la idea de contar la gente a la que se conoce en este mundo del atletismo popular. De repente, el día del maratón se me escaparon todos los isbiliyos y me quedé solo, sin móvil, sin dinero, sin coche con el que volver. Cuando pasó a mi lado alguien vestido con un mono de triatlón, no dudé en pensar que podría ayudarme. Así fue, resultó ser un hombre llamado David López, ganador de las primeras carreras nocturnas de Sevilla; la casualidad me unió a uno de los fuertes y sabedor de que quien que te pide que le dejes llamar por teléfono no siempre es un aprovechado; a veces es tan solo una persona que ha acabado media maratón y ha tenido un problema. Me reconfortó encontrarme con gente que pensaba, como yo, que el atletismo popular está sufriendo el mal de la masificación, el mal de la marca, que se está alejando del goce de sentir que es otro mundo distinto al de la rutina, al de la lucha por medrar. ¡Y eso me lo decía todo un campeón!

No podría entonces dejar de contar que conocí en enero del año pasado a dos personas de esas que piensas que son buenas solo con ver cómo se mueven.

Un día me hice un estudio combinado de la pisada y de la postura en bicicleta. Mientras que del estudio de mi pisada salí mal, no dejan de decirte que estás contrahecho, que caminas y corres fatal y que sin invertir un pastón no vas a mejorar; del estudio de la bicicleta salí agradecido. Jesús Hueso corrigió con tacto, enseñó, probó varias cosas y preguntó. Además fue un hombre confiado que postergó el cobro de lo que me instaló sin conocerme.

Y resultó que tras corregir las distancias de mi bici quise probar, y me sentí mucho mejor de lo que había ido antes. Eso fue un sábado frío de enero. Como suele pasar volví a pinchar, ¡y van n sobre n!, así que, como no llevaba ni cámara, ni llaves, ni manetas, ni bomba, ni teléfono, me senté por un momento en la puerta de un cortijo, no sé si para lamentarme o para coger fuerzas antes de la caminata que me esperaba hasta Dos Hermanas.

El ciclista pasó, me vio, me saludó y siguió; y yo me acordaba de alguno de sus ancestros porque no podía imaginarme mi mala fortuna y su mala condición. Pero tuve que desdecirme en segundos, aquel ciclista curtido y su bonita bicicleta volvieron para ayudarme. Con una amplia sonrisa aquel sexagenario desmontó la rueda y la cubierta, sacó la cámara, le puso un parche, repasó la cubierta, montó la rueda, ajustó el freno, me dio agua, un caramelo, me contó quién era, al mecánico al que conocía, cuánto le costó la bici, cómo la guardaba, me enseñó la pintura con su nombre, la bandera de España y la de Andalucía, se montó en su máquina y se marchó. Y puede ser que hasta hiciera una cabriola. Y si no me dio un beso en la frente y me dijo hijo mío ve con cuidado, fue porque aquel sábado no tocaba ni ducha ni afeitado antes de salir a pedalear.

Eso fue algo que me reconfortó y que me hizo pensar que la solidaridad en carretera no es cosa solo de moteros.

Caballos, camellos.

Melonares, una etapa completa, aunque sea con el grupo segundo, volver en pelotón, se han convertido en un imposible.

El domingo descubrí la razón por la que mi salvador del fin de semana previo llevaba una válvula en la boca. Hasta que no recurrí a Adri, no me di cuenta de que la cámara que me había dado el ciclista anónimo y medio mudo no tenía la válvula en condiciones. No le reprocho nada al hombre que me había salvado de un apuro, es posible que hasta me lo comentara. Lástima que no habláramos o el mismo idioma o en la misma frecuencia.

Empezó ya la cosa con cierto nerviosismo, pero Alberto me dio un buen consejo para aplicar y eso me calmó. Ya me veía sufriendo en el centro del pelotón y aguantando unos kilómetros más que las otras veces. Fue un espejismo.

Un objeto volador que no identifiqué hasta que su dueño lo hizo, pasó a pocos centímetros de mi casco. Vi que el ciclista paraba y paré; pensé que juntos enlazaríamos con un pelotón que aminoraría el ritmo, pero fue otro espejismo. Pedro y yo hicimos la etapa por nuestra cuenta; sé que intentamos coger al grupo, ir lo más rápido que podíamos, al menos yo, que Pedro tiene más carrete, pero nos quedamos solos.

Tanto traer los espejismos al texto, me hicieron pensar en el desierto, donde es sabido que son frecuentes. Si además le sumamos la escena del oasis que conté, no podía menos que referir que imaginaba a la gente en briosos corceles y me veía a mí mismo en camello. Y es que es común que en las estepas de Asia se cuenten ambas especies de animales entre los vehículos que llevan a los pasajeros de un extremo a otro. No deja de ser un dato cierto, y muy contrastado, que la velocidad a la que lo hacen es distinta, el caballo es rápido, no tanto el camello. No hace falta que comente en qué vehículo me imaginaba yo. Daré otra pista, tiene dos jorobas, que los que tienen una son dromedarios.

Un caravasar era un centro de reunión del que partían las caravanas de la Ruta de la Seda. Las componían hombres, mujeres, camellos y caballos. Las caravanas no siempre acababan juntas, había quienes acortaban el camino, paraban en Samarkand, o Bagdag, y no llegaban hasta China. Pero el camino común siempre lo hacían juntos, camellos y caballos, carromatos y palanquines. Yo imaginé que algo así era el Puente del Alamillo. Debió ser falsa mi impresión.

Las conclusiones. 

Correr, a lo que llamamos correr, es decir, desplazarnos deprisa, con un movimiento coordinado de piernas y brazos, con una zancada amplia, trabajada y dinámica, lo hacen unos pocos elegidos. En el grupo cada uno llevamos un ritmo muy diferente. Y en una carrera, incluso en una tirada, dependiendo de si estamos empezando o terminando, los ritmos personales varían. Pero muchas veces amoldamos nuestra carrera al compañero, caminamos con él, nos apoyamos, sentimos el estímulo de estar a su altura, nos sentimos importantes ayudando a que coja nuestra ritmo, y, a veces, no podemos más. Es entonces cuando debemos decir "sigue tú" y no frenarlo, y si el compañero es bueno, como son los que conozco, comprobará que podemos llegar a meta y nos soltará.

No puedo explicarlo mejor, ni de otra forma. El deporte no es siempre más alto, más rápido, más fuerte; es muchas veces una lección de cooperación y de ayuda. Es como dije antes, el ciclista Naranjo dándose la vuelta, aunque sea para ayudar a un capullo como yo.

Otra conclusión importante, el podólogo del estudio de pisada debe ser sevillista y saber que yo soy bético. No progreso ni con las plantillas.

El epílogo. La etapa.

Desde el momento en el que Pedro y yo nos hemos quedado solos cambia la luz del día. Es solo una casualidad que ocurra en ese instante, pero empezamos a pedalear en una medio penumbra que enmarca el día. Pedro pedalea, yo pedaleo, y nos gastamos; por lo menos yo me gasto, no ha habido calentamiento sino calentón. Y creemos ver al fondo de una recta al grupo. Allá vamos, hasta las señales, hasta el espejismo.

Ahora pensamos que les han pillado en verde los semáforos que a nosotros lo han hecho en rojo y seguimos cuesta arriba. Pedro anuncia que nuestro ritmo no es malo, pero no sé si es verdad o lo hace por animarme. No vemos a nadie, ni siquiera en el desayuno, en Castilblanco, con las bicis bajo la lluvia que ha comenzado a caer.

Y desde este momento solo recuerdo fotos, imágenes estáticas. Está lloviendo y yo no sé bajar, así que no sé contar cómo lo hice, ni como pillé a los ciclistas que iban por delante, ni como aguanté el viento que me llevaba al centro de la carretera. Solo recuerdo un inmenso dolor de piernas, el viento en contra, la lluvia que empapa la ropa de ciclismo, los relevos que doy, más por vergüenza que por fuerza, la imagen del ciclista que me acompaña como si estuviera en Flandes, en una clásica. Hay viento para todos, hay lluvia para todos.

Esto es el ciclismo, un poco de épica. Aunque sea de andar por casa.

sábado, 12 de diciembre de 2015

EL NÚCLEO, LAS LÍNEAS EN LOS MAPAS, LOS SECRETOS.

Hay un núcleo en todo ser, en cada célula, en cada cachivache que se mueva. Es algo que rodea al alma, al espíritu de cada cosa, al ánima, como decían los antiguos. En ese núcleo, y en esa celebración que por Navidad hemos hecho este año, hemos notado a los que estaban, a los que han venido, a los que se han unido, y a los que han faltado. Tópico sobre tópico, todos coincidimos: la grandeza de este club está más allá del deporte, está, por lo que decimos, en la gente que practica este deporte. Y en los momentos de celebración se echa de menos a los que no han estado, sea en Madrid, en el trabajo, cuidando de la familia o estudiando, y también, debe decirse, se disfruta con los que hemos ido. En ese núcleo estamos los neutrones y los protones, metáfora de populares y élite, unos con carga y otros no, ambos con masa, ambos necesarios para el equilibrio, ambos necesarios para dotar de estructura a la materia. A los sueños.  

El deporte tiene algo de arte efímero; hay veces que una cámara registra los hechos, las carreras, la natación, la bicicleta, la cara de esfuerzo, de sudor, de concentración...Todavía no ha habido la posibilidad de captar lo que siente un deportista, el momento en que algo desconecta del yo interior y otro yo que no se sabe dónde está, impulsa la pierna, la mano, la cadera, que impide que te despistes, que te caigas, que te pares. Ese momento mágico en el que no hay aire, ni respiración, ni sudor, ni cansancio, es una obra maestra de la naturaleza, y todos nosotros, los que estamos aprendiendo en este club a hacer triatlón, lo hemos vivido alguna vez, hemos sido en alguna ocasión actores de esta obra; aunque solo haya sido un instante. Al volver a casa sé que muchos miramos un mapa, y miramos, y volvemos a mirar, y trazamos sobre el Google Earth la carrera que hemos hecho, la ruta en bici, y la miramos, y nos alejamos del mapa, y pensamos, ¡coño, esta ruta se vería desde el espacio, como la Gran Muralla!. Si seguimos con la metáfora atómica vedla como una nube de probabilidad en la que se mueven los electrones; si pasamos al símil artístico, en esas pinceladas, con esos trazos se está dibujando algo, las líneas con las que se escriben los cuentos.

Algunos pensáis que observo lo que ocurre, lo anoto, lo escribo y lo cuento; podría pensarse. Algunos me conocéis mejor y sabéis que observo lo que ocurre, no lo anoto sino que lo guardo por ahí, lo escribo cuando puedo y lo narro de la mejor forma que sé. Los que ya son más amigos saben que observo, escucho y guardo los secretos de los amigos. Y que lo que escribo tiene mucho de invención, unas pinceladas de lo observado y mucha cosa superflua. Esto lo cuento porque si observo mucho es para aprender de lo que hacéis, no para usarlo. En este año y medio vivido con vosotros, no sé lo que habré aprendido, que algo habrá sido, pero he disfrutado mucho con la evolución de mucha gente. A muchos os he nombrado a lo largo de las crónicas, muchos habéis hablado en la comida, otros habéis conseguido premios, otros habéis afinado vuestro cuerpo, otros os habéis empeñado en ser mejores triatletas, esto es lo que me gusta observar, la trastienda del deporte, el arte en primera fila.

También contaba eso porque voy a contar un secreto, el secreto de Samer. La clave está en el trabajo, en el empeño, en la constancia. Higgs predijo que el bosón sería la partícula clave en la formación de la materia; para confirmar la existencia del Bosón de Higgs se ha necesitado un acelerador de partículas de kilómetros de radio. Desde hace un mes y medio se han acelerado las constantes de este descendiente de jordanos, se ha sometido a presión, a choques, pensad si no en las empetadas calles de San Jerónimo, en las noches sin dormir, en las series, en el control sobre todo, sobre todos, en los patrocinios, la ropa, las gafas, los neoprenos, las bicis, las puñetas...Al final se ha desvelado, si existe el bosón de la materia, también existe el bosón del triatlón, y no es de Higgs, es de Samer Alí.




Esta entrada va por toda la guardia isbiliya: Luis, Álvaro, Lolo, Juan, Juanito, Guille, Javi, Jesús, Leo, Alberto, José López, José Luis, Samer, Adrián, Rocío, María, Susana, Luis Romero, Antonio, Igor, Diego, Diego Rodríguez, Juan, Josemi, Juampi, Arias, David Ropaútil, Miguel, Julián, Corpas, Manolo, Caraballo, Calderón, Alejandro, Antonio B., todos los que conozco y no he puesto y todos los que se han incorporado a este club y que han sumado como buenos neutrones. Perdonadme si no ha sido extensa, si no recojo las palabras de Bermúdez, la emoción de los veteranos, la ilusión de los jóvenes; no estaba observando, estaba tan solo disfrutando. 

Un placer haber estado en el segundo cumpleaños isbiliyo. Feliz Aniversario. Feliz Navidad.

miércoles, 28 de octubre de 2015

KRYPTONITA.

El científico Jol-El descubrió que la causa principal del colapso de Krypton fue una fusión de los elementos del núcleo del planeta y la aparición de un nuevo compuesto que se llamó kriptonita o kryptonita. Su hijo Kal-El, más conocido por Clark Kent en su personalidad periodística, o Superman en su faceta como superhéroe, resultaba afectado por este mineral que anulaba sus superpoderes. A alguien se le ocurrió que a todos nos afecta algún tipo u otro de kriptonita. 

Me he fijado en que en casi ninguna de mis entradas sobre mi faceta isbiliya, léase mi parte de superhéroe, hablo de la natación. Tengo la impresión empírica de que esta modalidad es la que más nos cuesta a todos; tengo la certeza, también empírica, de que, dentro de los entrenamientos de natación, a la gran masa de infantería lo que más nos cuesta son los ejercicios de piernas y de que, el día que usamos aletas, empiezan los gemelos a congratularse entre sí y hacer piña, dejando esa tan molesta sensación de que se nos ha "montado" un gemelo. Podría llegarse a concluir que mis aletas son mi kriptonita, y afortunado, como buen daltónico, puedo ver que son verdes, como la kriptonita original. 

Los originarios de Krypton que sobrevivieron, Superman, Superboy, Supergirl y Superdog, sufrían todos, los efectos de la kriptonita, pero podían protegerse de ella con plomo, con una armadura o, incluso como cuenta una historia de los años 40, usándola como combustible para naves interplanetarias. Hay muchas formas de "viajes", pero como esos implican a unas pildoritas, por cierto, también llamadas kriptonitas, y no va de eso la cosa, lo dejamos a un lado; a pesar de los farmacéuticos.

El caso es que contra lo que nos debilita y nos cuesta más trabajo tenemos siempre la posibilidad de usar una armadura de plomo. Y no es baladí el uso de este metal en el símil, pesado y hosco como pocos, porque para vencer una dificultad y progresar, como decía el gran Juan Pablo, hay que abandonar muchas veces la zona de confort, recomponer la cabeza, empezar despacio y sin quemar etapas pasándolas por los pelos, sino con determinada maestría. Que es algo pesado y molesto casi siempre, como el plomo. 

Pienso que lo que comento vale para nuestra vida de triatleta y para cualquiera de las modalidades, natación, carrera, bici o transiciones. Para mejorar en cada cosa y hacerlo bien, primero hay que conocer los fallos, los defectos, los cuellos de botella y luego hay que pensar cómo mejorarlos, y entrenar una y otra vez, en las tardes de plomo, en las horas pesadas, forjando una armadura a medida y ligera, que el plomo es lo que tiene, que es maleable.

Quedan tres cosas por decir. Una, que alguna vez escribiré sobre natación, pues me subyugan el silencio bajo el agua y la ola que abro la rara vez que nado bien; dos, que nadie se tome esto en sentido literal y use bañadores, aunque sean paqueteros, de plomo, que si ya se nos hunden el culo y las piernas no quiero ni contar con ese peso añadido. 

La tercera, en la vida real, en nuestra personalidad de ingenieros, farmacéuticos, trabajadores o estudiantes existen muchas kriptonitas; la única forma de hacernos inmunes a su efecto es buscarlas, identificarlas y luchar contra ellas, llámense miedos o dificultades. El triatlon también es una escuela para vivir sin miedo y resistir los avatares de la vida.

Para terminar, recuerdo la primera vez que escuché la palabra kriptonita en este club; me dejaron una camiseta para hacer una carrera y fue justo después de un entrenamiento, me dijeron, lávala bien que lleva kriptonita, yo pensé, un lavado corto y con norit, que es una prenda delicada. El resultado fue que puse dos veces la lavadora, la primera siendo delicado, la segunda a saco, y con veinte prendas más, que la esencia de la camiseta contaminó la colada entera. Así que el que lo dijo sabía bien de lo que hablaba y suda kriptonita, pues no es que no le cuesten las cosas, no es que no tenga dificultades, pero lucha contra ellas. ¿Verdad?


NOTA DEL AUTOR:

Esto texto es una interpretación libre de la idea original del señor Samer Alí Guarda.
Quien ha escrito esto es un fanático del cómic, pasión que mantiene desde la más tierna infancia. Los datos que aparecen sobre Superman son todos ciertos, en el ámbito del cómic, se quiere decir. Se han extraído de las lecturas de las primeras historias sobre Superman de Action Comics ideadas por los autores Jerry Siegel y Joe Shuster y de los ensayos de Javier Coma. Entre los años 2010 y 2011 colaboró en un programa de radio en el que mantenía una sección semanal sobre cómics; es autor del blog sobre el mundo de la historieta POR AMOR AL ARTE, AL NOVENO ARTE.
 

 


sábado, 24 de octubre de 2015

RUNNERS KARATE KID.

Cada vez me encuentro más en las redes sociales la furibunda crítica que hace un corredor de nuevo cuño a otros. Viene a ser algo así como, te odio solo porque te he visto, porque trotabas en el semáforo, porque llevabas unas Mizuno o porque llevabas auriculares y escuchabas música. A su vez, otro día, el mismo corredor furibundo, el crítico, contará elogioso, hoy ha sido un día duro, me machaqué, hice series y me dolían las pantorrillas, pero superaré el dolor porque soy superior al dolor, soy casi Superman. Y faltará la proclama interior, la de corte nietzscheano, pasada por el filtro de Conan, lo que no nos mata, nos fortalece. 

Bien, eso no va conmigo. 

Siempre he sido un corredor solitario, lo poco que sé sobre correr lo he aprendido a base de madrugones y de esfuerzo, pero jamás he hecho alarde de nada. Si me levantaba temprano no era por un deseo contumaz de sacrificio, por pensar que el rendimiento matutino mejoraría mis marcas, no, ese horario me lo marcaban dos cosas. A primera hora es raro que surja algún imprevisto, lo hay pero se minimiza el riesgo; saliendo temprano me podía incorporar a la vida familiar sin problema y sin dejar cosas por hacer. Y si alguien piensa que no hay de qué presumir, que no hay medalla o premio que mostrar, también se puede argumentar que empecé a correr con unos 35 años, quitando lo que entrenaba para el baloncesto, la medalla en la milla y en el 400 de la Universidad, las nocturnas desde hace mucho. Que ahora es habitual correr, que antes éramos los raritos.

Tras esta introducción, en la que las cosas parecen inconexas, me explico.

Hay una persona que veo poco, menos de lo que me gustaría, y a la que considero mi amigo. Cuando este amigo me llamó por primera vez me encontraba en un lugar idílico. Es una pequeña iglesia de Roma llamada San Marcos, y como no podía ser menos, se encuentra en Piazza Venezia, es de venecianos antiguos, sabios y venerables, y tiene algo de lugar mágico, de logia masónica. Allí, la voz emocionada de este sevillano de raíces mesorientales, me transmitió algo. Queda claro que la emoción no era por fichar a uno de los grandes, sino porque hablaba de un deporte que es su vida. Y sin conocerlo apenas por un minuto de voz, por una conversación entrecortada, supe de él que sonreía; también que había viajado mucho. Es posible que yo le haya salido rana y que escriba más de lo que corro, pero eso no me lo va a decir. Es posible que, para mí, el lugar de aquella conversación me hiciera sentir que lo que venía era algo bueno. 

Algo más de un año más tarde, lo sé. 

El club Isbilya tenía, tiene, algo de grupo de los años 50, o de los años 20, de un siglo antes, se conoce, y usa tecnología de esta década, del siglo XXI. Cuando hablo de esta antigüedad me refiero a que en la caballerosidad, en la limpieza de las intenciones, en la competitividad, siempre sana, en los entrenamientos grupales, todavía no he visto ningún desprecio al compañero, ningún desprecio al rival, ninguna artimaña, ningún atajo de los que no nos gustan. Hay compañeros, y compañeras, que van genial y nos alegramos de sus victorias, los tenemos como referente y nos gustaría imitarlos. Pero estoy seguro de que a muchos no nos gustaría ni ganarles, sino ganar nosotros y que ganaran ellos también.

Esa filosofía, la de trabajar para superarse, la de buscar la excelencia propia, la de luchar contra uno mismo, cada uno a su ritmo, con sus objetivos, con sus posibilidades, venciendo sus limitaciones con cabeza, encaja por completo con la forma en la que yo quiero entender el deporte. Es una faceta de mi vida, forma parte de mi vida, y está ahí. No soy mejor o peor que otra persona a la que no le llenen correr, nadar o ir en bici, soy tan solo distinto. Y no me siento mejor o peor que quienes quieren competir cada semana; yo no puedo, otras facetas de mi vida, otros intereses, también ocupan mi tiempo. 

No sé a cuántos de nosotros nos puede gustar la Semana Santa, y dentro de esta tan especial celebración una faceta singular, la saeta. Esto viene al caso de que hace unos años se pusieron de moda las academias para cantar saetas. Era la época en la que España era pija, pija de cojones, rancia, también con cojones, y la gente acudía en masa para cantar uno de los palos flamencos más difíciles. No os podéis imaginar los que no lo vivierais, el bochorno que en aquella época supuso para  la propia primavera la multitud de gallos y falsetes desentonados. Que aquello sí que fueron saetas en el sentido literal, flechas hirientes. Y viene al caso porque las academias, los clubes nacidos de un corredor medianito cualquiera, las agrupaciones de app´s actuales me recuerdan esa época.

Se han cambiado unos intereses por otros, unas modas por otras, pero son los mismos los que llenan estas Academias con una fiebre que les hace hipermotivarse, hipervitaminarse e hipermineralizarse, cual si fueran ya no Superman, sino Superratón. Y si les llamaba Karate Kid Runners, es porque su comportamiento me recuerda a los chavales de negro del Dojo Cobra Kai, a su sensei sintiéndose no solo superior sino único por practicar Kárate, por su filosofía mortal, de legionario, en la que no piensan que el deporte es una forma de vivir, sino un camino de mortificación hacia la gloria, quizás hacia la muerte.

Todos tenemos un tendón de Aquiles. Esta gente lo tiene, sin duda, el día que se les pase la fiebre, que las modas son pasajeras, se vendrán abajo como un castillo de naipes, y pasarán, como ya han pasado antes de la saeta a la cocina, y de la cocina al asfalto, a un nuevo ciclo, que serán el macramé o los puzzles, ¡vaya usted a saber! También tenemos los isbiliyos nuestro tendón de Aquiles, nuestra particular kryptonita, en forma de pies en la piscina, en forma de aletas, que caemos como moscas, sobre todo los que esperamos de puntillas las instrucciones. Pero salven este obstáculo y véanlos entrenar, véanlos competir, véanlos comentar, hay orgullo y alegría, nunca he visto ni rabia ni soberbia. A pesar de hacerlo, como dicen por ahí, "a deshoras"

Pero eso es porque están hartos de dar cera, pulir cera, dar cera, pulir cera...

NOTAS:

Al Miyagi Alí Guarda. Es difícil escribir por encargo, encajar un tema cuando se ha pensado otro, pero por un amigo se da una vuelta y se hace un circunloquio. Tu idea era muy buena y quizás ha quedado desaprovechada. Pero es lo que parece a primera vista, dedícale tres minutos más y, a lo mejor, encuentras que no tiene tan poco uso y trayecto.

Al sensei Juan Garrido. Creo que compartimos una forma de entender el deporte similar, es algo que forma parte de nuestras vidas que no queremos abandonar pero que, salvo contados momentos, no queremos que nos coma el terreno. Es posible. Y si hace falta parar se para, luego se vuelve y se coge con la misma fuerza e ilusión.

Al sensei Álvaro Dueñas. No me hablo contigo, lo que no quiere decir que no te escriba ( ;-) ). No difieras decisiones por el deporte, puedes acoplarlo a tu vida, a la laboral y a la afectiva. 

A los jóvenes padawanes. El deporte no es una moda, es una forma de entender la vida que los griegos conocían, que los romanos llevaban al extremo. No vivimos en época de guerras, no necesitamos ser guerreros, basta con ser un poco felices con esto, con una carrera por un parque, con una ruta en bici, con nadar en un río, en el mar. Mens sana in corpore sano per semper. 

Al compañero Samer. La cerveza...
  






lunes, 5 de octubre de 2015

GLÓBULOS ROSAS.

Si el Creador hubiera sido la Creadora, el toque de color estridente de este mundo habría sido atemperado. En la paleta de colores de Nuestra Señora habría habido muchas más tonalidades de las que hay ahora, y esos colores que llevan adjetivo, verde botella o verde pistacho, azul cielo o azul de Prusia, habrían tenido su propio nombre. En ese supuesto, es posible que la Creadora pensara que los glóbulos rojos no deberían tener ese color y que mejor dejarlos en un tono rosa, mezclando parte de su rojo con el blanco.

Se podría pensar eso, o que ya que se van a poner glóbulos en la sangre, para qué poner dos; mejor poner solo unos pero que tengan dos funciones. Porque, y esto es sabido, las mujeres tienen capacidades distintas a los hombres, pueden hacer varias cosas a la vez, y hacerlas bien, además de mostrar muy poca tendencia a la épica y el heroismo trasnochado del que sí hacemos gala los hombres.

Por explicarlo un poco mejor, los glóbulos rosas de la Creadora, a la vez que transportaran oxígeno irían mirando si por ahí hay algún extraño al que sacar de inmediato, pelearse con él y proteger a los suyos, y si se apuran, arropar a esa celulita que duerme destapada. Y no se me ocurre pensar en una mejor imagen de las mujeres de ayer, las que vistieron una camiseta rosa e inundaron la ciudad. Son ellas las que llevan el oxígeno que a todos nos alimenta, ya sea el verdadero, el del amor y el del cariño, o las que nos cuidan de mil y una formas. Son estas mujeres las que nos curan, nos protegen, nos aúpan; las que nos mantienen. Y solo ellas son capaces de hacer esto sin darle importancia, llevando a los niños de la mano, tirando de ellos, con la tirita o la botella de agua por si acaso, cantando a la vez, corriendo y luchando contra el mundo. Si hubieran sido hombres ya se habrían escrito mil y una epopeyas.

Un cáncer es una putada. Un cáncer es, además, una putada que crece de forma silenciosa: se instala en la vida de quien lo sufre, en su familia, en la vida íntima, en los miedos y en las preocupaciones de él o ella, de su pareja, de sus hijas, de sus amigas. Y jamás se va de vacío, o se lleva un trozo de ti, o te lleva entero, o te deja un hueco irrellenable de otra cosa que no sea miedo. Contra ese silencio, contra la falta de financiación para estudiar a fondo a ese mal bicho, para conseguir lo necesario para ayudar a los que lo sufren, se conjuraron ayer las mujeres en Sevilla. Ellas, capaces de dar vida, capaces de mantenerla a salvo, llevan la mayor parte del peso en la lucha contra la enfermedad, son la columna vertebral de las familias cuando aparece, son pacientes ejemplares cuando les toca, mirándola cara a cara, muchas veces sin darle importancia, llevando a los niños de la mano, tirando de ellos, con la tirita o la botella de agua por si acaso, cantando a la vez, luchando contra el mundo; si fueran hombres pedirían la escritura de mil y una epopeyas. (Sí, has leído esto antes, es que es cierto para casi todo).

Ayer, ellas, vestidas de glóbulos rosas, dieron una lección. Para ganar no es necesario competir, ni convertir cada acto reivindicativo y festivo en un torneo; ganó la madre que corrió junto a su hija, ambas con el coraje y el orgullo de saber que, juntas, nada las parará; ganó la amiga que cogió a la hija de su amiga de la mano, ganó la hija de su amiga, que venció el cansancio y corrió; fueron Carmen e Inma, Nieves y Marta; ganaron mujeres que no conocía, otras que sí, mostrando que no son una marea que viene y se va, sino una corriente que fluye, que está ahí, presente, permanente. 

Quizás nadie se diera cuenta, pero llegó un momento en el que las primeras alcanzaron a las que aun no habían salido; de alguna manera cerraron un anillo, un circuito. Y de esa forma la imagen de que ellas forman el sistema circulatorio de la vida, de que son glóbulos multifuncionales, me quedó clara, nítida. Pero eso siempre lo he sabido.

Y está claro, si el Creador hubiera sido la Creadora, jamás se habría escrito: "Y al séptimo día descansó".